Capítulo 5 Un intruso
Me quedo sentada un rato más en el comedor después de que la empleada se marcha, con el café ya frío frente a mí. El silencio de esta gran casa es demasiado opresivo, como si las paredes mismas respiraran con hostilidad. Mi cuerpo aún duele en zonas demasiado específicas por la noche anterior, pero hago lo posible por olvidarlo. Aunque lo peor ni siquiera es mi cuerpo, es mi mente.
No puedo dejar de pensar en Anastasia.
Ella siempre como una hermana mayor para mí desde que llegó a mí casa. Huérfana desde los diez años, cuando mi tía, la hermana menor de mi padre, murió en un accidente. Mi padre la acogió sin dudar y la trajo a vivir con nosotros. Aunque solo era unos años mayor, Anastasia siempre había sido la fuerte, la protectora. Me enseñaba a trenzarme el cabello, me defendía de los niños de los campamentos y, por las noches, me contaba historias hasta que me dormía aunque la que solía siempre tener pesadillas era ella. Durante la infancia fuimos inseparables. Pero luego llegaron los internados lejanos, las universidades en otras ciudades, las vidas que se fueron separando. Los encuentros se volvieron esporádicos: Navidades, algún verano, llamadas cortas. Aun así, siempre la sentí como mi hermana mayor. Mi única aliada en esta familia tóxica.
Y ahora, yo estoy casada con su esposo. Había gemido su nombre anoche mientras él me follaba. El recuerdo me revuelve el estómago. ¿Qué clase de persona soy yo? ¿En que clase de persona me he convertido?
Me levanto bruscamente, necesito moverme. Salir de esa habitación antes de que los pensamientos me ahoguen por completo.
Sin ningún rumbo fijo, empiezo a recorrer la mansión, con la camisa oversized rozándome los muslos y el mono de chándal tan grande que he tendido que subir la bota del pantalón para no arrastrarlo. Cada pasillo es largo, impersonal, decorado con arte caro pero frío. Cuadros abstractos, esculturas modernas, muebles de diseño. Pero no hay fotos. Ninguna. Ni retratos familiares, ni imágenes de bodas, ni siquiera un solo marco con Anastasia sonriendo.
Es como si él hubiera borrado su existencia de su vida.
Ni siquiera se si mi prima llego a vivir aquí, si su matrimonio fue cordial, fue frío, si también tuvo que reprender a alguna sirvienta.
Son tantas cosas, que me tengo que detener frente a una pared vacía en el pasillo del segundo piso, pasando los dedos por el papel tapiz oscuro. ¿Dónde están los recuerdos? ¿Dónde están las pruebas de que Anastasia ha vivido aquí? ¿O nunca lo había hecho realmente? La duda me carcome. Siempre había sospechado de que él, de que Dante tenía algo que ver con su desaparición, pero ahora, dentro de su casa, esa sospecha se convierte en un miedo visceral.
Me siento inestable, mis rodillas tiemblan y mis manos empiezan a sudar mientras cada una de las dudas se solidifican dentro de mi.
Me siento traicionada por mi propio cuerpo, porque ha respondido a él con tanta intensidad que ahora solo me da asco. ¿Cómo pude hacer eso?. Traicionada por mi padre, que me ha vendido sin pestañear. Traicionada por la vida, que me ha quitado a mi prima y luego me ha obligado a ocupar su lugar como si fuera un vestido usado. La culpa me pesa como plomo dentro de mi pecho. Cada vez que cierro los ojos veo el rostro de Anastasia, riendo en nuestros veranos de niñas. Y luego la imagino desaparecida, sola, tal vez sufriendo, mientras yo grito el nombre de su marido entre orgasmos.
¿Y si él realmente tuvo algo que ver? ¿Y si yo acabo de entregarme al hombre que la ha hecho desaparecer?
Las lágrimas me queman los ojos, pero las contengo. No puedo derrumbarme aquí. No en esta casa que parece diseñada para tragarse cualquier rastro de humanidad. Me siento aislada, atrapada en una jaula de lujo. Mi madre está en esa clínica gracias a este acuerdo. Mi libertad, mi futuro, mi dignidad… todo sacrificado. Y lo peor es que esa pequeña parte de mí que, en medio de toda la confusión y la rabia, todavía recuerda el placer abrumador de la noche anterior. Eso me hace odiarme aún más.
¿Cómo rayos puede hacer eso? —vuelvo a preguntarme para mí misma.
No queriendo derrumbarme, me obligo a caminar. Sigo explorando. Bajo las escaleras hacia el ala este de la mansión. Mis pasos desnudos resuenan suaves sobre el piso de mármol.
La nostalgia me envuelve como una niebla espesa. Recuerdo cómo Anastasia me prometía que algún día nos iríamos juntas, lejos de las presiones de mi padre. —Seremos libres, Nat —me decía mientras escuchaba detrás de una puerta como mi madre lloraba. Ahora yo estoy más encadenada que nunca.
Yo no pude ayudarla cuando fue obligada a casarse con el mismo hombre con el que ahora estoy casada yo, y ella no me pudo ayudar a escapar. Ambas nos fallamos.
De pronto, una voz femenina, probablemente de una empleada, resuena desde algún pasillo cercano, urgente y molesta:
—¡Joshua! ¡Ven aquí ahora mismo!
Antes de que pueda procesar el nombre, un pequeño cuerpo choca contra mis piernas con fuerza. Sin esperarlo, me tropiezo hacia atrás, apoyándome en la pared.
Sorprendida, bajo la mirada y me encuentro con un niño de unos cuatro o cinco años, pelirrojo, con el cabello revuelto y grandes ojos verdes llenos de sorpresa.
Él se queda mirándome fijamente, jadeando, como si hubiera estado corriendo de algo o de alguien, mientras yo solo lo observo igual de impactada. ¿Quién es este niño? ¿Y que hace corriendo dentro de la mansión de Dante Moretti?
