Capítulo 6 El Roce de la Traición
—¿Qué es lo que deberías hacer? —cuestionó Nathan. La pregunta no fue una duda, fue un desafío que alteraba el orden.
Haoyu se cruzó de brazos, con la calma propia de estar en su territorio sin desear exponer sus planes.
—Le decía a tu mujer que el amor es un lujo que no puede permitirse ahora. ¿Si quiere que tu padre deje de verla como una intrusa? Debe dejar de ser una víctima —le decía con autoridad—. Necesita sentirse y verse poderosa, regresar a los negocios y demostrar que tiene los colmillos de cualquier socio de tu familia.
Venus reaccionó con la astucia que la caracterizaba; aferrándose al brazo de Nathan, forzó una sonrisa que mostraba confianza.
—Es justo lo que hablábamos —hizo una pausa para besarlo y calmar su duda interna—. Haoyu cree que mi regreso es la única forma de que tu padre me respete. Dejar de ser alguien sin valor para ser la mujer que controla los mercados. Como hace unas semanas atrás.
Nathan exhaló, con el orgullo nublando su instinto.
—Mi padre no quiere respeto, Venus. ¡Quiere lo que perdió! Volver a ese mundo con él de enemigo es saltar a un foso de espinas.
—Entonces dale una rosa más grande —intervino Haoyu sin dudarlo—. Ella fue el cerebro de Apex. Lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe el mundo. Seré directo: voy a dejar mi cargo, quiero que Venus sea la nueva CEO de mi corporación.
El anuncio fue directo, sin vacilar. Nathan retrocedió, asimilando la magnitud del ofrecimiento.
—¿Tu puesto? Eso es entregarle las llaves del reino, Haoyu.
—Estoy viejo. Ella tiene el hambre que el mundo necesita. Ella mandará, ella ejecutará. Yo seré la sombra que observe desde arriba, me mantendré cerca y ella será la única que lo sabrá.
Venus miró a Nathan, fingiendo debilidad.
—Es demasiado, danos tres días. Solo tres días para asimilar que mi vida está a punto de cambiar. ¡Otra vez!
—Tres días —aceptó Haoyu—. Tres días para que Alder no intente algo nuevo en contra de ustedes.
Nathan mostró preocupación inmediata.
—Tengo que ir a Manhattan. Hay asuntos en el hospital que no pueden esperar.
—¿Dónde viviremos? —preguntó Venus, manteniendo su postura humilde.
—En la residencia privada de la empresa. Es una fortaleza de acero, nadie entra sin mi
autorización —exclamó Haoyu.
—No se diga más —dijo Nathan con seguridad—. Regresaré cuanto antes. ¡Lo prometo!
Nathan se despidió de Venus e intercambió avenidas y autos para despistar cualquier rastro que diera con su ubicación. Entonces la máscara de Venus cayó, revelando su mirada asesina. Observó a Haoyu.
—¿CEO? ¿Qué es lo que buscas?
—¡La aniquilación! —respondió Haoyu, acercándose tanto que ella pudo percibir el peligro—. Este puesto que te ofrezco será tu trinchera. Desde ahí vas a desmembrar la organización de Alder. Serás la esposa perfecta de día y la asesina que eras de noche. Es tu redención... o tu ejecución. Tú decides.
Venus nunca creyó volver a su pasado, ese que le recordaba que ser la asesina de un millonario mafioso solo le había traído muerte y destrucción.
—Prepara mi llegada —le dijo a un centímetro de su rostro—. ¡Haremos caer a Alder para siempre!
Venus no llegó a descansar. Minutos después, comenzó a escabullirse por los callejones de Chinatown, lejos de las cámaras, hasta llegar a un viejo almacén de telas. Era un lugar sin importancia para cualquiera, pero para ella fue el punto que visitó la última vez. Esa en la que Wu, el hermano de Haoyu, cayó en sus manos. Se detuvo en el centro del lugar vacío; sus planes comenzaron a surgir.
—Lo veré… debo hacerlo —se dijo con determinación.
A kilómetros de allí, en Long Island, Alex observaba la pantalla con la ubicación enviada por Aleksi. A su lado, Alder fumaba disfrutando el espectáculo.
—¿Qué demonios hace ahí? —murmuró Alder, dejando la incógnita en el aire—. ¿Por qué regresar al lugar donde podría salir muerta?
Alex lo escuchaba; sus dedos temblaban.
—¿Los buscaremos ahí? —le preguntó Alex con desconcierto—. No sería seguro para nosotros.
—No, ese no es el plan ahora —soltó con sospecha—. Siempre tengo ases bajo la manga —dijo finalmente luego de arrojar el cigarrillo.
Nathan no fue al hospital. El último auto se detuvo frente a una propiedad privada en las afueras de la ciudad; entró en el despacho principal sin llamar. Al fondo, un hombre cuya identidad era desconocida para cualquiera lo esperaba.
—¿Tienes todo? —dijo Nathan, casi con exigencia—. Todo debe estar perfecto.
El hombre se reclinó en su silla, observándolo y extendiendo los documentos.
—¡Excelente! Me preocupaba que realmente esto no hubiese funcionado.
Nathan se acercó un poco más y le dijo al hombre:
—El amor sin duda es problemático, pero ayuda a enmendar los errores del pasado y cubrir el rastro del presente.
—Debes tener cuidado —le dijo el desconocido—. Alder, tu padre, no estará contento con saber que le has robado.
Nathan estrelló sus manos sobre el escritorio y gritó con exceso:
—¡De mi padre me encargo personalmente! No eres quién para advertirme.
El desconocido, mostrando los dientes, dijo con sarcasmo:
—Bienvenido a las grandes ligas, hijo. ¡Que empiece la carnicería!
Venus, por su parte, vestida de negro, salió del barrio chino con dirección desconocida. Iba en motocicleta, pero desafortunadamente se encontraba en un territorio impropio.
—¡Señor! —se escuchó por el intercomunicador de Haoyu—. Belaya acaba de escabullirse.
Haoyu sonrió y respondió:
—Enterado, sean precavidos y que no los descubra —le advirtió a su informante—. ¿A qué piensas jugar, Venus? ¿o debería llamarte Belaya? —se cuestionó en el silencio de su mente.
Venus llegó a más de diez kilómetros lejos del barrio chino; la ubicación era un edificio que no parecía más que de una zona exótica de Manhattan. Venus dejó su motocicleta al frente de uno de los apartamentos e ingresó con una tarjeta de identificación sin problema alguno. Se dirigió hacia el quinto piso del edificio y accedió a la habitación número ochenta y nueve.
—¡Aquí vamos de nuevo! —exclamó ella con desaliento en su voz.
Se notaba nerviosa, se sentía extraña. Estaba actuando a espaldas de Haoyu y de Nathan, aunque no era la única; Nathan tenía un plan diferente tras no conocer directamente la identidad de su ahora esposa. Venus revisó cada parte de la habitación hasta que encontró lo que parecía un dispositivo de comunicación.
—Con esto llamaré tu atención —se dijo en cuanto lo sostuvo.
Alex sintió un escalofrío en su cuerpo al momento que su celular vibró con intensidad. Se mostró desconcertado y, en cuanto observó la pantalla, exclamó con intriga:
—¿Qué demonios haces?
Alder lo escuchó y preguntó:
—¿Qué sucede? ¿Por qué te alborotas de esa manera?
Alex se levantó de su asiento y se acercó a Alder diciéndole:
—¡Es Venus!
—¿Qué mierda dices? —cuestionó Alder.
—Se encuentra en mi departamento, ese en el que guardaba mis expedientes.
—¿Qué es lo que quiere ahora esa zorra? —gritó Alder con molestia—. ¡Averígualo de inmediato!
Alex lo dudó, pero aun así accedió a la comunicación inesperada. Los altavoces del departamento se activaron y Alex se hizo escuchar a través de ellos.
—¿Qué buscas, Venus? ¿Sabes que puedo dejarte encerrada y en bandeja de plata para Alder?
Venus observó todo el lugar y, sin lograr encontrar cámaras, respondió entre gritos mientras caminaba:
—Sí, y por eso he venido. Tu traición me dio un golpe muy duro y no fue una vez, ¡ya son dos veces, Alex! —gritó con un aparente descontento—. Sin embargo, quiero verte. ¿Puedes venir?
Alex quedó sorprendido. Alder escuchó claramente la invitación.
—¿Qué esperas? ¡Ve, maldita sea! —le exigió Alder a Alex sin rodeos.
Alex se quedó perplejo, no sabía qué responder. Pero tras la exigencia de Alder, no tenía
alternativa.
—Ahí estaré.
—No tardes, Nathan podría descubrirme y esta vez podría ser definitivo.
