Capítulo 6 Calorías y Verdades a Medias

La sala de espera del centro nutricional "Vida y Equilibrio" olía a lavanda, té matcha y a las esperanzas frustradas de las personas que amaban los carbohidratos. Zoe estaba sentada en un sillón de cuero sintético, moviendo la pierna frenéticamente mientras miraba con odio una revista sobre los beneficios de la chía. A su lado, impecable, rígido y tan expresivo como una estatua de mármol, Ian Blair vigilaba la puerta como si un comando armado fuera a irrumpir para robarle su receta de batidos verdes.

—Puedes dejar de hacer eso —dijo Ian sin mirarla. Su voz era un recordatorio constante de la noche anterior, un eco que Zoe intentaba silenciar sin éxito.

—¿El qué? ¿Respirar? Lo siento si mi existencia interfiere con tu campo de visión, "gárgola" —espetó ella, cerrando la revista de un golpe.

—Mover la pierna. Estás haciendo vibrar el suelo y distraes a la recepcionista.

—Oh, perdón por ser un ser humano con sistema nervioso. No todos somos robots programados para comer lechuga y mirar al infinito con cara de estreñimiento —Zoe se cruzó de brazos, sintiendo el ajuste de su vestido, un poco más apretado de lo habitual debido a la retención de líquidos y los excesos del último mes—. Además, esto es una humillación. Mi abuelo no tiene derecho.

—Tu abuelo tiene el derecho que le otorga pagar tus facturas, Zoe. Y tu salud no es una broma. Anoche apenas podías mantenerte en pie antes de que... bueno, antes del balcón.

Zoe sintió un calor punzante en las mejillas. Se inclinó hacia él, bajando la voz para que nadie más escuchara.

—No te atrevas a usar lo que pasó anoche para darme lecciones de moral. Fuiste parte de eso.

—Fui parte de una distracción —corrigió él, girando finalmente la cabeza para clavarle esa mirada café que la desarmaba—. Hoy soy el hombre que se asegura de que no te autodestruyas.

—"Señorita Harrison, la doctora la espera" —interrumpió la recepcionista.

Zoe se levantó de un salto, seguida de cerca por Ian. Al entrar al consultorio, la doctora, una mujer delgada con una sonrisa demasiado blanca, comenzó con el protocolo: peso, medidas, porcentaje de grasa y un interrogatorio sobre sus hábitos de consumo de alcohol. Zoe se sentía como un espécimen bajo un microscopio. Lo peor era sentir la presencia de Ian detrás de ella, escuchando cada cifra, cada "pecado" alimenticio.

Cuando la doctora salió un momento para imprimir el "plan de rescate", el silencio en el consultorio se volvió asfixiante. Zoe se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la esquina. No se reconocía del todo. Sus curvas eran más pronunciadas, sí, pero su rostro se veía cansado, sus ojos apagados. La inseguridad, esa vieja enemiga que solía ahogar en gin-tonic, emergió con fuerza.

—¿Satisfecho? —preguntó Zoe, dándole la espalda al espejo—. Ya escuchaste los números. Soy un desastre oficial.

Ian no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos, apoyando su peso en la pared.

—Nadie ha dicho que seas un desastre, Zoe. Solo necesitas orden.

—¡Por favor! —ella soltó una risa amarga y se acercó a él, desafiante—. Admítelo, Ian. Sé lo que piensas. Sé lo que todos piensan cuando me ven ahora. "La pobre niña rica que se dejó ir". "La heredera que cambió el gimnasio por la barra del bar".

—Estás proyectando tus inseguridades en mí —dijo él con calma, aunque sus ojos recorrieron su cuerpo de una manera que no tenía nada de profesional.

—¡No mientas! —le espetó ella, con la voz quebrada—. Anoche fue en la oscuridad, con una máscara. Es fácil desear a alguien cuando no ves los estragos de su autodestrucción. Pero ahora estamos bajo luces fluorescentes. Me estás viendo de verdad. Admite que ahora que sabes que tengo que estar aquí, que tengo que "arreglarme", ya no te gusto tanto. Admite que te doy el mismo rechazo que le doy a mi abuelo y que me doy a mí misma.

Ian dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal hasta que Zoe tuvo que retroceder contra la mesa de examen. La intensidad de su presencia era abrumadora.

—¿Crees que soy tan superficial, Zoe? —su voz era baja, peligrosa—. ¿Crees que después de lo que pasó en ese balcón, lo que me importa es un número en una báscula o lo que diga una doctora con una sonrisa fingida?

—Es lo lógico —susurró ella, aunque su corazón latía con fuerza—. A los hombres como tú les gustan las mujeres perfectas, disciplinadas. Yo soy... yo soy un caos. Un caos con unos kilos de más y un problema con la bebida.

Ian extendió una mano y, con una lentitud que hizo que Zoe dejara de respirar, acarició su mejilla, bajando por su cuello hasta posar su palma sobre su vientre, justo encima de la tela del vestido. Zoe se tensó, esperando un comentario mordaz, pero lo que encontró fue calor.

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