Capítulo 4 La emergencia

Realmente, ¿cómo podría decir que no a aquello?

Katya suspiró. – Bien, pero debe saber que yo...

– Hay un porsche gris esperándola fuera de su apartamento, la chica se llama Sylvana. Le juro, doctora, no hay nadie más confiable en el mundo que ella. Mi paciente está gravemente herido, pero mi amiga le dará toda la información que necesita –le interrumpió Argus–. Como le dije, doctora, debe ser discreta. Empaque ropa para varios días. Y apresúrese, es una emergencia.

Y colgó, sin siquiera la oportunidad para retractarse.

Katya tragó en grueso y asomó su mirada por la ventana del pequeño departamento que se había conseguido junto a Ivan...

Oh Dios, Ivan. ¿Cómo iba a decirle? Definitivamente no podía, ¿no dijo Argus que debía ser discreta? Solo Dios sabía quién era ese tal Argus, cómo había conseguido el número de Katya y para qué la quería.

Una emergencia... él la quería para una emergencia. El sentido profesional de Katya de activó y se apresuró a vestirse lo más decente que pudo con lo primero que encontró. Armó también una pequeña bolsa de mano y se apresuró a salir del departamento sin despertar a Ivan.

Pronto le explicaría lo sucedido; pronto ambos tendrían una clínica para los dos. Esto valdría la pena. Pronto ella tendría su propia clínica.

Katya se subió al auto tras comprobar que el conductor no se veía tan sospechoso. De hecho, cuando Katya se fijó bien se dio cuenta que era una mujer. De cabello corto y un rostro duro, pero sonriente hacia Katya, hizo volver a la vida el rugiente motor del auto.

– Soy Sylvana Caruso, por cierto –dijo sonriéndole a través del espejo retrovisor, con los nervios que Katya cargaba apenas fue capaz de devolverle la sonrisa–. No te preocupes, no venimos a secuestrarte ni nada. De hecho, todo esto es tan apresurado porque estamos a contratiempo. Mi primo fue herido y necesito que lo salven.

Katya sintió compasión por Sylvana. No sabía cómo, pero tenía la impresión de Sylvana y ella hubiesen podido llevarse muy bien. En serio quería ayudarla, en especial si recibía la recompensa que había mencionado Argus.

– Herida de bala, pectoral mayor –Katya quiso preguntar cómo había sido herido de bala, pero Argus había dicho discreción y hacerlo era una total falta a la regla–. Reventó la arteria torácica superior.

Katya visualizó en su mente la herida y el desastre que habría hecho. De hecho, lo que la hizo sorprenderse más que, con el tiempo que ya había transcurrido, el hombre ya habría muerto.

Sylvana, adelantándose a sus pensamientos, le aclaró. – Nosotros tenemos nuestro médico en la familia, pero él no se encuentra... disponible. Solamente le hemos encontrado enfermeros, pero ningún doctor o cirujano. Está estable, por ahora. Pero necesita entrar en un quirófano lo antes posible.

– ¿Por qué no lo llevan a un hospital? –Preguntó inocentemente Katya.

– No –respondió Sylvana de forma cortante–. Argus le dijo la condición principal del trabajo, ¿no es así? Discreción.

Katya simplemente asintió y dejó caer su espalda contra el cómodo asiento del auto. Estaba asustada aún, pero no pudo evitar la curiosidad por esta extraña familia.

Ambas habían llegado ya a un aeropuerto no muy grande, donde habían apenas unos aviones y avionetas. Pero cuando Sylvana siguió conduciendo y entró hasta la parte más alejada del aeropuerto, estacionó justo frente a un bonito y muy lujoso jet privado. Katya jadeó de la sorpresa y miró hacia un costado del avión la palabra "Alyssa" en una bonita letra cursiva.

Sylvana motivó a Katya a entrar en el avión si estaba completamente segura del trabajo. Era la última oportunidad de Katya de renunciar, pero ya había llegado hasta allí, ya sabía el pago y la condición del paciente.

Katya entró en el avión sin decir nada, Sylvana la siguió un momento después. El vuelvo no duró demasiado. Apenas estaba amaneciendo cuando el avión aterrizó y otro porsche espera a Sylvana y a Katya en el nuevo aeropuerto. Katya estaba cansada, había perdido la noche de sueño y apenas ahora es que necesitaría cada gramo de energía que tuviese.

🩸

Quince minutos después, el auto las dejó afuera de lo que parecía un local abandonado. A los alrededores habían otros similares, pero que sin duda estaban menos habitados. Otra cosa que también llamaba mucho la atención es que esta era la única casa que tenía guardianes hasta en la puerta.

Katya se imaginó que dentro de esas cuatro paredes encontraría quizás un político o un exiliado. Fuese quien fuese, debía ser profesional y discreta.

Sylvana motivó a Katya a entrar y ambas se vieron dentro de una pequeña casa que apenas y contaba con una sala poco decorada y una cocina que solamente tenía un viejo refrigerador y una mesa de madera con cuatro sillas. De una de esas sillas, se levantó un hombre de aspecto abatido. Su cabello rojo estaba peinado hacia abajo, como si la lluvia lo hubiese aplastado, tenía enormes ojeras y su ropa estaba desaliñada y llena de sangre seca.

Sylvana, quien parecía muy familiar ante el hombre, bufó.

– Haz tenido mejores días, Arg.

– ¡Cállate! –Gruñó el hombre, apestaba a cerveza vieja.

Sylvana giró sus ojos, girándose hacia Katya. – Él es Argus, el tipo que te llamó anoche entre lágrimas.

Argus le sonrió con coquetería.

– Doctora, finalmente la conozco.

Katya tragó grueso, sintiendo su ansiedad incrementarse.

– ¿Dónde está el paciente?

Tanto Argus como Sylvana parecieron recordar de pronto el verdadero para que Katya estuviese allí. Argus con pasos rápidos y pesados llevó a Katya más profundo en la casa, donde solamente ella logró ver un baño y un par de viejas habitaciones más. Al final, la ingresó por una puerta de metal que tenía un seguro electrónico. Aquello le causó inseguridad a Katya. ¿Cómo, en una casa tan vieja y mal cuidada, podía haber una tecnología como esa?

Después, donde Sylvana no quiso seguirla más, había una habitación completamente blanca y estéril. Ni siquiera parecía la misma casa. Eran solamente cuatro paredes con un pequeño cuadrado de cortinas en el centro, donde había una camilla con un acostado en ella. Estaba conectado a varios aparatos y un suero colgaba de un tubo hasta su brazo. Habían varias personas a su alrededor, mirándolo con nerviosismo. Katya se dio cuenta al instante que ellos no sabían qué hacer.

Katya miró una vez más a Argus a su lado, quien la miraba con una pregunta intrínseca en sus ojos. "¿Haría aquello o no?" Claro que lo haría.

Dio un paso adelante, dejando atrás a Argus y su bolso, y comenzó a dar ordenes a los enfermeros que allí estaban. Descubrió al hombre bajo la manta y, bajo toda la sangre y los vendajes sucios, supo que no era un político. De hecho, era muy guapo, de unos 28 años, quizás, de piel bronceada, barba bien recortada y cabello negro azabache. Katya apretó sus ojos para concentrarse y miró la herida.

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