Capítulo 3 Despertar sin nombre
Jack
El dolor me despertó antes que la luz.
No era un dolor cualquiera. Era una presión sorda y constante detrás de los ojos, como si alguien hubiera intentado partirme el cráneo desde dentro con un martillo de plata. La boca me sabía a metal y a alcohol barato, aunque yo nunca bebía barato. El cuerpo me pesaba como si hubiera nadado kilómetros en aguas turbulentas. Cada músculo protestaba. Y entre las piernas… un cansancio profundo, una sensibilidad que no reconocía.
Abrí los ojos.
El techo del Grand Rose me devolvió su blancura impecable. Las cortinas dejaban pasar una franja de sol pálido de la mañana. Por un segundo no supe dónde estaba. Luego la memoria empezó a filtrarse a trozos, como imágenes borrosas detrás de un cristal empañado.
Una mujer.
Pequeña. Cabello del color del chocolate claro cuando le da el sol. Ojos de miel. Piel blanca que se sonrojaba con demasiada facilidad. Una boca que había gemido mi nombre como si fuera una plegaria y una maldición al mismo tiempo.
Me incorporé de golpe. El movimiento mandó una oleada de náusea por mi estómago. Apreté los dientes y esperé a que pasara. Las sábanas blancas estaban hechas un desastre. Arrugadas, tiradas a un lado, y manchadas. Manchas oscuras de humedad seca. Manchas más espesas, blancuzcas, que no dejaban lugar a dudas.
Había follado.
Había follado toda la noche.
Y ahora estaba solo.
El lado izquierdo de la cama todavía conservaba una leve depresión, el fantasma de un cuerpo pequeño. Toqué las sábanas con la yema de los dedos. Estaban frías. Se había ido hacía horas.
Un sabor amargo me subió a la garganta.
Me puse de pie. El mundo dio una vuelta peligrosa. Caminé desnudo hasta el baño, apoyándome en la pared. El espejo me devolvió una imagen que casi no reconocí: cabello negro revuelto, ojos enrojecidos, marcas de uñas en los hombros y en la espalda. Me giré. Sí. Arañazos largos, rojos, que bajaban desde los omóplatos hasta la mitad de la espalda. Ella me había marcado.
La ducha la puse a una temperatura casi dolorosa. El agua caliente golpeó mi nuca mientras intentaba reconstruir lo sucedido. Recordaba haber llegado al hotel después de la reunión con los inversionistas japoneses. Recordaba el whisky. Recordaba haber aceptado una segunda copa de manos de un camarero que no conocía. Después… nubes. Calor. Un temblor que empezó en la sangre y se extendió a cada nervio.
Y entonces ella.
La había encontrado en el pasillo. O ella me había encontrado a mí. Ya no estaba seguro. Recordaba su voz suave preguntándome si me encontraba bien. Recordaba el olor de su piel, limpio, casi dulce, tan distinto al perfume pesado de las mujeres que solían rodearme. Recordaba haberla acorralado contra la pared. Recordaba haberle preguntado si ella me había drogado.
¿Lo había hecho?
El agua resbalaba por mi pecho mientras la duda se convertía en algo más oscuro. Rabia. Una rabia fría y precisa que conocía demasiado bien. Alguien me había puesto algo. Alguien había planeado que yo perdiera el control. Y esa mujer… esa mujer pequeña de ojos de miel había estado allí. Había entrado a mi habitación. Había dejado que la follara durante horas. Y después se había marchado sin dejar ni una palabra, como si yo no fuera más que un cuerpo caliente y conveniente.
Me sentí usado.
La palabra me golpeó el estómago con más fuerza que la resaca. Yo, Jack Wilderose, el hombre que cerraba tratos de nueve cifras antes del desayuno, el que hacía temblar a los consejos de administración con una sola mirada, me había despertado en una cama de hotel con el cuerpo marcado y la certeza de que alguien se había reído de mí.
Apagué la ducha. Me sequé con movimientos bruscos. Me vestí con la ropa del día anterior, ignorando las arrugas. Cuando volví a la habitación, registré cada rincón. Busqué una nota, un número de teléfono, cualquier rastro. En la mesita de noche solo había el bloc del hotel y un bolígrafo. Ninguna hoja arrancada. Debajo de la cama, nada. En el escritorio, nada. En el baño, solo mis propios artículos de aseo.
Se había esfumado.
Como si nunca hubiera existido.
Me quedé de pie en medio de la habitación, la mandíbula tan tensa que me dolía. El sol ya entraba con más fuerza. Afuera, la ciudad seguía moviéndose, ajena a la humillación que me quemaba por dentro.
Saqué el teléfono. Diecisiete llamadas perdidas de mi secretaria. Tres de Martín. Una de mi abuelo. Ignoré todas. Llamé al gerente del hotel.
—Quiero las grabaciones de seguridad del piso dieciocho de anoche —dije sin preámbulos—. Y la lista completa de empleados que trabajaron el turno de noche.
El hombre del otro lado tartamudeó. Le expliqué, con la voz más fría que pude encontrar, que si en quince minutos no tenía esa información en mi correo, el Grand Rose perdería el contrato de exclusividad que mi empresa mantenía con toda su cadena. Colgó prometiendo velocidad.
Mientras esperaba, me senté en el borde de la cama y cerré los ojos. Las imágenes volvieron con más nitidez esta vez. Su cabello esparcido sobre la almohada. La forma en que su espalda se arqueaba cuando se corría. El sonido ahogado que hacía cuando yo entraba más profundo. La manera en que había dicho mi nombre la quinta vez, como si se estuviera rompiendo.
Había sido virgen.
Esa certeza se abrió paso entre la rabia. El estrechamiento imposible. La forma en que había temblado cuando la abrí por primera vez. Las lágrimas silenciosas en las comisuras de sus ojos. Nadie finge eso. Nadie.
Entonces ¿por qué se había ido?
¿Por qué no había dejado ni una maldita nota?
La rabia volvió, más afilada. No me importaba si había sido virgen. No me importaba si sus ojos de miel me habían mirado como si yo fuera algo más que el multimillonario frío que todos conocían. Me había usado o se había dejado usar, y después había desaparecido. Nadie me dejaba con esa sensación. Nadie.
El teléfono vibró. El correo del gerente llegó con puntualidad militar. Abrí el archivo de las cámaras. El pasillo del piso dieciocho a las once y cuarenta y tres. Una figura pequeña en uniforme negro saliendo de la 1807 con una bandeja. Segundos después, yo aparecía tambaleándome. Ella corría hacia mí. Me sostenía. Me llevaba hasta la 1808. La puerta se cerraba.
No había más. Las cámaras no cubrían el interior de las habitaciones. Pero bastaba.
Pedí la lista de empleados. La encontré al final del correo. Una sola mujer había estado asignada a ese piso en ese horario: Deniz Duval. Veinticuatro años. Contrato temporal. Dirección en un barrio que yo ni siquiera conocía.
Deniz.
El nombre me golpeó la memoria con la fuerza de un puñetazo. Ella se lo había dicho. Yo lo había repetido. Lo había gemido contra su piel.
Deniz Duval.
Guardé el nombre en la memoria como se guarda una bala en la recámara.
Me levanté. Recogí mi maletín. Antes de salir, miré una última vez la cama deshecha. Las sábanas manchadas. El vacío que ella había dejado.
—Vas a arrepentirte de haberme dejado así —murmuré para la habitación vacía—. Voy a encontrarte. Y cuando lo haga, vas a mirarme a los ojos y me vas a explicar por qué me usaste como un juguete y después te esfumaste.
Cerré la puerta detrás de mí con un golpe seco.
En el ascensor, mi reflejo en el espejo me devolvió la misma expresión que usaba en las juntas cuando alguien intentaba mentirme: fría, calculadora, peligrosa. La resaca seguía allí, pero ya no mandaba. La rabia había tomado el control.
Cuando las puertas se abrieron en el lobby, el gerente en persona me esperaba con una expresión de terror educado. Lo ignoré. Crucé el vestíbulo sin mirar a nadie. Afuera, el auto negro ya estaba esperando. El conductor abrió la puerta trasera. Me metí dentro.
—A la oficina —ordené.
Mientras el vehículo se incorporaba al tráfico de la mañana, saqué el teléfono otra vez. Escribí un mensaje a mi jefe de seguridad interna:
Necesito todo lo que exista sobre una mujer llamada Deniz Duval. Dirección, historial laboral, familia, deudas, cualquier cosa. Prioridad máxima. Y que nadie más se entere.
Envié el mensaje.
Luego me recosté contra el asiento de cuero y cerré los ojos. En la oscuridad detrás de los párpados, ella volvió a aparecer. Pequeña. Desnuda. Mirándome desde abajo mientras yo la penetraba, los ojos de miel abiertos de par en par, la boca entreabierta en un gemido silencioso.
Apreté los puños sobre las rodillas.
No iba a permitir que esa imagen me controlara. No iba a permitir que una camarera de hotel me hiciera sentir como un hombre usado y descartado. Yo era Jack Wilderose. Los demás se adaptaban a mí. Nunca al revés.
Y sin embargo, mientras el auto avanzaba entre los edificios de vidrio y acero, una parte traicionera de mí no podía dejar de preguntarse cómo habría sido despertar con ella todavía en la cama. Cómo habría sonado su voz por la mañana. Cómo habría sentido el peso de su cabeza en mi pecho.
Aplasté ese pensamiento con la misma frialdad con la que aplastaba a los competidores.
Primero la encontraría.
Después decidiría qué hacer con ella.
El rascacielos de Wilderose Industries se alzó frente a mí como una amenaza de cristal. El auto se detuvo. Bajé sin esperar a que el conductor abriera la puerta. El aire de la mañana me golpeó la cara, frío y limpio, tan distinto al calor denso que todavía recordaba entre esas sábanas.
Crucé el lobby con pasos largos. Los empleados se apartaban a mi paso, bajando la mirada. El ascensor privado me subió hasta el piso más alto en silencio. Cuando las puertas se abrieron, mi secretaria se puso de pie de inmediato.
—Señor Wilderose, su primo Martín está esperando en…
—Que espere —corté—. Y cancela todas las reuniones de la mañana. No quiero que nadie entre.
Cerré la puerta de mi despacho detrás de mí. El silencio de la oficina penthouse me envolvió. Caminé hasta el ventanal que dominaba toda la ciudad. Abajo, la gente se movía como hormigas. Arriba, yo seguía siendo el hombre que lo controlaba casi todo.
Casi.
Porque en alguna parte de esa misma ciudad había una mujer pequeña de ojos de miel que me había dejado con el cuerpo marcado, la cabeza hecha un caos y la certeza de que, por primera vez en años, alguien me había tocado de una forma que no podía borrar.
Apoyé la frente contra el cristal frío.
—Deniz Duval —repetí en voz baja, saboreando el nombre como se saborea una amenaza—. Ya te encontré.
Y esta vez, cuando nos volvamos a ver, no vas a poder escapar tan fácilmente.
