Capítulo 3 Noche de bodas
—Aléjate —digo con la voz más firme que logro reunir cuando Dante da otro paso hacia mí.
Pero él no obedece. Su cuerpo imponente avanza hasta que la falda de mi vestido de novia roza sus piernas. La habitación, iluminada por la lámpara y cargada con el aroma masculino de su colonia y madera oscura, parece volverse más pequeña, más asfixiante. El aire se siente pesado, eléctrico.
Su mirada oscura me intimida. Y eso me hace sentir aún más inquieta.
—No tienes que hacer esto —susurro, rompiendo el silencio.
Mi respiración se acelera sin control y él lo nota. Lo sé por la forma lenta y arrogante en que curva los labios.
—¿Sabes acaso lo que está en juego? —susurra cerca de mi oído, con voz tensa y peligrosa.
Aprieto los puños. Claro que lo sé. Para él son alianzas y poder. Para mí, la vida de mi madre.
Dante no espera respuesta. Con un movimiento rápido y preciso, me gira hasta que mi cara queda presionada contra la pared fría. Siento su pecho ancho y caliente contra mi espalda, a pesar de la tela del vestido.
—Por lo visto no entiendes cómo funcionan las cosas —murmura contra mi oreja, su aliento cálido enviando escalofríos traicioneros por mi piel. De pronto siento un ligero olor a alcohol viniendo de él.
A pesar de la tela, se pega completamente a mí. Siento como su calor me envuelve.
—No soy una idiota —respondo con el pulso retumbando en mis oídos—. Sé perfectamente lo que se espera de mí.
Mi padre lo ha dejado muy en claro.
—Este matrimonio no es un juego —insiste, su voz más un gruñido.
Siento sus dedos deslizar la cremallera con lentitud deliberada. El sonido metálico corta el silencio. Y cuando por fin el vestido cae sin ningún cuidado al suelo, dejándome expuesta, solo con unas bragas de encaje, el aire frío besa mi piel desnuda y me estremezco.
Cuando me gira de nuevo, lucho por no cubrirme los pechos expuestos.
Quiero correr, quiero salir huyendo de este lugar, pero contengo las ganas de luchar y solo sostengo su mirada oscura.
—Dante… —intento protestar, pero él ya está sobre mí.
Su boca ataca la mía en un beso exigente, profundo. Su mano grande cubre uno de mis pechos, amasándolo con firmeza mientras su pulgar roza el pezón hasta endurecerlo.
Rayos.
Un gemido traidor escapa de mi garganta.
—Dime que pare —murmura contra mis labios, pero al mismo tiempo pellizca el pezón con la presión justa, enviando una descarga de placer que me recorre todo el cuerpo.
Mi cuerpo se arquea hacia él por voluntad propia. Lo odio. Odio cómo responde ante un desconocido.
Con el cuerpo traicionándome, pero mi mente aún lúcida, intento empujarlo lejos de mí, pero mis manos terminan aferrándose a su camisa lo que lo hace sonreír de una forma arrogante.
—Suéltame —le pido, con voz temblorosa.
—¿De verdad quieres que lo haga? —pregunta con arrogancia —sabes que tengo todos los derechos, esposita —susurra con voz ronca mientras su mirada recorre mi cuerpo desnudo.
Sin esperar a que yo diga algo más, él me levanta en brazos como si no pesara nada y me tira sobre la enorme cama de madera. El colchón se hunde bajo mi peso y en segundos termina de desnudarse, revelando un cuerpo esculpido: hombros anchos, abdomen marcado con músculos duros y algo grueso y pesado entre sus piernas que me hace tragar saliva.
Jamás había visto uno tan de cerca.
Sintiéndome algo asustada por lo rápido en que todo está sucediendo, pero al mismo tiempo excitada, no despego mi vista de su cuerpo.
Manteniendo su sonrisa arrogante, Dante se sube sobre mí, separando mis piernas con una rodilla. Sus manos recorren mis muslos, subiendo lentamente hasta enganchar mis bragas y romperlas de un tirón. Ahora, yo también completamente expuesta.
—Joder… —maldice con un gruñido al verme.
Su boca desciende sobre uno de mis pechos, succionando con fuerza mientras su mano baja entre mis piernas. Sus dedos encuentran mi humedad traicionera y empiezan a frotar mi clítoris en círculos firmes y precisos. Está vez no le pide que se detenga, solo me dejó llevar y cuando mi espalda se arquea, un gemido ahogado sale de mí.
Mi mente grita que esto está mal, que es una traición a Anastasia, a mí misma, pero mi cuerpo arde. Mis caderas se mueven solas buscando más fricción.
El sexo no es algo que antes me había llamado la atención, pero cuando Dante introduce un dedo en mi interior, luego otro, curvándolos en el punto exacto que me hace jadear, no puedo evitar cerrar mis ojos y dejarme llevar por el momento.
Dante bombea con ritmo constante, profundo, mientras su pulgar sigue torturando mi clítoris hinchado.
—Tan mojada para mí… —lo escucho murmurar con satisfacción, pero sigo sin abrir mis ojos.
No puedo evitarlo. El placer crece rápido, intenso. Durante años, el único placer que he conseguido a sido con mis dedos o con algún juguete, pero jamás con un hombre.
Todos los que he conocido son…
Un gemido se me escapa cuando me contraigo alrededor de sus dedos y llego al orgasmo con un grito ahogado, temblando violentamente.
Dios…
Jamás había pensado que esto realmente podría sentirse así.
Antes de que pueda recuperarme, Dante se posiciona entre mis piernas y siento como la cabeza gruesa de su polla presiona mi entrada, caliente y dura. No me da tiempo de decir nada cuando de un solo empujón profundo, me llena por completo.
—Ah… —suelto un grito, clavando las uñas en sus hombros. Esta es una sensación completamente extraña.
La sensación que me dejó el orgasmo rápidamente desaparece y solo siento dolor, pero es un dolor extraño, un dolor lleno de placer y satisfacción.
Dante es grande. Me estira. Me llena de una manera que nunca había sentido con ningún juguete antes. Cuando empieza a moverse, primero con embestidas controladas y profundas, luego más fuertes, más rápidas, siento que ya no puedo respirar. El sonido de piel contra piel llena la habitación junto con mis gemidos involuntarios.
Cada vez que golpea ese punto sensible dentro de mi, no puedo hacer otra cosa más que clavar mis uñas en su espalda y soltar un gemido de placer. De forma instintiva, mis piernas se enredan alrededor de su cintura. Mi cuerpo lo recibe, lo aprieta, lo disfruta. El placer es abrumador, casi doloroso de lo intenso que es.
Dante gruñe contra mi cuello, mordiendo mi piel expuesta suavemente mientras acelera el ritmo. Una de sus manos baja a mi clítoris, frotándolo al compás de sus embestidas. El segundo orgasmo me golpea con más fuerza que el primero. Me corro gritando su nombre, contrayéndome alrededor de su polla mientras olas de placer me recorren.
Solo entonces él se deja ir. Con unas últimas embestidas profundas y brutales, se corre dentro de mí, gruñendo algo que no logro entender contra la piel de mi cuello.
Cuando todo termina, él se deja caer a mí lado sin mirarme. En cambio, yo me quedo temblando sobre las sábanas sin moverme un milímetro.
Siento como lágrimas de confusión y placer me queman en la esquina de los ojos, queriendo salir, pero me contengo. Mi entrepierna húmeda y palpitante, es un constante recordatorio de lo que he hecho. Mi cuerpo aún vibra de placer, traicionándome. Mi mente, en cambio, se siente sucia. Traicionada. ¿Cómo pude disfrutar algo así con él?
¿Con un desconocido?
¿Con el esposa de mi prima?
Cuando mi mente se llena de pensamientos negativos, él se levanta sereno, como si nada hubiera pasado, y se abrocha el pantalón.
—Puedes quedarte hoy aquí —dice sin mirarme—. Pero mañana, busca otra habitación.
El aire se me corta.
—¿Qué?
—El matrimonio es legal —explica fríamente—. Ya no puedes solicitar una anulación. Lo que pasó no volverá a repetirse.
—¿Quién dijo que yo quiero repetir? —gruño molesta, cubriéndome con la sábana.
Dante suelta una risa baja y despectiva.
—No tienes que mentir, esposita. Al final eres como todas las demás. Eres como Anabella.
—¿Qué? —susurro confundida con mi corazón latiendo fuertemente contra mi pecho.
Un corazón que nunca dejó de latir más rápido de lo normal desde que entre a esta habitación.
—Eres una mujer fácil —suelta él sin ningún tipo de piedad.
Desconcertada y humillada, me incorporo sobre la cama, aún envuelta en la sábana.
—¡¿De qué mierda estás hablando?! —pregunto con un siseo.
Dante me mira con una frialdad que me hiela hasta los huesos, y por primera vez comprendo realmente lo peligroso que es el hombre al que ahora estoy unida para siempre.
