Capítulo 2 Capítulo 2
La oficina contigua al despacho de Adrián era casi tan grande como el apartamento donde yo vivía con Ethan.
Paredes de cristal ahumado, un escritorio de madera oscura impecable, una silla de cuero que todavía olía a nuevo y una vista privilegiada de la ciudad que se extendía como un trofeo a los pies de Caldwell Group. Todo gritaba dinero, poder y control. Me sentí fuera de lugar en cuanto crucé el umbral. Dejé el bolso sobre la silla y me quedé de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos. El corazón todavía me latía con fuerza desordenada. Cada vez que cerraba los ojos veía la forma en que Adrián me había mirado minutos antes. Esa mezcla de reconocimiento, hambre y algo mucho más oscuro.
Esta vez no vas a desaparecer.
Sus palabras seguían resonando en mi cabeza como una sentencia. No era solo una amenaza. Era una promesa. Y la parte más aterradora era que una fracción traicionera de mí había sentido un escalofrío al escucharla.
Escuché pasos detrás de mí. No necesité girarme para saber de quién se trataban. El aire cambió. Se volvió más denso, más cargado, como si su sola presencia fuera capaz de alterar la presión de la habitación.
—¿Te gusta? —preguntó Adrián desde el marco de la puerta.
Me obligué a voltear. Seguía con las manos en los bolsillos del pantalón, la postura aparentemente relajada, pero sus ojos no engañaban. Estaban fijos en mí con una intensidad que me hacía sentir completamente expuesta, como si pudiera ver a través de cada una de las mentiras que había construido durante tres años.
—Es… más de lo que necesito —respondí con cautela.
—Te acostumbrarás. —Entró en la oficina sin pedir permiso y se detuvo frente a mi escritorio—. Quiero que memorices mi agenda de esta semana antes de las tres. Hay una reunión con los inversionistas japoneses el jueves y necesito que estés preparada para tomar notas y filtrar cualquier interrupción.
Asentí en silencio. Él no se movió. Seguía mirándome.
—También vas a necesitar ropa adecuada —añadió de pronto—. Ese conjunto está bien para el piso once. No para estar a mi lado.
Sentí que se me subía el calor a la cara, una mezcla de ofensa y algo más peligroso.
—Mi ropa es profesional.
—Es discreta. Demasiado. —Sus ojos bajaron un segundo hacia mi blusa blanca y el pantalón negro de corte recto—. Quiero que se note que trabajas directamente conmigo. Mañana vendrá alguien del personal de imagen. Te traerán opciones.
—No necesito que me vistan —repliqué, ofendida.
Adrián inclinó apenas la cabeza. Una media sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios.
—No te estoy pidiendo permiso, Sofía.
El uso de mi nombre, dicho con esa calma posesiva, me provocó un escalofrío que intenté disimular. Aparté la mirada y me concentré en sacar el portátil de mi bolso. Mis manos no temblaban. Me negué a permitir que temblaran.
Él se quedó unos segundos más en silencio. Luego se acercó. Rodeó el escritorio con pasos lentos hasta detenerse a mi lado. Demasiado cerca. Su perfume volvió a envolveme: oscuro, caro, imposible de ignorar. El mismo que había impregnado la suite del hotel aquella noche. El mismo que todavía aparecía en mis sueños más traicioneros.
—Hay algo que necesito que entiendas desde el primer día —dijo en voz baja—. Mientras trabajes para mí, tu tiempo me pertenece. Tus horarios, tus prioridades… incluso tus secretos, si es necesario.
Levanté la vista de golpe.
—Mis asuntos personales no son de tu incumbencia.
Sus ojos se oscurecieron de una forma que me hizo querer retroceder.
—Todo lo que tenga que ver contigo me incumbe ahora.
La forma en que lo dijo no admitía discusión. No era una amenaza vacía. Era una declaración de guerra.
Antes de que pudiera responder, el intercomunicador del despacho sonó. Adrián sostuvo mi mirada un segundo más y luego se enderezó, recuperando esa máscara de control absoluto que usaba frente al resto del mundo.
—Entra —ordenó.
La puerta se abrió y apareció una mujer alta, rubia, vestida con un traje blanco impecable. Llevaba una tablet en las manos y una sonrisa perfectamente ensayada. En cuanto vio a Adrián, sus ojos se iluminaron de una manera que me resultó demasiado familiar… y demasiado peligrosa.
—Adrián —saludó con voz melosa—. No sabía que ya estabas de vuelta. Tendría que haberme enterado antes.
Valeria Holt.
No necesitaba que me la presentaran. Había visto su foto en algunas notas de sociedad años atrás, siempre cerca de él. La amiga de la infancia. La que aparecía en las mismas fiestas. La que, según los chismes antiguos, siempre había esperado algo más. Y ahora, al verla de cerca, algo en mi estómago se encogió con una certeza fría. Había algo en la forma en que lo miraba. Algo posesivo. Algo que me resultaba inquietantemente conocido.
Sus ojos se posaron en mí y la sonrisa se tensó apenas.
—¿Y esta es…?
—Mi nueva asistente personal —respondió Adrián con sequedad—. Sofía Garrison.
Valeria me examinó de arriba abajo con una rapidez casi ofensiva. Luego volvió a sonreír, esta vez con una dulzura falsa que no llegaba a sus ojos azules.
—Encantada. Seguro que tendremos oportunidad de conocernos mejor.
No respondí. Solo asentí con cortesía. El aire se había vuelto más espeso.
Adrián no le dedicó más de unos segundos.
—Estoy ocupado, Valeria. Si no es urgente…
—Solo quería darte la bienvenida. Y recordarte que el viernes hay esa cena benéfica. Dijiste que irías.
—Ya tengo quien me acompañe —contestó él sin mirarla.
El silencio que siguió fue incómodo. Valeria parpadeó, sorprendida, y su mirada volvió a clavarse en mí por un instante. Esta vez no había solo curiosidad. Había algo más oscuro. Reconocimiento. Cálculo. Como si estuviera archivando mi rostro para más tarde.
—Claro —dijo por fin, recuperando la compostura—. Entonces no te molesto más.
Salió con la misma elegancia con la que había entrado, pero dejé de sentir su presencia mucho después de que la puerta se cerrara. Había algo en ella que me ponía los pelos de punta. Algo que iba más allá de los celos evidentes.
Adrián se pasó una mano por la mandíbula, como si la interrupción le hubiera molestado más de lo que quería admitir.
—No le hagas caso —dijo—. Valeria tiende a creer que tiene más derechos de los que realmente posee.
No respondí. Estaba demasiado ocupada intentando calmar el latido desordenado de mi corazón. La forma en que él había dicho “ya tengo quien me acompañe” resonaba en mi cabeza con demasiada fuerza.
¿Se refería a mí?
La idea me aterró y me provocó un calor traicionero al mismo tiempo.
Adrián se acercó de nuevo. Esta vez no hubo escritorio entre nosotros. Se detuvo frente a mí, lo suficientemente cerca para que tuviera que levantar el rostro.
—Esta noche voy a necesitar que te quedes hasta tarde —dijo—. Hay documentos que requieren revisión antes de la llamada con Tokio.
—Tengo que recoger a mi hijo a las seis —respondí sin pensar.
El aire cambió de golpe.
Adrián se quedó completamente inmóvil. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad casi dolorosa. El silencio que siguió fue tan denso que pude escuchar el latido de mi propia sangre en los oídos.
—¿Tu hijo? —repitió despacio.
Maldita sea.
El pánico me golpeó con tanta fuerza que por un segundo creí que iba a marearme. Intenté recuperar el control, forzar una expresión neutral, pero ya era demasiado tarde. La palabra había salido. Y él la había atrapado como un depredador.
—Sí —logré decir—. Tengo un hijo. Tiene tres años.
Adrián no parpadeó. No dijo nada durante varios segundos que se sintieron eternos. Solo me miró. Como si estuviera desmontándome pieza por pieza, buscando grietas, inconsistencias, mentiras. Sus ojos bajaron un instante hacia mi vientre, luego regresaron a mi rostro. Algo peligroso pasó por su expresión. Algo que no supe identificar del todo: cálculo, sospecha… o quizás un reconocimiento que todavía no se atrevía a nombrar.
—¿Tres años? —repitió, aún más despacio.
Asentí, incapaz de confiar en mi voz.
Él inclinó apenas la cabeza. La mandíbula se le tensó.
—Tres años —murmuró, como si estuviera haciendo cálculos mentales—. Interesante.
El estómago se me encogió.
—Organiza una niñera —dijo al fin, con voz peligrosamente suave—. O tráelo. Pero esta noche te necesito aquí.
—No puedo traerlo a la oficina.
—Entonces consigue quien lo cuide. —Su tono no admitía negativa—. No es una petición, Sofía.
Me quedé mirándolo, atrapada entre el miedo y una furia creciente.
—No puedes decidir sobre mi vida personal de un día para otro.
Adrián dio un último paso. Ahora estaba tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo ronco que me erizó la piel.
—Puedo. Y lo estoy haciendo.
Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, apartó un mechón de cabello que se me había pegado a la mejilla. Sus dedos rozaron mi piel apenas un segundo, pero fue suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda entera. El contacto fue eléctrico. Peligroso. Demasiado familiar.
—Hace tres años desapareciste sin dejar rastro —susurró—. Esta vez va a ser diferente. Voy a saber dónde estás. Qué haces. Con quién hablas.
Sus ojos bajaron un instante a mi boca.
—Y si hay un niño en tu vida… también voy a saberlo todo sobre él.
El miedo se me instaló en el pecho como una piedra fría.
Él no lo sabía. Todavía no.
Pero la forma en que me miraba me decía que no iba a parar hasta descubrir cada uno de mis secretos. Y lo peor era que, por un instante, creí ver algo más en sus ojos. Algo que se parecía demasiado a una certeza peligrosa. Como si una parte de él ya estuviera conectando los puntos.
Adrián se enderezó de pronto, como si hubiera alcanzado un límite autoimpuesto. Retrocedió un paso y recuperó esa compostura fría que lo caracterizaba frente al mundo.
—Tienes hasta las cinco para organizar lo de tu hijo —dijo mientras se dirigía a la puerta—. Después de eso, empiezas a trabajar de verdad.
Se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro. Sus ojos gris oscuro brillaban con una intensidad que me heló la sangre.
—Y Sofía…
Tragué saliva.
—Bienvenida a mi mundo.
La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.
Me quedé sola en la oficina nueva, con las piernas temblando y la certeza horrible de que acababa de entregar la primera pieza de un rompecabezas que Adrián Caldwell estaba decidido a completar.
Ethan.
Si llegaba a saber la verdad…
Saqué el teléfono con manos torpes y busqué el contacto de Laura. Mientras el teléfono sonaba, miré hacia la puerta que conectaba mi oficina con la de Adrián. Por primera vez en tres años, sentí que el pasado no solo me había alcanzado.
Estaba empezando a devorarme.
Y había algo más.
La forma en que Valeria me había mirado antes de salir no había sido solo celos. Había sido reconocimiento. Como si ella también estuviera uniendo piezas. Como si, de alguna forma, ya supiera más de lo que debería.
Colgué cuando Laura contestó y me obligué a respirar.
Tenía que proteger a Ethan.
Cueste lo que cueste.
Incluso si eso significaba mentirle otra vez al único hombre que todavía tenía el poder de destrozarme.
