Capítulo 6 Joshua
Me quedo congelada mirando al pequeño pelirrojo que acaba de chocar contra mis piernas. Es diminuto, de piel muy blanca, lleno de pecas que salpican su nariz y mejillas, con el cabello rojo intenso revuelto como si hubiera estado corriendo por toda la mansión y sus grandes y expresivos ojos verdes que me observan con una mezcla de sorpresa y cautela.
—Hola —saludo suavemente, agachándome un poco para estar a su altura—. ¿Estás bien? Pareces perdido… ¿necesitas ayuda? —pregunto, manteniendo mi expresión serena mientras no dejo de preguntarme de dónde salió este pequeño.
El niño no responde de inmediato. Se muestra cohibido, nervioso, mirando hacia los lados como si buscara una vía de escape mientras los gritos que lo llaman, porque ahora no me queda dudas que él es al Joshua que buscan, se acercan. Cuando la voz se escucha clara, tal vez a la vuelta del pasillo, el pequeño intenta esconderse detrás de una columna cercana, pero lo detengo con delicadeza, tomando su pequeño brazo.
—Espera, no te vayas. ¿Qué pasa? —le pregunto.
¿Acaso esa mujer le ha hecho algo?
La voz, de pronto se escucha más lejos, en dirección contraria, llamándolo con tono cada vez más impaciente, pero sin acercarse a donde estamos. Creo que ha dado la vuelta.
—No quiero hacer tareas —murmura él, bajando la mirada al suelo y arrastrando los pies.
Lo miro confundida. Es solo un niño.
—¿Por qué? Las tareas pueden ser divertidas si las hacemos juntos. ¿Cómo te llamas? —pregunto aunque ya creo saber cuál es.
Él se encoge de hombros, pero algo en su actitud me llama la atención: habla y se comporta como si fuera mucho más grande de lo que aparenta.
—Joshua —dice con cautela.
—¿Y dónde está tu mamá, pequeño Joshua? —pregunto con suavidad, pensando que quizás sea hijo de alguna de las empleadas de la casa.
¿Acaso su mamá es la mujer que lo está buscando?
El niño se pone serio de repente. Su carita redondeada se endurece de una forma que no corresponde a su edad.
—No tengo mamá —responde con voz baja pero firme mientras sostiene mi mirada con demasiada fuerza.
El golpe me deja sin palabras por un segundo.
—Oh, lo siento mucho —mascullo manteniendo mi voz baja y amable —¿Y cuantos años tienes? —insisto. El pequeño me observa con sospecha.
—Tengo cuatro años —dice, levantando cuatro deditos con orgullo infantil, aunque su expresión sigue siendo demasiado madura para alguien tan pequeño.
Vestido con su pantalón de color caqui y suéter de algodón de color blanco y con tanta seriedad en su rostro parece mucho más grande de lo que realmente es.
—¿Y tu papá? —pregunto observándolo detalladamente.
Por lo general un niño de esta edad debería de estar corriendo, jugando, lleno de pintura o sucio. Pero él está impecable. ¿Tal vez acaba de ser recién bañado?
Antes de que pueda responder, una mujer con aspecto severo aparece al final del pasillo. Al ver al niño junto a mi, su rostro se transforma en pura irritación.
—¡Joshua! ¡Ven aquí ahora mismo! —grita con dureza, acercándose a grandes pasos hasta donde estoy con el pequeño—. ¡Te he dicho mil veces que no puedes andar corriendo por la casa! ¡Tienes que hacer tus tareas y portarte como se debe!
La mujer que aparenta tener unos treinta y algo de años, con lentes sobre el puente de la nariz y un moño sumamente apretado en su nuca me mira con gesto molesto mientras me pongo de pie.
El tono con él que se dirige al niño es demasiado agresivo. Me molesta profundamente.
—Disculpe —intervengo, poniéndome de pie y colocándome frente al pequeño—. No es necesario hablarle así. Solo es un niño.
La mujer se detiene en seco y me mira con desprecio, de arriba abajo.
—El único que me da órdenes aquí es el señor de la casa. ¿Usted quién se cree que es? —espeta con tono feo, cruzando los brazos en un gesto de inconformidad y superioridad que no me pasa desapercibido.
Respiro hondo, manteniendo la calma aunque la rabia me hierve por dentro.
Otra vez.
—La pregunta correcta sería: ¿quién es usted? ¿y por qué le habla al niño de esta manera? Ya se que no es su madre —comento se forma ligera pero firme para que él pequeño no sienta que le estoy restando autoridad a esta mujer. Supongo que es su cuidadora.
—Yo soy la institutriz de Joshua Moretti, Eleonor Mendoza —se presenta. Su acento demasiado pronunciado no combina con su aspecto físico ni su apellido.— ¿Y quien es usted? ¿O tendré que llamar a la policía y decir que una intrusa a entrada a la mansión Moretti? —me amenaza.
Conteniendo una sonrisa sarcástica, bufo.
La institutriz Eleonor, definitivamente tiene un complejo de superioridad. ¿Y quien se hace llamar en pleno siglo veintiuno institutriz?
—Mucho gusto, Eleonor —extiendo mi mano —soy Natalia Moretti, la esposa de Dante Moretti.
Al escuchar mis palabras, el rostro de la mujer se enciende mientras acepta mi mano y la sacude de forma torpe. En cambio, el pequeño Joshua levanta la cabeza de golpe y me mira con los ojos muy abiertos, impactado.
—¿Tú eres la esposa de mi papá? —pregunta con voz temblorosa, llena de sorpresa.
Y mi mundo se detiene.
Mis piernas antes estables, empiezan ceder por lo que tengo que apoyarme contra la pared mientras mi respiración se ralentiza.
La institutriz, con el rostro aún rojo, agarra al niño del brazo con fuerza y empieza a llevárselo a rastras por el pasillo, mientras dice cosas que no entiendo, a pesar de que Joshua se queja y patalea un poco.
—¡Suéltame! ¡No quiero! —protesta él con voz infantil, pero ella no afloja y se lo lleva, desapareciendo por el corredor bajo mi mirada.
Me quedo completamente en shock, paralizada en medio del pasillo, no me puedo mover, no puedo respirar. Ese pequeño… ese niño, Joshua. Pelirrojo. Pecoso. Piel blanca. Exactamente como Anastasia. Como yo.
Mi prima Anastasia.
Las piezas encajan de golpe y me golpean como un puñetazo en el estómago. Ese niño es el hijo de mi prima. El hijo de Anastasia, la que creció a mi lado casi como hermanas. Anastasia tuvo un hijo… y nunca me lo dijo. ¿Por qué? ¿Por qué me ocultó algo tan grande? Recuerdo nuestras últimas conversaciones, cómo me hablaba de su vida, pero jamás mencionó un embarazo. Ni una palabra.
Las lágrimas amenazan con caer mientras el peso de la realidad me golpea de lleno. ¿Cómo rayos ha pasado esto? ¿Por qué nadie me lo dijo?
Aturdida, con el corazón partido, hago un intento de volver a la habitación de Dante, necesito buscar la forma de llamar a mí padre y exigirle una respuesta, pero me pierdo varias veces en los largos pasillos de esta maldita mansión fría y sin fotos. Todo me parece igual: oscuro, impersonal, asfixiante. Finalmente encuentro una habitación vacía cerca y entro, cerrando la puerta detrás de mí.
La habitación, al igual que el resto de la casa es fría. Vacía. Austera.
Sin poder soportarlo más, me derrumbo contra la madera de la puerta, deslizándome hasta quedar sentada en el suelo. Las lágrimas caen ahora sin control. Siento un dolor tan profundo, tan devastador que siento que mi corazón se partirá en muchos pedazos. Traición. Culpa. Tristeza. ¿Cómo es posible que Anastasia haya tenido un hijo con Dante y yo nunca lo supe? ¿Por qué me ocultó algo tan importante? Durante años, ese niño creció lejos de su madre, lejos de mi. Y ahora… ahora yo me casé con su marido, me entregué a él anoche…
Dios.
Todo es demasiado doloroso.
Luego de todo, luego de tanto, ahora descubro que hay un niño inocente en medio de toda esta pesadilla.
Joshua es idéntico a ella. El mismo cabello rojo, las mismas pecas, esa mirada que parece cargar más peso del que debería. Mi prima está declarada muerta y su hijo vive aquí, bajo el techo de un hombre del que siempre sospeché.
Me abrazo las rodillas, temblando. El trauma me envuelve como una manta pesada: la pérdida de Anastasia, la noche con Dante, la humillación de esta mañana, y ahora esto. No sé cuánto más podré soportar antes de romperme por completo.
