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El hijo oculto del CEO.

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Clau77 · En curso · 36.6k Palabras

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Introducción

Una noche de trabajo en un hotel de lujo cambia para siempre la vida de Deniz Duval cuando ayuda a un desconocido tembloroso y febril a llegar a su habitación. Ese hombre es Jack Wilderose, el CEO más frío y poderoso de la ciudad, drogado por su propio primo. Lo que comienza como un acto de compasión se transforma en una noche de deseo salvaje e incontrolable. Seis años después, Deniz cría sola a un niño que es el vivo retrato de aquel desconocido… hasta que el destino los vuelve a cruzar y Jack descubre que el hijo que nunca supo que tenía es también la prueba de la traición que casi lo destruyó.

Capítulo 1

Deniz

El reloj de la recepción marcaba las once y cuarenta y tres cuando el ascensor se cerró detrás de mí con un suspiro metálico. El pasillo del piso dieciocho olía a jazmín y a madera pulida, ese aroma caro que los hoteles de cinco estrellas esparcen como si pudieran comprar el silencio. Yo llevaba la bandeja de plata con las dos copas de cristal y la botella de champagne bien fría, el peso repartido entre mis manos para que no temblara. Llevaba seis horas de turno y los pies me ardían dentro de los zapatos negros de suela fina, esos que obligan a caminar erguida aunque por dentro uno se sienta derrotado.

Seis meses en el Grand Rose y todavía no me acostumbraba a la forma en que la luz dorada de los apliques se reflejaba en el mármol del suelo. Cada paso hacía un sonido suave, casi reverente, como si el edificio entero me recordara que yo no pertenecía a ese mundo. Yo era la huérfana que había aprendido a sonreír sin mostrar los dientes, la que doblaba las sábanas con precisión militar y nunca miraba a los huéspedes a los ojos más de lo necesario. El trabajo pagaba lo justo para un cuarto diminuto en las afueras y un plato de comida al día. Nada más. Y esa noche, como casi todas, sentía el peso de la soledad como una manta demasiado pesada sobre los hombros.

Llegué a la puerta 1807. Respiré hondo antes de tocar. Tres golpes suaves, el protocolo. Nadie contestó. Volví a llamar. El silencio se alargó. Empujé la puerta con el hombro y entré. La habitación estaba en penumbra, solo la lámpara de la mesa de noche encendida. El aire olía a colonia masculina cara y a algo más… algo metálico, casi dulce, que no supe identificar. Dejé la bandeja sobre el escritorio de caoba, ajusté las copas, enderezé la servilleta de lino. Mis dedos rozaron el frío del cristal y por un segundo imaginé cómo sería beber de una de esas copas, sentir el burbujeo en la lengua, olvidar por una noche que mañana habría que volver a sonreír a desconocidos.

Salí cerrando con cuidado. El pasillo seguía vacío. El ascensor estaba lejos, al fondo, y yo caminaba despacio, disfrutando del breve instante en que nadie me observaba. Fue entonces cuando lo vi.

Al principio pensé que era una sombra más entre las paredes beige. Luego la sombra se movió. Un hombre alto, muy alto, vestido con un traje oscuro que aún conservaba la elegancia a pesar del desorden. El cabello negro le caía sobre la frente, pegado por el sudor. Caminaba apoyándose en la pared, una mano extendida como si el mármol pudiera sostenerlo. Tropezó. El sonido de su rodilla golpeando el suelo me llegó antes que su jadeo.

Corrí sin pensarlo.

—Señor… ¿se encuentra bien?

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Me agaché a su lado. Él levantó la cara y el mundo se detuvo un segundo.

Ojos verdes. No el verde suave de las hojas de primavera, sino un verde profundo, casi oscuro, atravesado por vetas doradas que la luz del pasillo hacía brillar. La piel pálida, tensa sobre los pómulos altos. La boca entreabierta, respirando con dificultad. El cuello de la camisa desabrochado, la corbata floja, y debajo de la tela fina se adivinaba el relieve de un pecho amplio, musculoso. Olía a whisky caro y a algo más cálido, casi febril.

—No… —murmuró. La voz era grave, ronca, como si hubiera estado gritando o conteniendo un grito—. No me siento…

Intentó levantarse y volvió a tambalearse. Lo sujeté por el brazo. El contacto me quemó. Su piel estaba caliente, demasiado caliente, y temblaba bajo mis dedos. El traje de lana fina se arrugaba contra mi uniforme negro. Sentí el peso de su cuerpo inclinarse hacia mí y por un instante temí que nos fuéramos los dos al suelo.

—Voy a ayudarlo a llegar a su habitación —dije, forzando la calma—. ¿Cuál es el número?

Él parpadeó, como si le costara enfocarme.

—1808…

La habitación contigua a la que yo acababa de servir. Claro. El destino tenía un sentido del humor retorcido.

Lo sostuve. Él era mucho más alto que yo; mi cabeza apenas le llegaba al pecho. Caminamos juntos, su brazo pesado sobre mis hombros, el mío rodeándole la cintura. Cada paso era un esfuerzo. Su respiración caliente rozaba mi sien. Podía sentir el latido acelerado de su corazón contra mi costado. Y algo más. Un calor que no era solo fiebre. Un calor que se filtraba a través de la tela y me hacía consciente de cada centímetro de mi propia piel.

Llegamos a la puerta. Él sacó la tarjeta con dedos torpes. La pasó dos veces antes de que la luz verde se encendiera. Empujé la puerta y entramos. La habitación era idéntica a la de al lado, solo que aquí las luces estaban más bajas y el aire más denso. El olor a colonia se mezclaba con ese aroma metálico que yo había notado antes.

Lo guié hasta la cama. Él se dejó caer sentado en el borde, la cabeza entre las manos. Yo permanecí de pie, insegura, el corazón golpeándome las costillas.

—¿Quiere que llame a un médico? —pregunté.

Levantó la vista. Esos ojos verdes me atravesaron. Había confusión en ellos, pero también algo más oscuro, algo que me hizo retroceder medio paso.

—¿Fuiste tú?

La pregunta salió baja, casi un gruñido.

—¿Perdón?

—La droga. —Se puso de pie de un impulso, tambaleándose solo un segundo antes de recuperar el equilibrio. Dio un paso hacia mí. Luego otro—. ¿Tú me la diste?

Negué con la cabeza, el pecho apretado.

—No sé de qué habla. Yo solo…

No terminé la frase. Él avanzó. Yo retrocedí hasta que mi espalda tocó la pared fría. Su cuerpo se interpuso entre yo y la puerta. Estaba cerca. Demasiado cerca. Podía sentir el calor que emanaba de él, el temblor fino que recorría sus músculos, el aliento que olía a alcohol y a algo dulce y peligroso.

—Estoy ardiendo —dijo, más para sí que para mí—. Todo… todo vibra.

Su mano se apoyó en la pared junto a mi cabeza. El otro brazo se posó al otro lado, encerrándome. No me tocaba, pero el espacio entre nosotros se había vuelto casi inexistente. Mi pecho subía y bajaba con demasiada rapidez. Él lo notó. Su mirada bajó hasta la línea de mi escote, donde el uniforme negro se tensaba con cada respiración, y luego subió de nuevo hasta mis ojos.

—Dime tu nombre.

—Deniz —susurré, porque la voz no me daba para más.

—Deniz… —Repitió mi nombre como si lo estuviera saboreando. Una esquina de su boca se curvó, no exactamente en una sonrisa—. Eres pequeña. Y tienes los ojos del color de la miel cuando le da el sol.

El cumplido me desarmó más que cualquier acusación. Intenté deslizarme hacia un lado, pero su cuerpo se inclinó y el movimiento me quedó atrapado. El pecho de él rozó el mío. El contacto fue mínimo, apenas la presión de la tela contra la tela, pero bastó para que un escalofrío me recorriera la espalda entera.

—Debo… debo volver al trabajo —logré decir—. Si no termino el turno me despiden.

—Quédate.

La palabra fue una orden envuelta en necesidad. Su frente se apoyó contra la mía. Cerró los ojos un segundo, como si luchara contra algo interno. Cuando los abrió, el verde se había oscurecido todavía más.

—No sé qué me hicieron —murmuró—. Pero mi cuerpo… te siente. Cada respiración tuya. Cada latido. Es como si la piel me hubiera quedado demasiado estrecha.

Su mano abandonó la pared y bajó hasta mi cintura. Los dedos se cerraron con suavidad, casi tentativos, pero el calor de su palma se filtró a través de la tela del uniforme y me quemó la piel. Yo no me moví. No podía. El corazón me martillaba tan fuerte que estaba segura de que él también lo oía.

—Jack —dijo de pronto—. Me llamo Jack.

Y entonces me besó.

No fue un beso suave. Fue un choque de bocas, hambriento, desesperado. Sus labios se abrieron sobre los míos y su lengua buscó la mía con una urgencia que me robó el aire. Yo solté un sonido ahogado contra su boca. Mis manos, traidoras, se aferraron a la solapa de su chaqueta. El sabor de él —whisky, calor, algo metálico— invadió mi lengua. El beso se profundizó. Su cuerpo se pegó por completo al mío, empujándome contra la pared. Sentí la dureza de sus músculos, la forma en que su pecho se expandía contra el mío, y más abajo… la evidencia inconfundible de que el calor que lo consumía no era solo fiebre.

Un gemido bajo vibró en su garganta. Su mano subió desde mi cintura hasta mi costado, rozando la curva de mi pecho a través de la tela. El roce fue ligero, casi casual, pero mi cuerpo reaccionó como si me hubiera tocado la piel desnuda. Un calor nuevo, distinto, se encendió entre mis piernas. Nunca había sentido nada parecido. Nunca había permitido que nadie se acercara lo suficiente.

Él apartó la boca solo lo necesario para respirar. Su frente seguía apoyada en la mía. Los ojos verdes me miraban con una intensidad que rozaba la locura.

—Dime que pares —susurró, la voz rota—. Dime que te deje ir y lo haré. Aunque me esté muriendo por dentro.

Yo debería haber dicho que sí. Debería haber empujado, haber corrido hacia la puerta, haber gritado. En cambio, mis dedos se cerraron más fuerte en su chaqueta. El aire entre nosotros olía a deseo y a peligro. Mi respiración se mezclaba con la suya. Y en algún lugar muy profundo de mi pecho, una voz que nunca había escuchado antes susurró que si me iba ahora, me arrepentiría el resto de mi vida.

—No… —mi voz salió apenas un hilo—. No pares.

Sus ojos se cerraron un segundo, como si mi respuesta le hubiera dolido y aliviado al mismo tiempo. Luego su boca volvió a la mía, más lenta esta vez, más profunda. Una de sus manos subió hasta mi nuca, enredando los dedos en mi cabello suelto, tirando con suavidad para inclinar mi cabeza. El otro brazo me rodeó la cintura y me levantó casi sin esfuerzo, pegándome contra la pared con todo su peso. Sentí la dureza de él presionando contra mi vientre. Un temblor me recorrió entero.

El beso se volvió húmedo, desesperado. Su lengua exploraba, reclamaba. Yo respondía con una torpeza que delataba mi inexperiencia, pero él no parecía importarle. Cada roce de su boca enviaba chispas por mi piel. El uniforme me apretaba el pecho. El calor entre mis piernas se hacía insoportable. Nunca había estado tan consciente de mi propio cuerpo: de la forma en que los pezones se endurecían contra la tela, de la humedad que empezaba a reunirse donde nadie me había tocado nunca, de la forma en que mis caderas se movían solas, buscando más contacto.

Jack gemía contra mi boca. Pequeños sonidos guturales que me hacían estremecer. Su mano bajó desde mi nuca, recorrió mi espalda, se detuvo en la curva de mi trasero y apretó. El gesto me arrancó un jadeo. Él lo aprovechó para besar mi cuello, justo debajo de la oreja, y luego más abajo, donde el pulso latía desbocado.

—Hueles tan bien… —murmuró contra mi piel—. Como si hubieras nacido para esto. Para que te toque. Para que te…

No terminó la frase. Sus dientes rozaron mi clavícula. Yo arqueé la espalda, ofreciéndole más sin darme cuenta. El mundo se había reducido a la pared fría detrás de mí, al calor de su cuerpo delante, al sonido de nuestras respiraciones mezcladas.

En algún momento su mano encontró el cierre de mi falda. El metal chirrió al bajar. El aire frío tocó la piel de mi muslo. Él se detuvo, levantando la vista hasta mis ojos, buscando permiso una vez más. Yo no dije nada. Solo sostuve su mirada y asentí, apenas un movimiento de cabeza.

Fue suficiente.

Sus dedos se deslizaron bajo la tela, subiendo por la piel sensible del interior de mi muslo. Cuando rozaron la humedad a través de la ropa interior de algodón, ambos soltamos un sonido. Él apoyó la frente en mi hombro, respirando agitado.

—Estás… mojada —dijo, como si no pudiera creerlo—. Por mí.

La vergüenza me quemó las mejillas, pero el deseo era más fuerte. Mis caderas se movieron hacia su mano. Él entendió. Sus dedos apartaron la tela y tocaron, por fin, la piel desnuda. El contacto directo me hizo arquear la espalda con un gemido que no reconocí como mío. Nunca nadie me había tocado así. Nunca había sentido esa chispa eléctrica que partía desde el punto exacto donde sus dedos se movían y se expandía por todo el cuerpo.

Jack levantó la cara. Sus ojos verdes estaban casi negros.

—Voy a llevarte a la cama —dijo, la voz baja y ronca—. Y no voy a parar hasta que me digas tu nombre otra vez mientras te corres.

Me levantó en brazos como si no pesara nada. Caminó los pocos pasos hasta la cama enorme y me depositó sobre las sábanas de algodón egipcio. El colchón se hundió bajo nuestro peso combinado. Él se quedó arrodillado entre mis piernas, mirándome desde arriba, el cabello desordenado, los labios hinchados por los besos, la camisa a medio abrir. Nunca había visto nada más hermoso ni más peligroso.

Se inclinó y besó el interior de mi rodilla. Luego más arriba. Cada roce de su boca era una promesa. Cuando llegó al borde de mi ropa interior, levantó la vista una última vez.

—Dime que quieres esto, Deniz.

Mi nombre en su boca sonó como una caricia y una posesión al mismo tiempo.

—Lo quiero —susurré, y la verdad de esas dos palabras me asustó más que cualquier otra cosa—. Te quiero a ti.

Algo se rompió en su expresión. Una mezcla de alivio y hambre salvaje. Entonces bajó la cabeza y puso la boca donde sus dedos habían estado, y el mundo se disolvió en calor, en humedad, en la sensación imposible de que alguien pudiera tocarme tan profundamente sin haberme conocido nunca.

El resto de la noche todavía no había empezado. Pero en ese instante, con su lengua trazando círculos lentos y deliberados, con mis dedos enredados en su cabello negro y mi voz quebrándose en un gemido que llenó la habitación, supe que nada volvería a ser igual.

El reloj de la mesita marcaba la medianoche cuando mi primer orgasmo me atravesó como un rayo, y el nombre de Jack se escapó de mis labios como una plegaria.

Y él apenas estaba empezando.

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