Capítulo 2 Capítulo 2: El vacío tras el estruendo
POV RAQUEL
El ascenso fue una tortura de ruidos metálicos y ráfagas de viento que intentaban arrancarme de los brazos de Ares. Lo sentía vibrar contra mí; su pecho era una muralla de calor que me mantenía unida a la realidad mientras el sistema de poleas nos devolvía a la cima. Mi corazón latía como un pájaro atrapado, golpeando mis costillas con un miedo que ya no era por la muerte, sino por la intensidad de sus manos sujetándome.
En cuanto mis pies tocaron tierra firme, el mundo se volvió un caos de luces azules y uniformes.
—¡Tengo contacto! —gritó alguien. Un tipo alto se acercó con una manta térmica.
Ares me soltó. El frío me golpeó de inmediato, haciéndome tambalear. Me envolví en la manta, sintiendo que mis piernas eran de papel. Sus ojos seguían fijos en mí, cargados de una mezcla de prepotencia y una preocupación que me irritaba porque me hacía sentir débil.
—No me toquen —le espeté a un paramédico que intentó acercarse. No quería sus manos, no quería sus preguntas. Solo quería desaparecer.
—Escucha, Bonita —Ares se acercó, quitándose los guantes. Su tono era el de un capitán acostumbrado a ser obedecido—. Has intentado saltar. Tienes que ir al hospital. Protocolo de psiquiatría.
—¿Psiquiatría? No estoy loca, Coleman —solté una risotada amarga que me dolió en el pecho—. Solo estaba… tomando aire.
—Un aire muy pesado —respondió él con ese sarcasmo que me daban ganas de abofetearlo—. Súbanla a la unidad 4.
Iba a protestar, pero un movimiento entre la maleza seca me detuvo el corazón. Una serpiente se deslizó cerca de mis pies descalzos. El pánico, el verdadero y ciego pánico, me nubló el juicio.
—¡Una serpiente! —chillé.
—¡Bonita, quédate quieta! —rugió Ares.
Pero mis pies se movieron solos. Retrocedí, tropecé con la manta y el terreno irregular me traicionó. Sentí que caía hacia atrás. Un estruendo sordo retumbó en mi cráneo cuando mi cabeza golpeó algo metálico y frío.
Luego, solo hubo oscuridad.
Estoy en un escenario. Las luces son blancas, cegadoras. A lo lejos, veo una figura elegante, vestida de negro. Es ella. Es mi madre.
—¡Mamá! —trato de correr, pero mis pies pesan como el plomo—. ¡Ayúdame! No quiero casarme, no quiero ese contrato.
Ella me sonríe con tristeza y mueve los labios. Sé que está diciendo mi nombre. Lo veo en la forma de su boca, es un sonido suave, familiar, el nombre que ella eligió para mí antes de que todo se volviera gris. Pero no escucho nada. Hay un zumbido ensordecedor que lo borra todo.
—¿Cómo me llamo? —le grito, desesperada, mientras el escenario empieza a agrietarse—. ¡Dime quién soy!
Ella estira la mano, pero antes de tocarme, su rostro se desvanece en humo negro. El vacío me traga.
Desperté de golpe, con un sollozo atorado en la garganta y el sudor frío empapándome la espalda. El techo era blanco. Las luces eran blancas. Todo era estéril y olía a enfermedad.
Me toqué la cabeza, sintiendo el vendaje. Intenté buscar en mi mente. ¿Quién era la mujer del sueño? ¿Quién era yo? Cerré los ojos con fuerza, tratando de recuperar ese sonido, esa palabra que mi madre pronunciaba, pero no había nada. Mi memoria era una pizarra borrada con saña. El miedo me oprimió el pecho hasta que sentí que no podía respirar.
La puerta se abrió. Un hombre entró con pasos pesados. Lo reconocí al instante por el uniforme y por esa mirada que parecía ver a través de mis mentiras.
—Tú… —susurré. Mi voz era apenas un hilo—. Tú eres el hombre del acantilado.
—El mismo. Ares Coleman —se detuvo al pie de la cama. Intentó sonreír, pero se veía tenso—. Me alegra ver que no has perdido el sentido del humor.
Bajé la mirada a mis manos. Estaban temblando.
—La doctora dice que debería saber quién soy. Pero no hay nada aquí —me toqué la sien con un dedo trémulo—. No sé mi nombre, Ares. No sé por qué estaba ahí.
Se me escapó un sollozo. La angustia de no tener pasado, de ser un fantasma en mi propio cuerpo, era insoportable. Sentí que el colchón se hundía. Ares se sentó a mi lado, suavizando su expresión.
—No te fuerces. El cerebro a veces se apaga para protegerse —dijo con voz grave.
Lo miré a los ojos. Él era mi único punto de referencia. Mi único ancla en este mar de olvido.
—Me llamaste de una forma —recordé de repente—. Antes de que todo se volviera negro.
Ares se aclaró la garganta, pareciendo extrañamente incómodo.
—Bueno, como no me decías tu nombre y me mandabas al infierno cada dos segundos, tuve que improvisar.
—¿Cómo me llamaste?
—Bonita —respondió. La palabra flotó entre nosotros, cargada de una intimidad que me hizo estremecer.
—Bonita… —repetí. No era mi nombre, pero en ese momento, se sentía como el único hogar que tenía—. Es un nombre muy arrogante para alguien que acababa de conocerme.
—Soy un tipo arrogante, ya deberías saberlo —me devolvió el golpe, aunque su mirada se suavizó—. Escucha, no tienes a dónde ir. Mañana vendrá una trabajadora social, pero por ahora, solo descansa.
El pánico regresó. ¿Una trabajadora social? ¿Me llevarían a otro lugar frío? Estiré la mano y rodeé su muñeca con mis dedos. Su piel estaba caliente, llena de vida.
—No me dejes sola aquí, Ares —le supliqué. La vulnerabilidad me quemaba la garganta—. No recuerdo nada, pero recuerdo tu voz. Eres lo único que se siente… real.
Él se quedó callado, observándome con una intensidad oscura que me hizo contener el aliento. Por un momento, creí que me soltaría y se marcharía.
—No me voy a ningún lado, Bonita —sentenció—. Alguien tiene que quedarse aquí para recordarte lo mucho que me insultaste. No te vas a librar de mí tan fácil.
Solté una pequeña risa, la primera de verdad, y me recosté en la almohada sin soltar su muñeca. Mientras cerraba los ojos, volví a ver la sombra de mi madre en la oscuridad de mi mente, pero ya no me sentía tan sola. Tenía a este extraño arrogante custodiando mi cama. No sabía quién era yo, pero por ahora, ser su "Bonita" era lo único que me mantenía a salvo del vacío.
