Capítulo 2 Cinco veces hasta el cielo
Deniz
El primer orgasmo me destrozó.
No fue un temblor suave ni una ola que llega y se retira. Fue un rayo que partió desde el centro exacto donde la lengua de Jack se movía con una precisión cruel y se expandió por cada nervio de mi cuerpo hasta que mis dedos se crispó en su cabello negro y mi espalda se arqueó tanto que casi levanté las caderas de la cama. Un grito se me escapó de la garganta, ahogado, salvaje, un sonido que nunca había escuchado salir de mí. Las piernas me temblaban sin control. Él no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando, trazando círculos lentos alrededor de ese punto que ahora latía con demasiada sensibilidad, como si quisiera arrancarme otro orgasmo antes de que el primero terminara de desvanecerse.
—Jack… —su nombre salió hecho un hilo roto.
Levantó la cabeza. Los labios brillaban con mi humedad. Los ojos verdes, oscurecidos por la lujuria y por lo que sea que le hubieran puesto en la sangre, me miraron con una intensidad que me hizo sentir completamente desnuda aunque todavía llevaba el uniforme a medio desabrochar.
—Otra vez —ordenó con voz ronca—. Quiero oírte otra vez.
Antes de que pudiera responder, volvió a bajar. Esta vez usó los dedos. Uno solo al principio, empujando con cuidado dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando afuera. El estiramiento me hizo jadear. Nunca había tenido nada dentro. El dolor fue leve, un ardor breve que se transformó casi de inmediato en una presión deliciosa. Él lo notó. Sus movimientos se volvieron más lentos, más conscientes, como si incluso en medio de la niebla de la droga pudiera sentir que estaba tocando algo sagrado.
—Tan apretada… —murmuró contra mi piel—. Dios, Deniz…
Añadió un segundo dedo. Me arqueé. Él besó el interior de mi muslo, luego volvió a mi centro y succionó con fuerza justo cuando sus dedos se curvaron hacia arriba. El segundo orgasmo me golpeó sin aviso. Más profundo, más largo. Mis paredes se cerraron alrededor de sus dedos con espasmos que no pude controlar. Lágrimas se me escaparon de las comisuras de los ojos. Él las besó cuando subió por mi cuerpo, lamiendo la sal de mi mejilla mientras yo todavía temblaba.
—Eres virgen —dijo, no como una pregunta. Como una revelación que lo sacudió.
Asentí, incapaz de hablar. Él cerró los ojos un segundo, la mandíbula tensa, como si esa verdad le doliera y lo excitara al mismo tiempo.
—Voy a cuidarte —prometió contra mi boca—. Aunque me esté muriendo por estar dentro de ti, voy a cuidarte.
Me ayudó a quitarme el resto de la ropa. El uniforme cayó al suelo en un montón negro. Él se detuvo a mirarme. La luz de la lámpara de noche dibujaba sombras suaves sobre mi piel pálida, sobre mis pechos pequeños y firmes, sobre la curva de mi cintura y la humedad que brillaba entre mis muslos. Nunca me había sentido tan expuesta. Nunca me había sentido tan deseada.
Él se quitó la chaqueta, luego la camisa. El torso que se reveló era una obra de arte esculpida: pectorales amplios, abdomen marcado, una línea de vello oscuro que bajaba hasta el borde del pantalón. Cuando se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera, mi respiración se detuvo. Estaba enorme. Duro. La punta brillante de humedad. Un escalofrío de miedo y anticipación me recorrió la espalda.
Se inclinó sobre mí. Me besó con una lentitud que contrastaba con el temblor de sus músculos. Su mano guió la cabeza de su miembro hasta mi entrada. Frotó arriba y abajo, untándose con mi lubricación, dándome tiempo. Yo envolví sus caderas con las piernas, invitándolo sin palabras.
—Mírame —susurró.
Abrí los ojos. Los suyos verdes estaban fijos en los míos cuando empezó a entrar.
El estiramiento fue intenso. Un ardor que me hizo morderle el hombro. Él se detuvo a mitad de camino, respirando agitadamente, dándome tiempo a adaptarme. Besó mi frente, mis párpados, la punta de mi nariz.
—Respira, preciosa… así… justo así…
Empujó un poco más. Luego un poco más. Cuando por fin estuvo completamente dentro, ambos soltamos un gemido largo. Me sentía tan llena que creí que iba a romperme. Él no se movió. Solo permaneció allí, enterrado hasta la base, dejándome sentir cada pulso de su miembro dentro de mí.
—Tan perfecta… —jadeó—. Hecha para mí.
Empezó a moverse. Lento al principio. Cada embestida era profunda, deliberada, arrastrando el placer y el leve dolor hasta que solo quedó el placer. Mis uñas se clavaron en su espalda. Él gruñó y aceleró el ritmo. El sonido de nuestra piel chocando llenó la habitación. El olor a sexo, a sudor limpio y a la colonia cara que aún le quedaba en el cuello se mezcló en el aire caliente.
El tercer orgasmo me tomó por sorpresa. Llegó en oleadas, haciendo que me cerrara alrededor de él con tanta fuerza que él maldijo entre dientes y tuvo que detenerse un segundo para no seguirlo. Cuando se recuperó, me dio la vuelta con una facilidad asombrosa. Me puso de rodillas, el pecho contra el colchón, y entró de nuevo desde atrás. Más profundo. Más salvaje. Una de sus manos rodeó mi cadera y encontró ese punto hinchado y sensible entre mis piernas. Lo frotó en círculos mientras embestía.
—Correte para mí otra vez —ordenó contra mi oído—. Quiero sentirte exprimirme.
El cuarto orgasmo fue violento. Grité su nombre. Mis brazos fallaron y caí de cara a la almohada. Él no se detuvo. Siguió moviéndose dentro de mí a través de las contracciones, prolongando el placer hasta que se volvió casi doloroso de lo intenso.
Cuando por fin me dio la vuelta otra vez, sus ojos estaban vidriosos. El efecto de la droga lo mantenía duro, insaciable, como si su cuerpo se negara a terminar. Me montó de frente, levantando una de mis piernas sobre su hombro para penetrarme todavía más hondo. Cada embestida hacía que la cama crujiera. El sudor resbalaba por su pecho y caía sobre el mío. Yo ya no tenía voz. Solo gemidos rotos y el nombre de él repetido como una plegaria.
El quinto orgasmo me destrozó por completo.
Llegó desde un lugar tan profundo que sentí que me deshacía. La visión se me nubló. Un zumbido llenó mis oídos. Mis paredes se cerraron alrededor de él en espasmos interminables. Él gruñó mi nombre y se derramó dentro de mí con embestidas erráticas, calientes, llenándome hasta el borde. El calor de su semen me provocó un último temblor débil.
Después de eso, todo se volvió borroso.
Sentí su peso sobre mí, su respiración agitada contra mi cuello. Sentí cómo me abrazaba, cómo besaba mi cabello húmedo. Intenté decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salieron. El agotamiento me arrastró como una marea negra. La última imagen que tuve fue la de sus ojos verdes mirándome con una mezcla de posesión y asombro, como si él también acabara de descubrir algo que no esperaba encontrar.
Y entonces me fui.
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Desperté cuando la primera luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas.
El cuerpo me dolía de una forma nueva, deliciosa y aterradora a la vez. Entre las piernas sentía la humedad de lo que habíamos hecho, el leve ardor de haber sido abierta por primera vez, el recuerdo fantasma de cómo se había sentido tenerlo dentro. Jack dormía a mi lado, profundamente, el brazo todavía alrededor de mi cintura, el rostro relajado por primera vez desde que lo había conocido. Parecía más joven así. Más humano.
El pánico me golpeó de golpe.
¿Qué había hecho? ¿Qué había permitido? Él estaba drogado. Yo había trabajado en ese hotel apenas seis meses. Si alguien se enteraba… si él despertaba y me acusaba de algo…
Me deslicé con cuidado de debajo de su brazo. Él murmuró algo en sueños pero no despertó. Recogí mi ropa del suelo con manos temblorosas. Me vestí en silencio, evitando mirar el espejo porque no quería ver la mujer que había en él: labios hinchados, marcas rojas en el cuello, el cabello revuelto, la expresión de alguien que acababa de ser completamente tomada.
En la mesita de noche encontré un bloc de notas del hotel y un bolígrafo. Escribí con letra temblorosa:
*Gracias por anoche.
No sé qué te hicieron, pero yo no tuve nada que ver.
Cuídate.
Deniz.*
Doblé el papel y lo dejé junto a la lámpara. Me acerqué a la cama una última vez. Lo miré. El pecho desnudo subiendo y bajando, los labios entreabiertos, el cabello negro contra la almohada blanca. Por un segundo loco quise quedarme. Quise acurrucarme de nuevo contra él y esperar a que despertara y me mirara con esos ojos verdes y me dijera que todo estaba bien.
Pero el miedo fue más fuerte.
Caminé hacia la puerta en puntillas. La abrí con cuidado. El mecanismo hizo un clic suave. El viento del pasillo, o tal vez solo la corriente de aire acondicionado, empujó la puerta con un poco más de fuerza de la que yo esperaba. Se cerró de golpe detrás de mí.
No supe, en ese momento, que el movimiento había hecho que la pequeña nota se deslizara del borde de la mesita, cayera al suelo y se deslizara lentamente bajo la cama, desapareciendo de la vista.
Caminé por el pasillo con las piernas temblando. El ascensor bajó en silencio. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, el gerente ya me esperaba con el ceño fruncido. Había dejado el servicio a medias. Había desaparecido durante horas. Las reglas eran claras.
Me despidieron en menos de diez minutos.
Salí del Grand Rose con mi bolso pequeño y el sabor de Jack todavía en la boca. El sol de la mañana me golpeó la cara. Me detuve en la acera, respirando el aire frío, sintiendo entre las piernas el recuerdo físico de lo que había pasado.
Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que esa noche había cambiado algo dentro de mí para siempre.
Solo no sabía todavía cuánto.
