
El hijo oculto del CEO
Clau · En curso · 87.9k Palabras
Introducción
Tres años después, el pasado regresa… y trae consecuencias.
Sofía Garrison ha criado sola a su hijo Ethan, convencida de que el hombre de aquella noche simplemente desapareció. Ahora trabaja en las sombras de Caldwell Group, intentando pasar desapercibida.
Hasta que Adrián Caldwell, el billonario más frío y temido de la ciudad, la reconoce.
Él no olvidó esa noche.
Ni el fuego.
Ni la forma en que ella lo hizo perder el control.
Cuando descubre que el niño de ojos miel es suyo, su obsesión se desata. Adrián no solo quiere recuperar el tiempo perdido: quiere poseerla, protegerla y borrar a cualquier hombre que se atreva a mirarla.
Pero hay secretos más oscuros detrás de su separación.
Secretos que alguien está dispuesto a proteger… incluso si eso significa destruir a Sofía.
Él es posesivo.
Ella tiene miedo de entregarse.
Y el pequeño Ethan es la bomba que puede unirlos… o terminar de romperlos.
Capítulo 1
El grito de Ethan me despertó a las tres y diecisiete de la mañana.
No fue un llanto suave. Fue ese grito agudo y desesperado que solo los niños pequeños saben hacer cuando el miedo les gana por completo. Me levanté de un salto, el corazón golpeándome el pecho, y corrí descalza hasta su habitación. Él estaba sentado en la cuna-cama, con las mejillas empapadas y los ojitos color miel completamente abiertos por el pánico.
—¡Mami! ¡Mami, el hombre malo!
Lo tomé en brazos de inmediato. Su cuerpecito temblaba contra el mío mientras yo lo mecía, susurrándole que no había ningún hombre malo, que solo había sido una pesadilla, que mamá estaba ahí y que nada ni nadie iba a hacerle daño. Ethan se aferraba a mi camisón con una fuerza sorprendente para tener solo tres años. Enterré la nariz en su cabello negro, ese cabello que se parecía demasiado al de alguien que yo había jurado olvidar, y cerré los ojos con fuerza.
Tres años.
Tres años criándolo sola. Tres años mintiendo. Tres años despertándome en medio de la noche con el miedo atascado en la garganta, preguntándome qué pasaría si algún día el pasado decidía tocar a mi puerta.
—Shhh… ya pasó, mi amor —susurré contra su sien—. Ya pasó. Estoy aquí.
Poco a poco su respiración se fue calmando. Se quedó dormido otra vez pegado a mi pecho, con los dedos todavía enredados en la tela de mi camisón. Yo no volví a dormir. Me quedé sentada en la mecedora junto a su cama, mirando la oscuridad de la habitación, sintiendo cómo el nudo en el estómago se hacía cada vez más apretado.
Algo había cambiado en el aire esa madrugada. No sabía qué era. Solo sabía que el miedo ya no se sentía lejano. Se sentía cerca. Demasiado cerca.
A las cinco y media dejé a Ethan en la cama, me duché con agua fría y me vestí en silencio. Blusa blanca, pantalón negro, cabello recogido en una coleta práctica. La misma armadura de siempre. Antes de salir revisé dos veces que la puerta estuviera bien cerrada y que el mensaje para Laura, la vecina que a veces lo cuidaba, estuviera listo por si acaso. Luego bajé las escaleras del edificio con el corazón todavía acelerado.
El piso once de Caldwell Group olía a café caro y a ambición contenida. Las paredes de cristal dejaban entrar la luz de la mañana como si el edificio entero quisiera recordarles a todos quién mandaba en aquella ciudad. Yo prefería los rincones menos visibles. El departamento de Operaciones Internas era perfecto para eso: lo suficientemente importante como para pagar las facturas, lo suficientemente irrelevante como para que nadie del piso ejecutivo bajara nunca.
O al menos eso había creído durante catorce meses.
Me senté frente al ordenador y abrí el informe que debía terminar antes del mediodía. Las palabras se me mezclaban. Cada pocos minutos levantaba la vista hacia el pasillo de cristal, sin saber exactamente qué estaba buscando. El recuerdo de la pesadilla de Ethan seguía pegado a mi piel. El hombre malo. Qué ironía. El único hombre malo que yo conocía llevaba trajes de miles de dólares y tenía el poder de destruir mi vida con una sola firma.
A las nueve y veinte el murmullo de las oficinas cambió.
No fue un grito. No fue una alarma. Fue algo más sutil y mucho más peligroso: el silencio que se extiende cuando alguien importante atraviesa un espacio. Las conversaciones bajaron de volumen. Las espaldas se enderezaron. Hasta el tecleo de los teclados pareció volverse más cuidadoso.
Levanté la vista.
Y el mundo se detuvo.
Él caminaba entre dos ejecutivos, escuchándolos con esa expresión fría y distante que yo recordaba demasiado bien. El traje negro le caía como si hubiera nacido dentro de él. El cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás. La mandíbula tensa. Los hombros anchos. Cada paso que daba parecía medir el espacio, reclamarlo, advertir a cualquiera que se atreviera a interponerse.
Adrián Caldwell.
El hombre que había desaparecido de mi vida hace tres años y once meses.
El padre de mi hijo.
El café se me resbaló de los dedos. La taza cayó sobre el escritorio y el líquido oscuro se extendió sobre el teclado y los papeles, pero yo no escuché el sonido. Solo el latido ensordecedor en mis oídos y la certeza absoluta de que el aire se me había acabado.
Él levantó la vista en ese preciso instante.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Por un segundo —solo un segundo— vi algo quebrarse en su expresión. La máscara de control absoluto se resquebrajó. Sus ojos, ese gris oscuro que yo había intentado borrar de la memoria, se abrieron apenas. La mandíbula se le tensó. El paso se le detuvo un instante, lo suficiente para que uno de los ejecutivos a su lado lo mirara con confusión.
Luego parpadeó.
Y la máscara volvió a su lugar.
Pero ya era demasiado tarde.
Él me había visto.
Yo lo había visto.
El pánico me subió por la garganta como ácido. Me puse de pie tan rápido que la silla rodó hacia atrás y golpeó el archivero con un ruido sordo. Marta, mi jefa, dijo algo, pero no la escuché. Caminé hacia el baño de mujeres con las piernas temblando, empujé la puerta y me encerré en el primer cubículo. Me senté en la tapa del inodoro y escondí la cara entre las manos.
No.
No, no, no.
Esto no podía estar pasando.
Había revisado las noticias durante meses. Había seguido de lejos los movimientos de Caldwell Group. Adrián pasaba la mayor parte del tiempo en Europa y Asia. Rara vez aparecía en las oficinas de Nueva York. Por eso había aceptado el trabajo. Porque las probabilidades de cruzármelo eran mínimas. Porque había necesitado creer que el pasado se había quedado atrás.
Y aún así…
Saqué el teléfono con dedos torpes. La pantalla se iluminó con la foto de Ethan. Su sonrisa desdentada. Sus ojos color miel. El cabello negro que se parecía demasiado al de su padre. Si Adrián descubría la verdad… si llegaba a saber que ese niño era suyo…
El recuerdo de aquella noche me golpeó sin permiso.
El hotel. El whiskey. La forma en que me miró como si pudiera devorarme entero. Sus manos en mi cintura. Su voz baja y ronca diciéndome que no solía perder el control. La forma en que me tomó contra la pared de la suite, como si el mundo fuera a acabar. Y después… el silencio. Los mensajes que nunca respondió. La habitación vacía a la mañana siguiente. La sensación de haber sido solo una distracción más en la vida de un hombre que podía tenerlo todo.
Me había jurado que nunca volvería a ser tan estúpida.
Y ahora él estaba a menos de cincuenta metros de mí.
La puerta del baño se abrió. Escuché tacones. Varias voces. Me quedé en silencio, conteniendo la respiración hasta que se fueron. Cuando salí, me lavé la cara con agua fría y me obligué a mirarme en el espejo.
Estaba pálida. Los ojos demasiado abiertos. El labio inferior lo tenía marcado de tanto morderlo.
“Puedes hacerlo”, me dije en voz baja. “Solo es un reencuentro. Él ni siquiera tiene por qué recordarte bien. Fuiste una noche. Nada más.”
Mentira.
La forma en que me había mirado a través del cristal no era la mirada de alguien que no recuerda.
Volví a mi escritorio con el corazón todavía desbocado. El café había sido limpiado. Marta me dedicó una mirada preocupada, pero no preguntó. Me senté, abrí el informe otra vez y fingí trabajar. Cada minuto que pasaba se sentía como una cuenta regresiva.
Diecisiete minutos después, mi correo interno sonó.
De: Asistente Ejecutiva – Despacho del CEO
Asunto: Solicitud de traslado inmediato
Abrí el mensaje con el estómago encogido.
La señorita Sofía Garrison del departamento de Operaciones Internas deberá presentarse en el piso 42 a las 11:30 a.m. para asumir temporalmente el puesto de asistente personal del señor Caldwell. Favor de llevar todos sus pertenencias. El traslado es efectivo de inmediato.
Leí el mensaje tres veces.
El piso 42.
El despacho del CEO.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
Él no solo me había reconocido.
Había decidido que yo iba a estar cerca.
Muy cerca.
Me levanté de nuevo. Esta vez mis manos no temblaban solo de miedo. Había algo más. Una corriente caliente y traicionera que se me instaló en el vientre al recordar la intensidad de esa mirada. Odié esa sensación. Odié que, después de tres años, mi cuerpo todavía reaccionara a él como si no hubiera pasado ni un solo día.
Empaqué mis cosas en silencio. Marta intentó preguntarme qué sucedía, pero solo logré decirle que me habían trasladado. Su expresión pasó de la sorpresa a la preocupación en cuestión de segundos. Todo el mundo sabía lo que significaba ser llamado al piso del CEO sin previo aviso.
El elevador subió demasiado rápido.
Cuando las puertas se abrieron en el 42, el silencio era distinto. Más caro. Más peligroso. El piso entero parecía diseñado para recordar a cualquiera que entrara quién mandaba ahí. Paredes oscuras. Muebles de diseño. Una recepcionista que me miró de arriba abajo con una sonrisa profesional perfectamente vacía.
—Señorita Garrison. El señor Caldwell la está esperando. Puede pasar directamente.
Asentí porque no me quedaban palabras.
La puerta del despacho principal estaba entreabierta.
Empujé.
Adrián Caldwell estaba de pie frente al ventanal enorme que dominaba la ciudad. Las manos en los bolsillos del pantalón. La espalda recta. No se giró de inmediato. Me dejó entrar. Me dejó cerrar la puerta. Me dejó sentir cómo el espacio se reducía solo con su presencia.
Finalmente, giró la cabeza.
Sus ojos me recorrieron despacio. Desde el cabello recogido en una coleta imperfecta hasta los zapatos prácticos que usaba para poder correr si Ethan se enfermaba en la guardería. No había cortesía en esa mirada. Había reconocimiento. Hambre. Y algo más oscuro.
—Sofía —dijo.
Mi nombre en su boca sonó como una sentencia.
Me obligué a mantener la espalda recta.
—Señor Caldwell.
Una ceja suya se arqueó apenas.
—¿Tan formales? Después de todo este tiempo.
El corazón me dio un vuelco doloroso.
—No creo que haya mucho que recordar —mentí.
Él soltó una risa baja, sin humor. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Cada movimiento era deliberado, como si estuviera midiendo cuánto espacio podía robarme antes de que yo retrocediera.
—Tres años, once meses y cuatro días —dijo con voz suave—. Eso fue lo que tardé en volver a verte.
El aire se me atascó en la garganta.
Él lo sabía.
Había contado el tiempo.
Adrián se detuvo a menos de un metro de mí. Lo suficientemente cerca para que pudiera oler su colonia: algo oscuro, caro y peligroso. Lo suficientemente cerca para que mi cuerpo traicionero recordara cómo se sentían sus manos.
—Te busqué —continuó—. Después de esa noche. Pero ya no estabas. La habitación estaba vacía. El número que me dejaste no existía.
Yo no le había dejado ningún número.
La mentira se instaló entre nosotros como una tercera persona.
Antes de que pudiera responder, él levantó una mano y tomó un mechón de mi cabello que se había escapado de la coleta. Lo estudió entre sus dedos con una concentración casi ofensiva.
—Sigues oliendo igual —murmuró—. Como esa noche.
Aparté la cara de un tirón.
—No tiene derecho a…
—Tengo todos los derechos que decida tomarme dentro de este edificio —lo interrumpió con calma letal—. Y acabo de decidir que vas a trabajar directamente conmigo.
Lo miré, furiosa y asustada al mismo tiempo.
—No puedes simplemente…
—Sí puedo. —Sus ojos se endurecieron—. Y lo estoy haciendo.
El silencio que siguió fue espeso.
Adrián dio un paso más, invadiendo por completo mi espacio. Su voz bajó hasta convertirse en algo íntimo y peligroso:
—Hay algo que no me cuadra, Sofía. Desapareciste. Cambiaste de número. Y ahora apareces trabajando en mi empresa… en un departamento donde casi nadie sube al piso ejecutivo.
Se inclinó un poco, lo suficiente para que su aliento rozara mi mejilla.
—¿Qué escondes?
El pánico me golpeó con tanta fuerza que por un segundo creí que me iba a doblar.
Ethan.
Si él averiguaba lo de Ethan…
Me obligué a sostenerle la mirada. A no parpadear. A no mostrarle el terror que me corroía por dentro.
—No escondo nada —mentí otra vez.
Adrián sostuvo mi mirada durante varios segundos larguísimos. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Ya lo veremos.
Se enderezó, volvió a poner las manos en los bolsillos y caminó hacia su escritorio como si la conversación hubiera terminado.
—Tu nueva oficina está al lado de la mía. Quiero que estés disponible las veinticuatro horas si es necesario. Cancelé a mi asistente anterior. A partir de ahora, eres tú.
Me quedé paralizada en medio del despacho.
Él se sentó, abrió una carpeta y agregó sin siquiera mirarme:
—Y Sofía…
Levanté la vista a regañadientes.
Adrián alzó los ojos. El gris oscuro de su mirada brillaba con una intensidad que me heló la sangre.
—Esta vez no vas a desaparecer.
La amenaza —o la promesa— quedó flotando en el aire entre nosotros.
Yo supe, con una certeza absoluta y aterradora, que mi vida como la conocía acababa de terminar.
Y que el padre de mi hijo no tenía ninguna intención de volver a dejarme ir.
Lo peor de todo fue la parte de mí que, a pesar del miedo, sintió un escalofrío traicionero al escucharlo decirlo.
Porque una parte de mí, pequeña y peligrosa, ya no estaba segura de querer escapar.
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Última actualización: 10/19/2026
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Soportaría torturas, derramaría sangre y no tendría piedad de sus enemigos.
Si el precio de sus libertades era matar unos cuantos lobos… bueno, ella no estaba en desacuerdo.
Ella lo ve como una bestia deformada por el odio.
Él la ve como una hembra que no se quebrará, incluso en cadenas.
Ese primer contacto no es romántico todavía, sino un choque de fuerzas salvajes. Lo que nace entre ellos es tensión, rabia y atracción envenenada.
Los Reyes Licántropos y Su Pareja Híbrida
Libro dos de Los Reyes Licántropos y la Loba Blanca. También puede leerse como una historia independiente.
Han pasado diecisiete años desde el surgimiento de la Loba Blanca, y el reinado de los Reyes Licántropos aseguró la paz en todo el reino. La siguiente generación de guerreros ha crecido bajo la protección de sus poderosos gobernantes.
Cassian y Atlas, los herederos gemelos del trono licántropo, ya no son niños. A punto de cumplir dieciocho, los futuros reyes ya se han probado en los campos de entrenamiento con una fuerza, una destreza y un poder muy por encima de su edad. Como gemelos idénticos nacidos con habilidades extraordinarias, su vínculo es irrompible, su lealtad entre ellos absoluta. El reino sabe que algún día gobernarán juntos.
Pero cumplir dieciocho trae algo más que responsabilidad.
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Atracción Peligrosa
Para muchos, soy la bestia de la mafia. Un líder despiadado, implacable, sin corazón. Fui criado para no sentir, para ser duro y frío, porque en mi mundo, la compasión es una debilidad, y la debilidad te mata. Aquí, solo los fuertes sobreviven, y siempre hay alguien esperando arrancarte la cabeza.
El amor nunca ha tenido lugar en mi vida. Lo considero una tontería, una distracción insignificante que solo debilita a las personas.
Hasta que ella apareció.
LIBRO 1 DE LA SAGA ATRACCIÓN
El enigma del millonario
"¿Eres virgen?" preguntó Ayden, y Arya casi escupió su bebida.
"Quiero decir, ¿cuenta si he usado un vibrador?", respondió ella mientras notaba cómo Ayden trataba de tragar con fuerza su agua.
"¿Cuántas parejas sexuales has tenido?", preguntó Ayden con seriedad.
"Bueno, solo he tenido un par de consoladores. Resulta que los de látex son muy resistentes", respondió ella sonriendo.
Ayden se levantó molesto y rompió el buen humor de la habitación. "Esto no es un puto juego, señorita Arya", dijo amenazante el millonario. "Lárgate".
"No, espera, estaba bromeando", trató de aclarar Arya.
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"¿Eres siempre tan testaruda? Sube o no hay trato", insistió Ayden.
La esperanza de que no todo hubiera terminado se apoderó de ella, y subió al lujoso coche del millonario.












