Capítulo 3 La llamada
Egan no se inmutó, su mirada fría nunca se despegó de Macallan. Éste, desesperado, en un apuro corrió hacia la maletera de su auto y comenzó a registrar en una gran cantidad de cajas de cartón que tenía allí. Egan lo siguió de cerca, evitando a toda costa pisar o mirar los cuerpos en el suelo. Macallan sacó de entre las cajas unos minutos después un sobre gruesa y lleno de páginas, su frente sudando del esfuerzo. Egan dejó que Argus lo tomara y comenzara a inspeccionar su contenido–. Bien hecho, ¿ves que puedes hacerlo? No dudes nunca de tu capacidad –la voz de Egan no revelaba ni una chispa de motivación en ella, de hecho parecía estar carente de alguna emoción–. Ahora, lo último que quiero que hagas por mí, antes de dejarte ir, es que me digas que sabes sobre la muerte de Alyssa Ferrara.
Macallan arrugó su cara, confundido. – Fue hace décadas, y yo en realidad no sé absolutamente nada de eso.
Egan con brutalidad tiró del regordete cuerpo de Macallan contra su camioneta y con sus manos forzó su mandíbula hasta abrirla por completo. Metió el cañón de su pistola hasta la garganta del hombre y éste comenzó a hacer sonidos guturales, pero Egan no se detuvo ni siquiera cuando las manos de Macallan lo arañaban y empujaban. Él era como una roca inamovible que buscaba encontrar al asesino de su madre.
Lo único que logró detener a Egan fue la mano Argus en su hombro.
– ¿Estás seguro que es esto? –Preguntó enseñándole todos los papeles que contenía el sobre–. Solamente hay unos documentos de adopción de hace dieciocho años. Dudo que esto sea realmente lo que busca tu tío.
Tras oír esto, Egan apretó más la pistola en la garganta de Macallan antes de soltarlo para dejarle hablar.
– ¡Juro que no sé nada de tu madre! –Gritó con frenesí–. ¡Y eso es lo único que tomé de tu tío! Pensé que eran unos planos de construcción y papeles de propiedad pero me equivoqué.
Egan frunció su boca.
– Sin duda está mintiendo –declaró–. Vacía todo lo que tenga en la camioneta, nos lo llevamos.
– ¡No! ¡Espera, espera! –Las lágrimas empapaban el pálido rostro de Macallan–. Ya sé lo que Elián quiere, ya sé que es.
Egan dio un paso atrás para dejarle buscar nuevamente en las cajas lo que sea que su tío realmente lo había mandado a buscar. Pero no se esperó que cuando Macallan girara de nuevo su cuerpo, lo que realmente tendría en su mano era un revolver que disparó contra Egan en un parpadeo.
Él cayó al suelo, el pitido del disparo había reventado sus oídos. Y lo último que vio sobre sí fue el rostro de su madre, tan hermoso y casi tan joven como la última vez que la vio. Él creía que ya había olvidado cómo era realmente su voz, pero cuando la oyó hablar sintió que su pecho despertaba nuevamente con un latido tras otro y el aleteo de una emoción surgió de allí: amor.
– ¿Señor Caruso, despertó?
¿Por qué era ella tan hermosa?, su acento es también particularmente adorable.
– Soy la doctora Katya, señor. ¿Puede usted oírme?
Katya tenía solo veintiún años cuando se graduó como doctora. Era la más joven de su clase en graduarse y con buenas calificaciones. Hizo todo un año de residencia en un hospital local y ganó mucho reconocimiento por lo joven y lista que era. Al menos reconocimiento en Rusia, porque cuando viajó a Italia ocurrió todo lo contrario.
Desde muy temprana edad, ella y su mejor amigo, Ivan, habían soñado con recorrer toda Europa juntos. Incluso, puesto que ambos tenían tan buenas calificaciones, decidieron estudiar juntos en la universidad. Habían compartido tanto que hasta habían intentado salir en su momento, pero descubrieron que eran mejores como amigos que como pareja. Por lo que, por las buenas, decidieron seguir siendo compañeros de viaje.
Cuando llegaron a Italia, buscaron empleo en un hospital local donde habían oído que llegaban casos particularmente complicados y donde había fama de que estaban los mejores doctores. También se decía que necesitaban personal, por lo que cuando ambos llevaron sus currículums, no se esperaron que la única que no obtuviera el empleo fuese Katya.
Ella estaba completamente furiosa y devastada por la situación. Ivan lograba animarla de vez en cuando, pero no había nada en el mundo que pudiese sacarla de ese bajón emocional que sintió cuando fue rechazada por el prestigioso hospital. Habló incluso a su madre sobre lo sucedido y ella no pudo decir tampoco nada que la animara.
Katya estaba tan deprimida por el hecho de no obtener el empleo y la forma en que los pocos ahorros que tenía pronto llegarían a su fin y tendría que conformarse con cualquier empleo que consiguiese, que cuando una oportunidad de trabajo llamó a su teléfono ella no lo pudo rechazar.
– Buenas noches, doctora Kozlov.
Katya, que aún salía de la bruma del sueño, quedó helada al oír la voz profunda y ronca al otro lado de la línea. Creyó que sería Ivan llamándola o incluso se esperaba la llamada de su madre, pero cuando la pantalla del celular mostraba las 02:00 y el nombre "privado" en lugar de algún número telefónico, Katya sintió pánico.
– ¿Quién es? –Escuchó su propias voz ahogada.
– Necesito de su servicios profesionales, doctora. Soy Argus Fiore, señorita –se presentó, pero a Katya su nombre no le sonó de ningún lado–. Solamente necesito que sea discreta y le pagaré lo que sea, pero debe ser ya mismo. ¿Acepta?
El corazón de Katya de aceleró.
– Disculpe, yo no hago consultas independientes. Yo...
– Le daré una tarjeta de crédito negra y el dinero para que usted abra su propia clínica –los ojos de Katya se abrieron por completo y su garganta se secó, estaba completamente sorprendida–. ¿Acepta?
– ¿Qué? Oiga, esto no es gracioso...
– Doctora Katya: tiene 22 años, recién graduada de la universidad de medicina en Siberia, con las mejores notas además y sin trabajo. Nadie más que usted merece una clínica –Katya se mordió el labio; la situación empezaba a preocuparla y asustarla–. Escuche, no soy un acosador, toda esa información la conseguí legalmente en su expediente de la universidad. Y es la única doctora mejor calificado en radio de cientos de kilómetros. No espero que confíe en mí porque no me conoce, pero tengo un caso muy especial conmigo y es de suma urgencia. Le pagaré lo que quiera pero tiene que atender a mi paciente ahora mismo. Yo la puedo trasladar y traerla personalmente hasta su casa, doctora, pero la necesito antes de que mi paciente muera.
Katya dudaba. Tentadora oferta, además de que su sentido de la responsabilidad como doctora le obligaba a ayudar a cualquiera que necesitara ayuda. Pero, una llamada en medio de la noche de alguien que tenía tanta información sobre ella era alarmante. Sin contar la suma de dinero que le ofrecía.
– Usted necesita el dinero, doctora, y no la presionaré para que acepte. Pero tiene que saber que cada segundo que trascurre, mi paciente tiene un segundo menos de vida...
