Capítulo 4 Capítulo 4
El silencio dentro del auto era casi sofocante.
Adrián conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el reposabrazos, la postura relajada solo en apariencia. Cada tanto sus ojos se desviaban hacia mí, rápidos, evaluadores, como si estuviera catalogando cada uno de mis gestos, cada respiración, cada intento mío de aparentar normalidad. El interior del vehículo olía a cuero nuevo y a su colonia. Esa mezcla oscura que me perseguía desde la oficina y que ahora se adhería a mi piel como una segunda capa imposible de quitar.
Miré por la ventana. Las luces de la ciudad pasaban en ráfagas borrosas. Intenté concentrarme en ellas, en cualquier cosa que no fuera la cercanía de su cuerpo o la forma en que su presencia llenaba por completo el espacio reducido. El recuerdo de sus dedos en mi barbilla seguía ardiendo en mi piel. La forma en que había dicho que no pensaba cometer el mismo error resonaba una y otra vez en mi cabeza.
—No tienes que llevarme —dije por fin, rompiendo el silencio—. Podía tomar un taxi.
—Ya lo sé —respondió sin apartar la vista de la carretera—. Aun así lo estoy haciendo.
No había margen para discutir. Su tono no era agresivo, pero tampoco admitía réplica. Era la misma calma controlada con la que había decidido trasladarme a su piso, con la que había ordenado que me quedara hasta tarde, con la que había tocado mi rostro como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
Apreté las manos sobre el bolso que descansaba en mi regazo. El tejido se me clavó en los dedos.
—¿Dónde vives? —preguntó de pronto.
Le di la dirección. Un edificio modesto en un barrio tranquilo, lejos de los rascacielos de cristal y de los restaurantes donde cenaba gente como él. Adrián no hizo ningún comentario. Solo programó la dirección en el sistema del auto y aceleró un poco más. El hecho de que no preguntara nada más me resultó más inquietante que si hubiera bombardeado a preguntas.
El trayecto se sintió eterno. Cada semáforo en rojo era una eternidad. Cada vez que el auto se detenía, la conciencia de su cuerpo a escasos centímetros del mío se volvía más aguda. Recordaba demasiado bien cómo se sentían esas manos. Cómo su boca había reclamado la mía aquella noche como si pudiera marcarme desde adentro. Cómo había perdido el control con una intensidad que todavía me perseguía en sueños que prefería no recordar.
Aparté la mirada. No podía permitirme ir por ese camino. No ahora. No cuando él ya sospechaba demasiado sobre mi desaparición. No cuando la mentira del registro de nacimiento de Ethan se sentía cada vez más frágil bajo la presión de su atención.
Cuando finalmente se detuvo frente a mi edificio, el reloj del tablero marcaba casi la medianoche. Bajé del auto con las piernas un poco torpes, esperando que él simplemente se marchara. En cambio, apagó el motor y salió también.
—No hace falta que…
—Voy a acompañarte hasta la puerta —dijo con esa misma calma peligrosa.
No era una oferta. Era una decisión.
Subimos juntos las escaleras porque el elevador del edificio llevaba dos semanas descompuesto. Yo iba delante, consciente de cada uno de sus pasos detrás de mí, de la forma en que su presencia parecía empujar el aire a mi espalda. En el tercer piso me detuve frente a la puerta de mi apartamento y saqué las llaves con dedos que se negaban a permanecer firmes.
—Gracias por el viaje —murmuré, intentando que sonara a despedida.
Adrián no se movió. Se quedó de pie a un metro de mí, las manos en los bolsillos del pantalón, la mirada fija en la puerta como si pudiera atravesarla con solo desearlo.
—¿Vives sola con él?
La pregunta me golpeó el pecho.
—Sí.
—¿No hay… nadie más?
—No.
Él asintió lentamente, como si estuviera archivando la información. Luego dio un paso más cerca. La luz del pasillo era tenue, amarillenta, y proyectaba sombras largas sobre su rostro. Por un instante pareció más humano. Más peligroso también.
—Ábrela —dijo en voz baja.
—Adrián…
—Quiero ver dónde vives, Sofía. Quiero saber cómo es el lugar donde has estado todos estos años.
Había algo en su tono que me heló la sangre. No era curiosidad educada. Era necesidad. Una necesidad oscura y posesiva de mapear cada rincón de mi existencia ahora que me había encontrado de nuevo.
Abrí la puerta porque no se me ocurrió otra forma de terminar con aquella tensión. Entré primero. Él me siguió.
El apartamento era pequeño. Una sala combinada con cocina, un pasillo corto que llevaba a dos habitaciones y un baño. Todo limpio, ordenado, pero modestísimo comparado con el mundo de cristal y mármol del que él venía. Había juguetes de Ethan guardados en una canasta junto al sofá. Un pequeño par de zapatillas con luces junto a la puerta. Un dibujo infantil pegado en la nevera con un imán de colores.
Adrián se detuvo en medio de la sala. Sus ojos recorrieron cada detalle con una lentitud casi ofensiva. Se detuvo en el dibujo. Luego en las zapatillas. Luego en una fotografía enmarcada sobre una estantería: yo con Ethan en el parque, ambos sonriendo, su cabecita apoyada contra mi mejilla.
Se acercó a la foto. La tomó entre las manos. El marco pareció diminuto entre sus dedos largos.
—Se parece a ti —dijo en voz baja—. Los ojos.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que estuve segura de que él podía escucharlo.
—Sí —logré responder—. Tiene mis ojos.
Adrián no apartó la vista de la fotografía. Sus dedos rozaron el cristal justo sobre el rostro de Ethan. Había algo extraño en su expresión. No era el reconocimiento que yo temía. Era otra cosa. Más oscura. Más celosa.
—¿Cuándo nació exactamente?
La pregunta cayó entre nosotros como una piedra.
Tragué saliva. El recuerdo de la mentira del registro me golpeó con fuerza. Había alterado las fechas a propósito. Unos tres meses de diferencia. Lo suficiente, creía yo, para alejar cualquier sospecha de aquella noche. En el certificado oficial Ethan había nacido más tarde. Esa era la versión que debía proteger.
—En marzo —dije, aferrándome a la versión oficial—. Hace tres años.
Él levantó la vista hacia mí. El gris de sus ojos se había vuelto casi negro.
—Marzo —repitió despacio—. Tres años y cinco meses, entonces.
Asentí, incapaz de confiar en mi voz.
Adrián dejó la fotografía exactamente donde estaba. Se enderezó y caminó hacia mí con esa lentitud deliberada que ya empezaba a reconocer. Cada paso reducía el espacio entre nosotros. Cada paso hacía más difícil respirar.
—Hay algo que no me cuadra, Sofía —dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que tuviera que levantar el mentón—. Desapareciste después de esa noche. Cambiaste de número. Te esfumaste. Y ahora descubro que tienes un hijo de casi la misma edad que el tiempo que llevamos sin vernos.
Me quedé paralizada.
—Las coincidencias existen —susurré.
—No en mi mundo.
Levantó una mano y esta vez no tocó mi barbilla. Sus dedos rozaron apenas la línea de mi mandíbula, un contacto tan ligero que podría haberlo imaginado… si no fuera porque mi piel ardió en el mismo instante.
—Dime la verdad —continuó con voz ronca—. ¿Quién fue? ¿Con quién estuviste después de mí para terminar teniendo un hijo tan pronto?
La pregunta me golpeó como una bofetada. No estaba pensando que Ethan era suyo. Estaba pensando exactamente lo contrario: que yo había saltado a los brazos de otro hombre casi de inmediato. Que lo había reemplazado. Que había seguido adelante mientras él, según sus propias palabras, no había vuelto a ser el mismo.
El alivio fue tan intenso como el nuevo miedo que lo acompañó.
—Eso no es asunto tuyo —logré decir.
—Ahora lo es. —Su tono se endureció—. Desapareciste. Y meses después ya tenías un hijo con alguien más. Quiero saber quién fue ese hombre. Quiero saber si todavía está en tu vida. Quiero saber si tiene derecho a acercarse a ti… o a ese niño.
Se inclinó un poco más. Su aliento rozó mi mejilla.
—Porque si todavía existe… voy a asegurarme de que deje de existir en tu mundo.
El miedo se me instaló en el estómago como hielo. Al mismo tiempo, una corriente caliente y traicionera recorrió mi espalda. Odié esa reacción. Odié que su celosía todavía tuviera ese efecto sobre mí después de tanto tiempo y de tanto dolor.
—No hay ningún hombre —dije con firmeza—. El padre no está en nuestras vidas. Nunca lo estuvo. Y no voy a hablar más de esto.
Adrián sostuvo mi mirada unos segundos larguísimos. Parecía estar evaluando cada palabra, buscando grietas. Finalmente, despacio, retrocedió. La pérdida de su calor fue casi física.
—Por ahora —concedió—. Pero no creas que este tema está cerrado.
Se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo y miró por encima del hombro.
—Mañana a las ocho en punto en la oficina. No llegues tarde.
Hizo una pausa.
—Y Sofía… duerme. Vas a necesitar fuerzas. Porque yo no pienso detenerme hasta entender exactamente qué pasó después de esa noche.
La puerta se cerró detrás de él con un clic suave. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y luego el eco de las escaleras. Solo cuando el silencio regresó por completo me permití apoyarme contra la pared y soltar el aire que había estado conteniendo.
Mis manos temblaban.
Caminé hasta la fotografía y la miré durante un largo rato. Ethan sonreía con esa inocencia que todavía no conocía el significado de las mentiras adultas. Me pasé un dedo por el cristal, justo donde Adrián lo había tocado minutos antes.
Había sido una buena decisión alterar las fechas del registro. Tres meses de diferencia. En su momento me había sentido inteligente, previsora. Ahora, después de ver la forma en que Adrián calculaba los meses en voz alta y la rabia celosa que había aparecido en sus ojos al imaginarme con otro hombre, entendía que esa mentira me había comprado tiempo… pero no seguridad.
Él no sospechaba todavía que Ethan era suyo.
Sospechaba algo peor, en cierto sentido: que yo lo había reemplazado de inmediato. Y esa idea parecía estar comiéndole por dentro de una forma peligrosa.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Laura:
Ethan se durmió sin problemas. Todo bien. ¿Pasas a buscarlo mañana temprano?
Respondí que sí. Luego me dejé caer en el sofá y escondí el rostro entre las manos.
Tres años. Tres años construyendo una vida discreta, protegiendo a mi hijo, convencida de que el pasado se había quedado atrás. Y en menos de doce horas Adrián Caldwell había irrumpido de nuevo, había reclamado mi tiempo, mi espacio y ahora incluso las paredes de mi casa.
Me obligué a levantarme. Me duché con agua demasiado caliente, intentando borrar la sensación de su cercanía. Me puse el camisón más sencillo que encontré y me metí en la cama, aunque sabía que no iba a dormir.
En la oscuridad, las palabras de Adrián volvían una y otra vez.
¿Quién fue? ¿Con quién estuviste después de mí?
Cerré los ojos con fuerza.
Él no sabía la verdad.
Todavía.
Y yo no sabía cuánto tiempo más podría seguir protegiéndola antes de que su obsesión y sus celos terminaran por destrozar todo lo que había construido.
El sueño, cuando por fin llegó, fue inquieto. Soñé con ojos grises oscuros llenos de una rabia posesiva. Soñé con preguntas que no podía responder. Soñé con Ethan llamándome desde lejos mientras yo corría sin poder alcanzarlo. Y en algún momento, entre una pesadilla y otra, creí escuchar el eco de una promesa susurrada contra mi piel:
Esta vez no vas a desaparecer.
Desperté sobresaltada mucho antes del amanecer, con el corazón desbocado y la certeza absoluta de que mi vida ya no me pertenecía por completo.
Adrián Caldwell había regresado.
Y aunque todavía no sospechaba la verdad más peligrosa, su forma de mirarme me decía que estaba decidido a desenterrar cada secreto… incluso aquellos que yo había enterrado bajo tres meses de mentiras cuidadosamente calculadas.
