Capítulo 3 Capítulo 3
Llamé a Laura en cuanto la puerta se cerró detrás de Adrián.
El teléfono me temblaba en la mano. Cada latido de mi corazón parecía gritarme que había cometido un error monumental al mencionar a Ethan. Tres años. Había dicho tres años. Y la forma en que Adrián había repetido esas dos palabras, lenta, calculadora, me hacía sentir como si hubiera entregado la primera pieza de un rompecabezas que él estaba decidido a completar.
Laura contestó al segundo tono.
—Claro que sí —me dijo sin dudar cuando le expliqué que necesitaba que se quedara con Ethan hasta tarde—. Tráemelo antes de las seis. No te preocupes. Ya sabes que me encanta cuidarlo.
Colgué y me quedé mirando la pantalla. La foto de Ethan seguía ahí, sonriéndome con esa inocencia absoluta que todavía no conocía el significado de las mentiras adultas. Me pasé el dedo por su cabecita en la imagen y sentí que el estómago se me encogía.
Había sido una buena decisión registrar su nacimiento unos meses más tarde.
En su momento lo había hecho por miedo. Por instinto de supervivencia. Cuando descubrí que estaba embarazada, el pánico me había llevado a calcular fechas una y otra vez. Si alguien —especialmente alguien con los recursos de Adrián Caldwell— llegaba a investigar, la diferencia de unos meses podía ser la única protección que tenía. Había mentido en el hospital. Había mentido en el registro. Había construido una versión de la historia donde Ethan había nacido un poco después de lo real, lo suficiente como para que las fechas no coincidieran de forma exacta con aquella noche en el hotel.
Durante tres años había creído que esa mentira era suficiente.
Ahora, después de ver la forma en que Adrián había calculado los meses en voz alta, ya no estaba tan segura.
Bajé al estacionamiento a las cinco y cuarto, recogí a Ethan de la guardería y lo llevé al pequeño apartamento de Laura. Él me abrazó con fuerza cuando lo dejé en el sofá, con esa manera absoluta que solo tienen los niños pequeños de aferrarse a su madre.
—¿Vas a trabajar mucho, mami?
—Solo un rato, mi amor —le susurré contra el pelo—. Vuelvo lo antes que pueda. Sé bueno con Laura, ¿sí?
Le di un beso en la frente, le recordé a Laura la hora de su medicina para la alergia y salí antes de que las lágrimas me traicionaran. En el taxi de regreso a Caldwell Group me obligué a respirar profundo. No podía llegar destrozada. Adrián ya había olido sangre. No iba a darle más.
Cuando volví a entrar en el piso 42, la recepcionista ya no estaba. Las luces de la zona común habían bajado de intensidad. Solo quedaba el resplandor que salía del despacho de Adrián y el de mi nueva oficina. El silencio era tan espeso que podía escuchar el eco de mis propios pasos sobre el mármol.
Encontré una carpeta gruesa sobre mi escritorio junto a una nota escrita con letra firme y controlada:
Revisa esto antes de las ocho. Quiero tu opinión sobre los puntos marcados. —A.
No decía “por favor”. No necesitaba decirlo.
Me senté y abrí la carpeta. Eran contratos de adquisición, cláusulas de confidencialidad y proyecciones financieras del mercado asiático. El tipo de documentos que normalmente revisaba un equipo entero. Él me los había dejado a mí. Como prueba. Como forma de medirme. Como otra manera de recordarme que ahora mi tiempo le pertenecía.
A las siete y media escuché la puerta que conectaba ambas oficinas abrirse.
Adrián apareció sin chaqueta, con las mangas de la camisa negra arremangadas hasta los codos y el nudo de la corbata flojo. Se veía distinto. Menos CEO intocable y más hombre peligroso que acababa de decidir que las reglas ya no le importaban tanto. Su presencia llenó la habitación de inmediato.
—¿Cómo vas? —preguntó, deteniéndose frente a mi escritorio.
—Terminé la primera sección. Hay una cláusula en la página diecisiete que podría generar problemas si el tipo de cambio fluctúa más de lo proyectado.
Él arqueó una ceja, sorprendido apenas, y tomó el documento que le tendí. Lo leyó en silencio mientras yo intentaba no fijarme en la forma en que sus antebrazos se tensaban o en la vena que se le marcaba en la muñeca. El silencio entre nosotros estaba cargado. Cada segundo que pasaba sin que mencionara a Ethan solo hacía más evidente que el tema seguía ahí, suspendido entre los dos como una bomba a punto de estallar.
—Buen ojo —dijo al fin—. Nadie del equipo legal lo había señalado todavía.
No respondí. Él dejó el papel sobre el escritorio y, en lugar de regresar a su oficina, se quedó ahí. Mirándome.
—¿Conseguiste quien cuidara a tu hijo?
La pregunta sonó casual. No lo era. Nada de lo que Adrián hacía era casual.
—Sí.
—¿Cómo se llama?
Sentí que el estómago se me encogía otra vez.
—Ethan.
Adrián repitió el nombre en voz baja, como si lo estuviera probando en su boca. Luego caminó alrededor del escritorio hasta quedar a mi lado. Demasiado cerca otra vez. Siempre demasiado cerca. Su perfume me envolvió, esa mezcla oscura que me traía recuerdos que había intentado enterrar durante años.
—Ethan —repitió—. Tres años.
No era una pregunta. Era una confirmación. Y había algo en la forma en que lo decía que me ponía los pelos de punta.
Me obligué a sostenerle la mirada.
—Sí. Tres años.
Él apoyó una mano en el respaldo de mi silla, inclinándose ligeramente. Su voz bajó de tono.
—El padre… ¿está en su vida?
La mentira me quemó la lengua antes siquiera de salir.
—No. No está.
Adrián no se movió. Sus ojos se oscurecieron de una forma que me hizo querer retroceder, aunque no tenía a dónde.
—¿Murió?
—No.
—¿Entonces?
—Simplemente… no está —dije con más firmeza de la que sentía—. Y no voy a hablar de esto. Es personal.
Hubo un silencio largo. Pesado. Adrián me estudió como si pudiera ver a través de cada una de mis defensas. Luego, despacio, se enderezó un poco, aunque no lo suficiente como para devolverme el espacio personal.
—Por ahora —concedió.
Dos palabras. Y sin embargo sonaron a advertencia.
Se dirigió hacia la puerta que conectaba nuestras oficinas, pero se detuvo antes de cruzarla.
—Hay comida en la sala de juntas del final del pasillo. Come algo. Vas a quedarte hasta que terminemos la revisión de Tokio.
—No hace falta que…
—Come, Sofía. —Su tono fue suave, pero no admitía discusión—. No voy a tenerte trabajando con el estómago vacío.
Cuando se fue, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me pasé las manos por la cara. La mención de Ethan había cambiado algo entre nosotros. Ya no era solo la atracción peligrosa ni el control que él intentaba ejercer. Ahora había una sospecha concreta. Una sospecha que él estaba alimentando con cada pregunta aparentemente inocente.
Comí sin realmente saborear nada. Sushi caro que probablemente costaba más de lo que yo gastaba en comida en una semana. Después regresé a los documentos, intentando concentrarme, intentando no pensar en la forma en que Adrián había dicho el nombre de mi hijo. En cómo había calculado los meses. En cómo sus ojos se habían detenido un segundo demasiado largo cuando mencioné la edad.
A las diez y media la ciudad ya era solo un mar de luces bajo nosotros. Adrián volvió a aparecer, esta vez con dos vasos y una botella de agua. Dejó uno frente a mí sin decir nada y se sentó en la silla del otro lado de mi escritorio, como si fuera lo más natural del mundo.
Trabajamos en silencio durante un rato. Solo el sonido de las páginas pasando y el tecleo ocasional. Pero la tensión no desaparecía. Estaba ahí, en cada vez que nuestras manos casi se rozaban al pasar un documento, en cada vez que levantaba la vista y lo encontraba mirándome. Había algo nuevo en su expresión. Algo más oscuro. Más determinado.
—¿Por qué aceptaste el trabajo en Caldwell Group? —preguntó de pronto, sin levantar la vista del papel que tenía en las manos.
Dudé.
—Necesitaba un empleo estable. El salario era bueno. Los horarios, al principio, también.
—Hay cientos de empresas con buenos salarios.
—Esta estaba contratando.
Adrián alzó la vista. Sus ojos gris oscuro me atravesaron.
—No me mientas.
El corazón me dio un vuelco.
—No te estoy mintiendo.
—Sí lo estás. —Dejó el documento a un lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el escritorio—. Desapareciste hace casi cuatro años. Cambiaste de número. Te esfumaste. Y de repente apareces trabajando en mi empresa, en un piso donde las probabilidades de cruzarte conmigo eran mínimas… hasta que dejaron de serlo.
Me quedé callada. Cualquier palabra podía ser usada en mi contra.
Adrián sostuvo mi silencio durante varios segundos. Luego habló con una calma que resultaba más aterradora que si hubiera gritado:
—Hay algo que no me estás contando. Y pienso descubrirlo.
Se puso de pie. Caminó hasta mi lado del escritorio. Esta vez no hubo pretexto de documentos ni de trabajo. Se detuvo frente a mí y, con una lentitud deliberada, tomó mi barbilla entre sus dedos, obligándome a mirarlo.
El contacto fue eléctrico. Peligroso. Su piel contra la mía me envió un escalofrío directo a la base de la columna.
—Esa noche —dijo en voz baja—. Todavía la recuerdo. Cada detalle. La forma en que temblabas. La forma en que dijiste mi nombre. La forma en la que te corriste después.
Sus dedos se apertaron apenas en mi piel.
—No volví a ser el mismo después de ti, Sofía. Y ahora que te tengo otra vez frente a mí… no pienso cometer el mismo error.
Me soltó. Dio un paso atrás. La máscara de control volvió a deslizarse sobre su rostro, aunque sus ojos seguían ardiendo.
—Termina lo que falta. Después te llevo a casa. No quiero que tomes un taxi a esta hora.
—Puedo…
—No es una petición.
Se dio la vuelta y regresó a su despacho, dejando la puerta abierta esta vez. Como si ya no tuviera sentido fingir que había alguna distancia real entre nosotros.
Me quedé sentada, con la piel todavía ardiendo donde me había tocado y el miedo enroscándose en mi estómago.
Porque Adrián Caldwell no solo sospechaba.
Estaba empezando a cazar la verdad.
Y yo ya no sabía cuánto tiempo más podría seguir corriendo.
Miré hacia la ventana. La ciudad brillaba a lo lejos, indiferente. Pensé en Ethan, dormido en el sofá de Laura, ajeno a todo. Pensé en los meses que había alterado en el registro. En la mentira cuidadosamente construida que ahora se sentía frágil como cristal.
Si Adrián llegaba a investigar de verdad…
Si alguien le pasaba una copia del certificado de nacimiento…
La diferencia de unos meses podía no ser suficiente.
Me obligué a volver a los documentos. Mis manos todavía temblaban ligeramente. Cada página que pasaba era un intento desesperado de aferrarme a algo que pudiera controlar. Pero la verdad era otra.
El control ya no me pertenecía.
Adrián había regresado.
Y estaba decidido a reclamarlo todo.
