Capítulo 4 La sombra del heredero

Martín

El whisky de dieciocho años sabía a ceniza esa mañana.

Lo bebí de todos modos. El líquido ámbar resbaló por mi garganta sin ofrecerme el calor habitual, solo un ardor inútil que no lograba apagar la rabia que me carcomía desde hacía horas. Estaba en mi despacho del piso veintidós, tres niveles por debajo del penthouse de mi primo. Tres niveles. Siempre tres niveles más abajo. El símbolo perfecto de lo que Tomás Wilderose había decidido que yo valía.

La ciudad se extendía más allá del ventanal, brillante y ajena. Abajo, la gente corría detrás de sus vidas insignificantes. Arriba, en el piso más alto, Jack Wilderose despertaba probablemente con la misma expresión de superioridad de siempre, ajeno a lo cerca que había estado de caer.

Había estado tan cerca.

Apreté el vaso hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El plan había sido perfecto. Simple. Elegante. Una sola noche. Una sola mujer. Camila Castillo, con su apellido todavía sonoro aunque su fortuna se hubiera desangrado hacía años, debía haberse metido en esa habitación del Grand Rose y haber hecho exactamente lo que le ordené. Jack drogado, vulnerable, sin esa armadura de hielo que llevaba desde que éramos niños. Una noche juntos. Pruebas. Amenaza de escándalo. Matrimonio obligado. Y después… la lenta destrucción de todo lo que mi primo tocaba, porque la familia Castillo arrastraría consigo deudas que ni siquiera Jack podría sostener sin que el consejo empezara a cuestionarlo.

Pero Camila había fallado.

El teléfono vibró sobre el escritorio de caoba. Su nombre apareció en la pantalla. Respondí sin saludar.

—Explícame —dije, la voz baja y peligrosa— por qué anoche no estabas donde debías estar.

Del otro lado se hizo un silencio. Luego su voz, dulzona, nerviosa, esa voz que usaba cuando intentaba manipular a alguien más débil que ella.

—Martín, hubo problemas. Mi madre… la presión de los acreedores… no pude salir de casa a tiempo. Te juro que—

—No me jures nada. —Me levanté y caminé hasta el ventanal. El sol de la mañana me golpeó la cara, pero no sentí su calor—. Te di una orden clara. Una sola noche. Una sola oportunidad. Y la desperdiciaste.

—No fue mi culpa —insistió ella, y por primera vez noté un deje de desesperación real—. Jack llegó más tarde de lo previsto. Y además… hubo alguien más en el pasillo. Una empleada. Yo lo vi desde el otro extremo cuando iba camino a la habitación. Él ya no estaba solo.

Una empleada.

La información se clavó en mi mente como una aguja. Me quedé muy quieto.

—¿Qué empleada?

—No lo sé. Uniforme negro. Pequeña. Cabello claro. Lo estaba ayudando a caminar. Entraron juntos a la 1808. Yo… me asusté. Pensé que si entraba después iba a arruinarlo todo. Por eso me fui.

Cerré los ojos. La rabia me subió por el pecho como una marea negra y caliente. Una camarera. Una nadie. Había entrado en la habitación de mi primo, se había quedado con él toda la noche, y ahora Jack probablemente se había despertado con el cuerpo usado y la cabeza hecha un caos… pero sin las pruebas que yo necesitaba. Sin Camila. Sin el escándalo controlado.

—Eres una inútil —escupí.

Ella inhaló bruscamente al otro lado de la línea.

—Martín, por favor. Todavía podemos—

—Cállate. —Apreté el puente de la nariz—. Escúchame con atención, Camila. El plan original ya no existe. Se murió anoche cuando decidiste priorizar tus problemas familiares por encima de lo que yo te ordené. Ahora vamos a hacer las cosas de otra manera. Y si vuelves a fallarme, te aseguro que la bancarrota de tu familia será el menor de tus problemas. ¿Me entiendes?

—Sí —susurró.

Colgué.

El silencio del despacho se me pegó a la piel. Caminé de regreso al escritorio y dejé el vaso con demasiada fuerza. El cristal resonó. Me pasé ambas manos por el cabello, tirando hasta que dolió. La imagen de Jack se me apareció con una claridad cruel: ese rostro frío, esos ojos verdes que siempre habían mirado al mundo desde arriba, esa forma de hablar como si cada palabra suya pesara más que las de cualquier otro Wilderose.

Desde que éramos niños había sido así. Jack, el heredero perfecto. Jack, el que sacaba mejores notas sin esforzarse. Jack, el que el abuelo miraba con esa chispa de orgullo que a mí nunca me dedicó. Yo había sido el sobrante. El hijo del hermano menor. El que tenía que demostrar cada día que merecía estar en la misma habitación.

Y cuando el abuelo repartió el imperio, me dio una migaja. Una empresa pequeña “para que aprendieras”. Como si yo fuera un niño al que hay que enseñarle a atarse los zapatos. Mientras a Jack le entregaba el control de todo.

Odio no era una palabra lo bastante grande para lo que sentía.

Pero el odio, bien dirigido, podía convertirse en algo útil.

Me senté de nuevo. Abrí la computadora. Las cifras de los últimos trimestres de Wilderose Industries parpadearon en la pantalla. Números enormes. Ganancias que hacían que mi propia empresa pareciera un puesto de limonada. Pero había grietas. Siempre las había. Contratos delicados con proveedores en Asia. Una posible fusión que todavía no se había cerrado. Un miembro del consejo que llevaba meses mostrando signos de descontento.

Sonreí por primera vez en toda la mañana.

Si no podía obligar a Jack a casarse con Camila, entonces lo destruiría desde dentro. Pieza por pieza. Contrato por contrato. Hasta que el abuelo no tuviera más remedio que admitir que su preciado heredero no era invencible.

Y mientras tanto… esa empleada.

Deniz. El nombre no lo sabía todavía, pero lo sabría. Una mujer que había pasado la noche con Jack Wilderose mientras él estaba drogado no era alguien que se pudiera ignorar. Podía ser una molestia. O podía convertirse en una herramienta.

Abrí un nuevo documento. Empecé a escribir.

Primero: investigar a la camarera del Grand Rose que trabajó el piso dieciocho anoche. Nombre, dirección, historial. Todo.

Segundo: acelerar las conversaciones con el proveedor de Singapur. Ofrecerle condiciones que Jack no pudiera igualar sin levantar sospechas.

Tercero: reunirme con el miembro del consejo descontento. Cena privada. Conversación cuidadosa. Sembrar dudas.

Cuarto: mantener a Camila cerca, pero bajo control. Todavía podía ser útil. Si no como esposa de Jack, entonces como distracción. O como chivo expiatorio cuando llegara el momento.

El plan se iba formando en mi cabeza con la misma claridad con la que se forma una tormenta en el horizonte. Frío. Preciso. Inevitable.

El teléfono vibró otra vez. Esta vez era un mensaje de mi contacto dentro del hotel. Había conseguido el nombre.

Deniz Duval.

Lo leí en voz alta, saboreando cada sílaba.

—Deniz Duval… —repetí despacio—. ¿Qué hiciste anoche, pequeña? ¿Te acostaste con mi primo pensando que era solo un hombre rico y borracho? ¿O sabías exactamente a quién tenías entre las piernas?

La idea de que una desconocida hubiera tocado a Jack, de que hubiera visto al gran Jack Wilderose vulnerable y fuera de control, me provocó una mezcla extraña de satisfacción y algo más oscuro. Celos, quizás. O simplemente la confirmación de que mi primo no era el dios intocable que todos creían.

Guardé el nombre. Luego envié un mensaje cifrado a mi jefe de seguridad personal:

Investigación completa sobre Deniz Duval. Prioridad inmediata. Quiero saber hasta el color de sus calcetines. Y que nadie de la empresa de Jack se entere.

Me recosté en el sillón de cuero. El whisky ya se había calentado en el vaso. Lo bebí de un trago. Esta vez el ardor se sintió mejor. Más cercano a lo que necesitaba.

Fuera, la ciudad seguía girando. Arriba, en el piso veinticinco, Jack probablemente estaba empezando su día con esa eficiencia glacial que lo caracterizaba. Todavía no sabía que la noche anterior había abierto una grieta. Todavía no sabía que yo estaba dispuesto a convertir esa grieta en un abismo.

Sonreí otra vez, y esta vez la sonrisa se sostuvo.

Que disfrutara de su imperio mientras pudiera.

Porque yo, Martín Wilderose, el primo que nunca fue suficiente, el sobrante, el que siempre había vivido en su sombra, estaba a punto de demostrarle que las sombras también pueden matar.

Y cuando todo terminara, cuando el abuelo mirara los escombros de lo que una vez fue el imperio de Jack, iba a tener que admitir una sola verdad:

Que el hombre equivocado había sido elegido.

Y que yo había estado esperando ese momento toda mi vida.

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