Capítulo 5 El secreto bajo mi piel
Deniz
Salí del Grand Rose con el bolso apretado contra el pecho y el sabor amargo de la humillación todavía pegado a la lengua. El gerente ni siquiera había levantado la vista de sus papeles mientras me decía que mi contrato quedaba rescindido de inmediato. “Abandonar el puesto durante el turno es motivo suficiente”, había repetido con esa voz plana de quien ya ha despedido a demasiadas personas. Yo solo asentí. No tenía fuerzas para discutir. Las piernas me temblaban y entre los muslos todavía sentía el recuerdo vivo de lo que había ocurrido horas atrás.
La calle me recibió con el ruido habitual de la mañana: bocinas, pasos apresurados, el olor a café de los puestos ambulantes. Caminé sin rumbo durante varias cuadras, el uniforme arrugado bajo el abrigo ligero que siempre llevaba. Cada paso me recordaba el ardor suave entre las piernas, la forma en que mi cuerpo todavía conservaba la memoria de él. Jack. Ese era su nombre. Jack de ojos verdes y manos grandes que me habían abierto como si yo hubiera nacido para ser tocada solo por él.
Me detuve en una esquina y apoyé la espalda contra la pared fría de un edificio. Cerré los ojos. El aire de la mañana me golpeó la cara y por un segundo tuve la loca esperanza de que todo hubiera sido un sueño febril. Pero el dolor dulce en mi interior y las marcas rojas que todavía ardían en mi cuello me devolvieron a la realidad con crueldad.
Había perdido el trabajo.
Había perdido la virginidad.
Y no tenía ni idea de cómo se llamaba realmente el hombre que me había dejado temblando y rota de placer.
Los días siguientes se convirtieron en una niebla espesa de currículums mal impresos y rechazos educados. Busqué trabajo en cafeterías, en tiendas de ropa, en otro hotel más pequeño y menos elegante. En todos lados la respuesta era la misma: “Deje sus datos, la llamaremos”. Nunca llamaban. El dinero que tenía ahorrado apenas alcanzaría para dos meses de renta del cuarto diminuto que alquilaba en las afueras. Después de eso… no quería pensarlo.
Fue en la tercera semana cuando el cuerpo empezó a hablar.
Primero fue el cansancio. Un agotamiento tan profundo que me costaba levantarme de la cama. Luego el olor del café de la esquina me revolvió el estómago de una forma violenta. Una mañana, mientras intentaba comerme una tostada seca, la náusea me subió tan rápido que apenas llegué al baño. Me arrodillé frente al inodoro y vomité hasta que solo quedaron hilos de bilis y lágrimas.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y me miré en el espejo del baño. El rostro que me devolvía la mirada estaba pálido, los ojos más grandes de lo normal, el cabello revuelto. Me toqué el vientre por encima de la camiseta vieja. Nada. Plano. Silencioso.
Pero algo dentro de mí ya sabía.
El retraso llegó a los doce días. Yo nunca me retrasaba. Mi cuerpo era un reloj preciso, casi cruel en su puntualidad. Me senté en el borde de la cama con el calendario en las manos y conté una y otra vez. Doce días. Doce días desde aquella noche en la habitación 1808.
Compré la prueba en una farmacia de barrio, escondiéndola entre un paquete de pañuelos y una barra de labios barata como si el cajero pudiera leer mi miedo. En el baño de mi cuarto, con las rodillas temblando sobre el azulejo frío, esperé los tres minutos más largos de mi vida.
Las dos rayas aparecieron con una claridad brutal.
Me quedé mirándolas hasta que la vista se me nubló. El plástico blanco temblaba entre mis dedos. Positivo. Embarazada. De un hombre cuyo apellido desconocía, cuya cara solo recordaba a trozos de placer y fiebre, y que probablemente nunca volvería a pensar en la camarera que lo ayudó a llegar a su habitación.
Las lágrimas cayeron sin permiso. No eran de tristeza exactamente. Eran de terror puro, de soledad tan grande que me costaba respirar. Me enjugué la cara con la camiseta y salí del baño. El cuarto se veía más pequeño de repente. La cama individual, la mesa con rayones, la ventana que daba a un patio interior gris. ¿Cómo iba a criar a un hijo aquí? ¿Con qué dinero? ¿Con qué fuerzas?
Durante dos días enteros no salí. Comía galletas saladas porque era lo único que el estómago aceptaba y miraba la prueba una y otra vez como si las rayas pudieran desaparecer si las observaba lo suficiente. En las noches, cuando el silencio se volvía demasiado pesado, cerraba los ojos y lo veía a él. La forma en que había susurrado mi nombre. La intensidad con la que me había mirado cuando entró en mí por primera vez. La promesa rota de su cuerpo contra el mío.
“Voy a cuidarte”, había dicho.
Pero no estaba aquí para cumplirla.
Al tercer día me obligué a salir. Caminé hasta el centro de salud más cercano, un edificio viejo de paredes descascaradas y olor a desinfectante. La doctora que me atendió era una mujer de unos cincuenta años, con ojeras profundas y voz cansada. Me hizo recostar en la camilla, pasó el transductor por mi vientre todavía plano y, después de unos minutos de silencio cargado, sonrió con suavidad.
—Tienes aproximadamente cinco semanas. El embrión se ve bien. Todo está en su lugar.
Me senté despacio. La bata de papel crujió.
—No tengo… no tengo a nadie —dije, y la voz me salió rota—. Estoy sola.
Ella dejó el aparato a un lado y me miró con una mezcla de profesionalismo y algo parecido a la compasión.
—Entonces tendrás que decidir si quieres continuar con el embarazo o no. Todavía estás a tiempo de ambas cosas. Pero sea cual sea tu decisión, necesitas empezar a cuidarte. Ácido fólico, alimentación, reposo relativo. El cuerpo ya está trabajando por dos.
Salí del centro de salud con un montón de papeles en la mano y el mundo girando demasiado rápido. Me senté en un banco de la plaza cercana. Los niños corrían por el área de juegos. Una madre joven empujaba un cochecito mientras hablaba por teléfono y reía. Yo observé esa risa como se observa un idioma extranjero.
Podía interrumpirlo.
Podía volver a ser solo Deniz, la que buscaba trabajo, la que no le debía nada a nadie.
Podía borrar aquella noche como se borra una mancha.
Pero cuando cerré los ojos, no vi el hotel ni el gerente ni la prueba de embarazo. Vi unos ojos verdes oscurecidos por el deseo. Vi la forma en que su frente se había apoyado contra la mía mientras me pedía que le dijera que parara. Vi la ternura torpe con la que me había abierto las piernas la primera vez, como si incluso drogado entendiera que estaba tocando algo frágil.
Y debajo de todo eso, sentí el primer aleteo invisible de lo que crecía dentro de mí.
Me toqué el vientre por encima de la ropa. Todavía no había nada que tocar, solo la promesa de un corazón minúsculo latiendo en secreto.
—No sé quién es tu padre de verdad —susurré al aire frío de la tarde—. No sé si querría saber de ti. No sé si yo voy a poder sola.
La brisa movió mi cabello. Un niño del parque soltó una carcajada cristalina.
—Pero no te voy a dejar —continué, y esta vez la voz me salió más firme—. Aunque tenga que limpiar pisos el resto de mi vida. Aunque tenga que mudarme a un cuarto todavía más pequeño. Aunque nunca vuelva a ver esos ojos verdes… tú te quedas conmigo.
Me levanté del banco. Las piernas todavía me temblaban, pero el miedo ya no era el mismo. Ahora tenía forma. Tenía nombre. Tenía un latido que solo yo podía escuchar por ahora.
Caminé de regreso a mi cuarto con los papeles del centro de salud apretados contra el pecho. En el camino compré un frasco de ácido fólico y una manzana. Cosas pequeñas. Primeros pasos.
Esa noche, acostada en la cama estrecha, puse ambas manos sobre mi vientre y cerré los ojos. Por primera vez desde que había salido de la habitación 1808, no me sentí completamente sola.
Había un secreto creciendo bajo mi piel.
Un secreto de ojos verdes y destino cruel.
Y yo, Deniz Duval, la huérfana que nadie esperaba, había decidido pelear por él.
Aunque el mundo entero se negara a ayudarme.
