Capítulo 8 Un coche de juguete

Me quedo encerrada en la habitación durante horas, con mis rodillas contra el pecho. Las lágrimas ya se han secado en mi rostro, pero el dolor sigue ahí, latiendo como una herida abierta. Joshua. Ese pequeño pelirrojo de cuatro años es el hijo de Anastasia. Mi prima tuvo un bebé y yo nunca supe nada. El pensamiento me golpea una y otra vez, como olas que no me dejan respirar.

Me levanto finalmente cuando la luz de la tarde empieza a debilitarse. No puedo seguir escondiéndome. Necesito verlo otra vez. Necesito confirmar que no fue un sueño cruel. Salgo al pasillo con las piernas temblorosas y empiezo a caminar sin rumbo fijo, recorriendo los largos corredores de esta mansión que parece diseñada para hacer sentir pequeña a cualquiera.

La casa está en silencio. Demasiado silencio. No hay fotos, no hay recuerdos, solo lujo frío y sombras. Me detengo frente a una ventana grande que da al jardín trasero. Allí, sentado solo en el césped, está Joshua. Juega con un cochecito de juguete, pero su expresión es seria, concentrada, como si incluso jugar fuera una tarea.

Sin pensarlo, bajo las escaleras y camino directo al jardín. El aire fresco me golpea el rostro cuando me acerco lentamente, sin querer asustarlo.

—Hola Joshua —llamo con voz suave para no asustarlo.

Él levanta la cabeza de golpe. Sus ojos verdes, idénticos a los de Anastasia, se abren con sorpresa mientras me ve acercarme con paso lento. Las pecas en su nariz y mejillas parecen brillar bajo la luz del atardecer. Es tan pequeño. Tan parecido a ella.

—¿Eres de verdad la esposa de papá? —pregunta en voz baja, casi susurrando.

—Sí —respondo, sentándome en el césped a una distancia prudente para no invadir su espacio—. Me llamo Natalia.

Él me mira con curiosidad. Hay algo en su forma de observarme que me rompe el corazón. Es un niño, pero se comporta como si ya hubiera visto demasiado.

Incluso, sentado aquí fuera, en la grama del jardín, su ropa está impecable.

—¿Tú eres mi mama?—pregunta de repente y el aire se me escapa de los pulmones.

Trago saliva con dificultad. Las lágrimas amenazan con regresar.

—No —niego, aguantando las ganas de llorar.

Él asiente con seriedad.

—Mamá tenía el pelo rojo como yo. Y pecas.

Mi pecho se aprieta tanto que duele. Me acerco un poco más y extiendo la mano lentamente. Él duda, pero al final deja que tome su manita. Está fría.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto. Cuando Anastasia desapareció, él solo era un bebé.

Él niño me observa de forma seria, como si sopesase si soy alguien de confianza.

—Papá un día me lo dijo —dice luego de un rato en silencio, en voz baja mientras continua jugando con su carrito de juguete —¿Tú sabes dónde está mamá? —pregunta de pronto, con tanta inocencia que me parte el alma.

El nudo en mi garganta se hace más grande.

—No lo sé, Joshua. Pero yo la quería mucho. Ella y yo nos conocíamos —le digo, haciendo lo posible para mantener mis sentimientos a rayas y que él no no te lo afectada que estoy.

Él se queda callado un momento, jugando con el cochecito entre sus dedos,

—Papá dice que ella no va a volver —murmura—. Dice que ya no debo preguntar por ella.

Cierro los ojos un segundo. La rabia hacia Dante crece dentro de mí como veneno. ¿Cómo puede ser tan frío con su propio hijo? ¿Cómo puede borrar a Anastasia de esta forma?

—Si papá te escucha hablando de ella se enojara mucho —continua con la típica inocencia de un niño de su edad.

—¿Por qué lo dices? —pregunto, mientras arranco algo de la hierba que está a nuestro alrededor.

Mientras habla, Joshua no me mira ni una sola vez. Solo mantiene su atención fija en su coche de juguete.

—Tú te pareces a ella —dice en cambio con su voz plana, demasiado inexpresiva para alguien tan pequeño.

—¿Eso crees? —pregunto, sintiendo como mi corazón se paraliza un segundo.

Joshua tiene razón, pero mientras ella era hermosa exótica y llamativa, yo solo era esa niña plana con cabello alborotado y rara al que nadie quería cerca.

El pequeño solo se encoge de hombros.

—Joshua… —mi voz titubea —¿te gusta vivir aquí? —pregunto con cuidado.

Se encoge de hombros. Otra vez.

—No lo sé… la señorita Eleonor grita mucho. No me deja jugar cuando quiero. Dice que tengo que ser un niño bueno para que papá no se enoje.

Sus palabras me golpean. De forma instintiva busco a esa mujer, pero no la veo por ningún lado. ¿No se supone que ella es un institutriz? ¿Cómo es posible que un niño tan pequeño esté solo aquí afuera sin ningún tipo de supervisión?

Esto es un desastre. Es inaudito.

La furia me quema por dentro.

¿Cómo demonios se supone que están cuidando el hijo de mi primo?

—Eres un niño muy bueno —digo, mi voz saliendo un poco más duro de lo que me gustaría, Pero él parece no notarlo.

Por primera vez, una pequeña sonrisa aparece en su rostro. Es tímida, pero real. Me parte el alma. Este niño necesita cariño, no órdenes ni silencio. Ni mucho menos alguien que lo arrastre por un pasillo como lo hizo esa mujer más temprano.

Pasamos un rato allí, hablando de cosas simples. Le cuento que cuando era pequeña jugaba con su mamá a hacer trenzas y a buscar estrellas. Él me escucha con atención, como si absorbiera cada palabra. Cuando le pregunto si quiere que le lea un cuento más tarde, asiente con entusiasmo solo para decir que jamás le habían leído un cuento antes.

Dios.

Es horrible.

Estamos tan concentrados que no me doy cuenta de que alguien nos observa desde una de las ventanas del segundo piso. Cuando levanto la vista un segundo, solo alcanzo a ver una figura oscura que se aleja rápidamente. Dante. Estoy segura. Su presencia se siente incluso a distancia.

Cuando oscurece, Joshua se pone de pie inmediatamente.

—Tengo que volver antes de que la señorita Eleonor me busque —dice con resignación.

—Está bien —respondo, apretando su mano una última vez—. Pero si necesitas algo, búscame. ¿De acuerdo?

Él asiente y corre hacia la casa, dejando atrás el cochecito. Me quedo sentada en el césped un rato más, con el corazón hecho pedazos. Este niño es lo único que queda de Anastasia. Y yo estoy aquí, casada con su padre.

Con el corazón muchas trizas me levanto y camino directo al interior de la casa. La mansión parece más oscura ahora. Más opresiva. Mientras subo las escaleras, no dejo de pensar en Joshua. En cómo protegerlo. En cómo descubrir la verdad sobre lo que le pasó a su madre.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo