Capítulo 3 Corazón de Dos: Sentimientos Intrusos
El pent house nos quemaba. Nathan me sostenía la mirada, buscando en mis ojos la verdad que había enterrado debajo del engaño y sangre del pasado.
—Ese traje, Venus. no me mientas —su voz llena de sospecha.
—Te lo dije, Nathan —me acerqué, dejando que la bata de seda resbalara un poco, el encaje del uniforme quedó a la vista—. Quería una fantasía. Pero parece que el alcohol te ha vuelto paranoico. ¿O es que el hijo de Alder Belov no puede confiar en su esposa?
Guardó silencio, pero demostró inseguridad. Lo besé para intentar alejar su duda, de inmediato interpretó el deseo, pero para mí era supervivencia. Mientras sus manos rodeaban mi cintura, mi mente retrocedió al frío invierno de Moscú.
Cinco años atrás.
Alder me había enviado a una gala para saldar cuentas con un banquero. Entonces apareció. ¡Nathan! No sabía quién era. Se hacía llamar Nathan Sokolov.
—¡Disculpa! —dijo en cuanto cruzamos y torpemente tropecé con su brazo.
Era inocente, fue el único hombre que me miró sin intentar desnudarme con la vista, el único que me habló formalmente en medio de una habitación llena de hipocresía.
De inmediato llamó mi atención, era joven y necesitaba amor, atención.
—¿Quién eres? —le pregunté sin desviar mi atención de la víctima.
El respondió y la chispa fue instantánea. Unas copas, unos bocadillos y la noche se me estaba haciendo tarde.
—Disculpa, debo retirarme. —le susurre mientras dejé mi contacto en su chaqueta.
—¡Miralonov! —el banquero me observó con deseo medido.
—¿Cuánto cobras? —preguntó aun sin sospecha.
—El precio ya lo impuso su deuda con la torre oscura. —le susurré con una navaja entre su pierna—. Solo he venido a sellar su tumba.
El banquero intentó escaparse, pero la navaja fue más ágil. Miralonov pago su deuda esa noche, pero yo estaba comenzando a endeudarme con el amor y con Alder.
Nathan me contactó días después y nos encontramos entre callejones, lejos de la sombra de la mafia. Durante dos años, se convirtió en mi escape, el único rincón limpio de mi alma. Hasta que Alder me citó en su despacho, arrojando fotos de nosotros.
—Es mi hijo ¡Venus! —dijo Alder, su declaratoria destruyo mi corazón—. Y tú eres mi perra. ¡Una perra no se acuesta con el hijo del dueño!
—Señor… —dije titubeando y con temor a su posterior reacción.
Alder me interrumpió de un golpe en la mejilla.
—¡Déjalo! Cámbialo por Alex. ¿Si no lo haces? ¿Si vuelves a tocarlo? Tu madre y tu hermano, sabes lo que sucederá.
Esa noche, con el corazón hecho pedazos, rompí mi compromiso con Nathan. El me propuso matrimonio y lo rechace con los pedazos de mi corazón. Era fácil desafiar la orden de Alder, pero para salvar la vida de Nathan y de mi familia. Decidí hacer lo correcto.
—Deseo que te conviertas en mi esposa. —pronuncio Nathan con la ternura que refleja la pureza de su ser.
—¡Lo siento! —le dije sin titubear, pero desangrándome las entrañas—. No eres suficiente. Alex me dará el imperio que merezco. —Intentó decirme algo, pero se arrepintió. Entonces vi cómo su alma se marchitó frente a mis ojos.
De vuelta al presente, Nathan se volvió a quedar dormido bajo el efecto del sedante, pero yo no pude pegar un ojo. Mi madre y mi hermano. Siempre habían sido ellos el motor de mi traición. Alex creía que buscábamos el dinero de Alder para ser los reyes de Manhattan; él no sabía que mi verdadera agenda era rescatar a mi familia de las garras de la mafia del magnate de Alder.
Mi teléfono vibró horas más tarde. Recibí un mensaje de Alex: “¡Alder movió a sus sicarios! ¿Si no le entregas la contraseña en setenta y dos horas? Va a quemar todo contigo y su hijo será extraído en un parpadeo.”
—¡No lo hará! —respondí con frialdad—. Alder ama su dinero más que a su hijo, le teme a la pobreza más que a la muerte. Tenemos que vaciar las cuentas.
Permanecimos con Nathan encerrados en el pent-house, lo amaba en silencio. Pero aun sentía algo por Alex. ¡Estaba loca!
—¿Qué haremos? —me cuestionó Nathan sin saberlo aún.
—Aún quedan días disponibles y tu padre no ha movido nada aún. Estamos a salvo. —intentando calmarlo y creer que en verdad no sucedería nada.
—Por el momento no sabes sus alcances. —respondió ignorando mi conexión con su padre en el pasado.
Necesitaba escaparme para citarme con Alex a escasas cuadras del edificio, por lo que el sedante se hizo más fuerte esa noche; nadie nos siguió esta vez. Todo estaba despejado y lo sospeche.
En el callejón, Alex me pegó contra la pared. Sus labios me buscaron para colocarme en una posesión que me asqueaba y me excitaba a la vez. Alex era el socio del pecado, el hombre que conocía mi oscuridad porque él vivía en ella.
—¿Sientes algo por él, Venus? —me preguntó entre la voracidad de sus besos y rozando mi entrepierna—. ¿Aun sabiendo que Alder puede destruirte?
—Siento que es un estorbo necesario —le mentí, aunque la mirada de Nathan me perforaba el pecho—. No te equivoques, Alex. Tú y yo somos lo mismo. ¡Depredadores innatos!
Sus manos bajaron por mi espalda. En ese momento, mi deseo por Alex era una forma de castigarme, una forma de recordarme que yo no merecía a alguien como Nathan.
Bajo la bragueta y sin aliento se introdujo de lleno en mi ser, un suspiro ahogado en mi pecho me hizo aferrarme a su espalda. Me empujó una y otra vez contra su deseo, nos derramamos sin pudor en ese maldito callejón.
Apenas saco su libido de mi entrepierna y aun chorreando, me miro y dijo:
—Tengo la ubicación de tu madre y hermano.
—¿Qué has dicho? —retirándolo de inmediato.
—Alder no los tiene en Rusia, los tiene en Lang Island. ¿Si vaciamos sus cuentas? Alder dará la orden.
—¿Y me lo dices ahora? —le pegué una bofetada con desaprobación.
—¡Es parte del juego, Venus! —gritó sujetándome las muñecas—. Necesitamos a Nathan. Él es el único que puede entrar al complejo sin que nos descubran. Tienes que convencerlo de que su padre va a matar a tu familia.
—Pero… —mis palabras titubearon por un segundo—. Eso sería contarle la verdad y no sé qué podría desencadenar.
Alder arrojó su computadora. Las cifras de su fortuna parpadeaban: los días se consumían.
—¡Traigan a Alex! —ordenó entre gritos—. ¡Y tráiganme la cabeza de esa mujer! No me importa el código. Prefiero ver mi imperio arder antes de que esa estafadora gane esta guerra.
—Señor —dijo su asesor—, su hijo está con ella. Si atacamos…
Alder lo interrumpió con un destello de locura.
—Nathan eligió su bando cuando se casó con ella. ¿Si tiene que morir para que yo recupere mi honor? Que así sea.
Regresé justo antes que Nathan sospechara mi ausencia. Pero Nathan estaba de pie en el balcón. Ya no parecía el hombre vulnerable de hace unas horas. Tenía una pistola y dos pasaportes.
—Sé que te viste con Alex. —dijo sin mirarme—. Mis informantes son mejores que los de mi padre.
Me quedé inmóvil. El corazón me latía con una fuerza que amenazaba con romperme las costillas.
—Nathan, escúchame…
—¿Me amas, Venus? ¿O soy solo el escudo que Alex diseñó para ti? —me observó y sus ojos llenos de lágrimas—. Sé que mi padre siempre estuvo en contra de nosotros. Él te obligo a que me dejaras, aunque no conozco los motivos. Pero ¿te casaste conmigo para salvarte o porque nunca dejaste de amarme?
—¡Tienen a mi madre y a mi hermano, Nathan! —le confesé—. Están en Lang Island. Tu padre los va a matar si no le entrego el código. Alex solo quiere el dinero.
Nathan caminó hacia mí, tomó mi rostro entre sus manos.
—Entonces vamos a quemarlo todo, Venus, no por mi padre. ¡Por nosotros! ¿Pero si me mientes una vez más? ¿Si descubro que Alex sigue tocando lo que es mío? Yo mismo te entregaré a mi padre.
En ese momento, el sonido de helicópteros sobrevolando el edificio rompió su promesa. El asalto de Alder había comenzado.
—Tenemos menos de veintiún días, dijiste —susurró Nathan mientras me pasaba un arma—. Ahora contamos con veintiún minutos.
Amaba a Nathan con la desesperación de quien sabe que no lo merece, pero deseaba la libertad que solo el plan de Alex podía darme. Estaba atrapada entre el hombre que representaba mi redención y el hombre que representaba mi naturaleza más destructiva.
—¿Lista para ejecutar el último acto, Venus? —preguntó Nathan, cargando su arma.
—Vayamos al infierno, Nathan —respondí—. Pero asegúrate de que tu padre sea el primero en llegar.
Entonces en un parpadeo la puerta exploto…
