Capítulo 4 El desayuno
Dante camina hasta la salida con serenidad, como si solo acabara de cerrar un trato más en su agenda. Ni siquiera me mira mientras lo hace.
La habitación se llena de un silencio pesado solo roto por mi respiración aún agitada. Está vez no solo por excitación sino por rabia.
Antes de salir, se detiene un segundo, de espaldas a mí.
—No creas que esto te da algo de poder —dice con voz neutra—. Nada cambiará.
Apenas la puerta se cierra con un suave clic detrás de él, no me sigo controlando y tomo las almohadas que están sobre la cama y las lanzo por donde se acaba de ir, mientras suelto todos los insultos que me había estado conteniendo.
Sola, sentada en medio de la enorme cama, envuelta apenas en una sábana arrugada, no puedo evitar pensar que Dante Moretti es el más grande imbécil de todos los tiempos.
Mi cuerpo todavía tiembla, traicionero, con ecos de placer que me avergüenzan profundamente. Aún puedo sentir su calor entre mis piernas, su olor pegado a mi piel. Lágrimas de rabia, humillación y confusión me queman los ojos.
¿Cómo pude disfrutar tanto? Mi mente gritaba que era una traición. A Anastasia. A mí misma. A todo lo que he creído durante estos últimos tres años. Pero mi cuerpo… mi maldito cuerpo respondió como nunca antes.
Dante ha logrado algo que ni siquiera yo he logrado antes. Dos orgasmos intensos que me han dejado temblando.
Agotada, tanto física como mentalmente, me dejé caer hacia atrás, cubriéndome el rostro con las manos. La habitación aún huele a sexo y a él. Todo es demasiado. El miedo por mi madre, el odio hacia mi padre, la desaparición de mi prima, este matrimonio forzado y ahora esto. Estoy atrapada. Literalmente follada y atrapada.
Con el corazón hecho un nudo, me acurruco bajo las sábanas. Los sentimientos me ahogaban: rabia, deseo residual, vergüenza, tristeza. Todo mezclado en un torbellino que no me deja pensar con claridad. No sé en qué momento el agotamiento gana la batalla y me quedo dormida, pero me dejo llevar por la inconsciencia.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtra débilmente a través de las pesadas cortinas oscuras. Desorientada, me despierto con el cuerpo adolorido en lugares que prefería no nombrar.
La noche anterior viene a mi rápidamente y con resignación no hago otra cosa más que ir a darme una ducha rápida en el baño adjunto. Al salir, me entretengo buscando en su armario y termino tomando prestada una franela oversized que de color negro y un mono de chandal.
Espero y no le moleste que haya estado husmeando, pero si lo hace, no me importa. No me puedo volver a colocar el vestido de novia y no tengo ni idea de cuando llegará mi equipaje.
Es eso, o quedarme encerrada desnuda todo el día en su habitación.
Cuando llego al comedor, con mi estomago gruñendo por la falta de comida, Dante ya esta allí, sentado a la cabecera de la larga mesa de madera oscura, vistiendo un impecable traje negro hecho a medida, mientras revisa unos documentos con su desayuno aún sin tocar. Ni siquiera levanta la vista cuando entró.
Ignorándolo, me siento en el lado opuesto de la gran mesa, intentando mantener la compostura que perdí la noche anterior.
—Ve a un centro médico hoy mismo —dice él rompiendo el silencio sin siquiera levantar la mirada para verme —. Consigue un anticonceptivo de emergencia. No pienso tener hijos contigo, y mucho menos que intentes embaucarme con un hijo que no sea mío.
Sus palabras me golpean como una bofetada. Siento como el calor sube por mis mejillas con una mezcla de humillación y furia.
Ofendida a más no poder, me obligo a forzar una sonrisa sarcástica.
—Vaya, gracias por tu preocupación tan… tierna —respondo con un tono espero sea dulce—. Qué considerado de tu parte. Pero no te molestes. Ya estoy tomando anticonceptivos.
Cuando digo esto, Dante por fin levanta la mirada. Sus ojos negros se clavan en mí un segundo, evaluándome.
En mi mente, las palabras arden por querer ser expulsadas: —Los tomo para regular mi periodo, idiota. No porque haya estado acostándome con medio mundo. Era virgen hasta anoche. Hasta que tú…— pero me contengo. Simplemente lo miro sonriente hasta que él sacude su cabeza desconcertado y vuelve a su desayuno.
No pienso sale la satisfacción de que me vea afectada.
—Bien. No quiero sorpresas.
Él asiente una sola vez, como si el tema estuviera zanjado, y cuando se levanta de la mesa lo veo de reojos.
Antes de yo poder decir cualquier cosa se va dejándome solas. Otra vez, se va diciendo él la última palabra.
Con el corazón acelerado me quedo allí, frente a un desayuno que apenas he tocado: café, frutas y tostadas que ahora se ven insípidas.
La rabia me quema por dentro mientras dirijo mi mirada por el lugar donde se acaba de ir ¿Quién se cree que es?
De pronto, una empelada entra con paso seguro al comedor, sin saludar, sin dar los buenos días. Con el ceño fruncido, observo a la mujer. Es una joven de unos veinte y tantos de años, cabello recogido en un moño apretado y una expresión altiva que no se molesta en disimular. Ella me miró de arriba abajo, deteniéndose en la camisa oversized que llevo con una mueca de desagrado en su cara que no hace nada por disimular.
—¿Necesita algo, señora? —pregunta con un tono tan cercano a la insolencia que me hace querer sonreír.
Durante años he visto este tipo de mujeres. Al principio solía verlas en la oficina de papá, luego cuando mamá enfermo, las empecé a ver en la casa.
—Sí —respondo con calma, pero firme—. Primero, quiero que me traigas mi equipaje en cuanto llegue. Segundo, no vuelvas a mirarme como si fuera una intrusa en esta casa. Soy la señora Moretti ahora. Si tienes algún problema con eso, puedes decírselo directamente al señor. Pero mientras tanto, haz tu trabajo con respeto —digo manteniendo la calma mientras la observo desde mi lugar.
La mujer se tensa visiblemente. Sus ojos brillan con sorpresa y molestia, pero baja la mirada un segundo después.
—Como usted diga… señora —murmura, aunque el tono sigue siendo seco.
En silencio, la veo salir del comedor con la espalda rígida.
No sé qué clase de trato tendrá Dante Moretti con sus empleadas, pero esto es algo que no pienso permitir. Durante años vi como mi padre exhibía a sus amantes sin ningún tipo de pudor y se todo el daño que le hizo a mí madre.
Detesto a ese tipo de hombres.
Agotada, dejo que mi cabeza caiga contra el respaldo de la silla mientras pienso que esto solo apenas esta comenzando. Es como si está mansión entera es un campo de batalla donde yo soy la enemiga.
Pero no pienso rendirme tan fácilmente.
