Capítulo 6 Los fantasmas que no puedo despedir

Jack

El informe llegó a mi escritorio exactamente a las nueve de la mañana del lunes.

Treinta y siete páginas. Fotografías borrosas de cámaras de seguridad. Horarios de turnos. Una dirección en un barrio que yo solo conocía por los mapas de la ciudad. Y un nombre que ya se me había clavado bajo la piel como una astilla imposible de sacar:

Deniz Duval.

Veinticuatro años.

Huérfana.

Sin antecedentes penales.

Despedida del Grand Rose la misma mañana en que yo desperté solo entre sábanas manchadas.

Leí el documento dos veces. Luego una tercera. Subrayé con el dedo la dirección. Un edificio viejo de cuatro pisos, pintura descascarada, el tipo de lugar donde la gente sobrevive en lugar de vivir. Me imaginé a esa mujer pequeña subiendo las escaleras con el mismo cuerpo que yo había sostenido contra la pared, con la misma boca que había gemido mi nombre mientras yo la destruía de placer.

Apreté la mandíbula hasta que dolió.

Había pasado casi un mes. Treinta días de insomnio, de despertarme duro y furioso, de buscar su olor en sábanas que ya no existían. Cada vez que cerraba los ojos la veía: el arco de su espalda, la forma en que sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza, el sonido roto que hacía cuando se corría por quinta vez. Y después el vacío. La cama fría. La certeza de que me había usado o, peor aún, de que yo la había usado a ella sin ni siquiera recordar cómo había empezado todo.

Llamé a mi jefe de seguridad.

—Quiero vigilancia discreta. No quiero que sepa que la estamos siguiendo. Solo necesito saber dónde trabaja ahora, con quién habla, si tiene deudas, si tiene… familia.

Colgué antes de que pudiera hacer preguntas. No necesitaba que nadie supiera cuánto me consumía esa mujer.

La puerta de mi despacho se abrió sin permiso. Martín entró como si el lugar le perteneciera, con esa sonrisa afilada que siempre había odiado.

—Primo —saludó, dejando caer el cuerpo en el sillón frente a mi escritorio—. Te ves peor que hace una semana. ¿Problemas para dormir?

Lo miré por encima de los monitores. Él sostenía mi mirada con demasiada tranquilidad. Demasiada.

—¿Viniste a algo en concreto o solo a molestar?

—Viniste a preguntar por la fusión con los coreanos. El consejo está nervioso. Dicen que has estado… distraído.

Me recliné en la silla. El cuero crujió bajo mi peso.

—El consejo puede esperar. Tú también.

Martín sonrió más amplio. Había algo en esa sonrisa que me puso los pelos de punta. Como si supiera algo que yo todavía no.

—Como quieras. Solo recordaba que el abuelo preguntó por ti anoche. Parece que está cansado de esperar a que elijas esposa. Dijo algo sobre “estabilidad” y “continuidad de la sangre Wilderose”. Ya sabes cómo se pone.

La mención de Tomás me tensó los hombros. Mi abuelo era el único hombre al que todavía respetaba… y el único capaz de hacerme sentir como un niño de diez años otra vez.

—Dile que me ocuparé de eso cuando tenga tiempo.

—Claro. —Martín se levantó, alisándose el traje—. Ah, y Camila manda recuerdos. Parece que sigue esperando tu llamada. Pobre chica. Se le está acabando la paciencia… y el dinero.

Se fue dejándome un silencio espeso. Camila Castillo. El nombre me sabía a obligación y a perfume demasiado dulce. El abuelo la consideraba “adecuada”. Yo la consideraba una molestia con piernas largas y una familia en ruina que olía a desesperación. Había intentado acostarse conmigo tres veces en los últimos dos meses. Las tres la había rechazado con la misma frialdad con la que firmaba despidos.

Pero ahora, después de aquella noche, la idea de tocar a cualquier otra mujer me resultaba casi ofensiva.

Esa misma tarde recibí el primer reporte de vigilancia.

Deniz Duval había conseguido un trabajo de media jornada en una cafetería de barrio. Llegaba puntualmente. Se iba sola. No hablaba con nadie más de lo necesario. Vivía en el mismo edificio del informe. No tenía visitas. No tenía novio aparente. Y, según el informe, había empezado a comprar vitaminas prenatales.

Me quedé mirando esa última línea hasta que las letras se borronaron.

Vitaminas prenatales.

El estómago se me cerró con violencia. Me levanté de golpe y caminé hasta el ventanal. La ciudad se extendía a mis pies, indiferente. Abajo, millones de personas seguían con sus vidas. Arriba, yo intentaba no imaginar el vientre de esa mujer creciendo con algo que podría ser mío.

No.

No podía ser.

Habíamos usado… no. No recordaba haber usado protección. La droga me había robado hasta el último resto de cordura. Había corrido dentro de ella. Una y otra vez. Hasta que ella se desmayó de puro placer.

Apreté los puños contra el cristal frío.

Si estaba embarazada… si el hijo era mío…

La rabia y algo más oscuro, algo que se parecía peligrosamente al hambre, me recorrieron la sangre. Quería encontrar la. Quería sacudirla hasta que me dijera la verdad. Quería meterla en mi cama otra vez y no dejarla salir hasta que su cuerpo recordara a quién pertenecía.

Pero sobre todo quería saber por qué se había ido sin dejar ni una maldita nota.

Esa noche no dormí.

Me quedé en el penthouse, en penumbra, con una copa de whisky que no bebí. Cada vez que cerraba los ojos la sentía. El olor de su piel. La forma en que había dicho “no pares”. La humedad caliente de su sexo contra mi boca. El grito ahogado cuando se corrió por primera vez. Y después el quinto. Ese último orgasmo que la había dejado inconsciente y a mí todavía duro, todavía necesitado, todavía perdido dentro de ella.

Me masturbé con rabia, imaginando que eran sus manos, su boca, su interior apretado y virgen. Cuando me corrí fue con un gruñido gutural y el nombre de ella escapándoseme de los labios como una maldición.

Deniz.

Me limpié con la misma indiferencia con la que firmaba contratos. Luego caminé desnudo hasta el ventanal otra vez. La ciudad brillaba. En alguna parte de esa misma ciudad ella dormía… o no dormía. Quizás estaba despierta también, con la mano sobre un vientre que todavía no se notaba, preguntándose si yo recordaba su cara.

Sonreí con amargura hacia el cristal.

—Te voy a encontrar, pequeña —susurré a la noche—. Y cuando lo haga, no te voy a dejar escapar otra vez.

Al día siguiente ordené que aumentaran la vigilancia. Quería reportes diarios. Quería saber qué comía, cómo se movía, si alguien se acercaba demasiado a ella. Y, sobre todo, quería saber si ese embarazo era real… y si el hijo que crecía dentro de su cuerpo llevaba mi sangre.

Porque si lo llevaba, entonces Deniz Duval había dejado de ser solo la mujer que me había visto vulnerable.

Se había convertido en algo mucho más peligroso.

Se había convertido en mía.

Aunque ella todavía no lo supiera.

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