
El Placer Prohido en la Cama de mi Madrastra
Mia blair Escritora · En curso · 61.8k Palabras
Introducción
—Ares… detente… —gime ella, enterrando las uñas en sus hombros anchos, intentando sofocar un grito de placer que amenaza con delatarlos—. Tu padre… mi esposo… está afuera. Puede escucharnos, por Dios…
Ares sujeta su mandíbula, obligándola a mirarlo a los ojos, con la respiración entrecortada y la mirada cargada de una furia oscura y posesiva.
—Que escuche —gruñe él, aumentando la potencia de cada estocada, ignorando el riesgo—. Que sepa que, aunque lleves su anillo, cada vez que gritas, es mi nombre el que sale de tu boca. No eres de él, Bonita. Nunca lo fuiste.
Raquel muerde su labio inferior para no gritar cuando él la posee con una rudeza que la hace olvidar quién es y dónde está. En ese cuarto, el riesgo de ser descubiertos no es un freno, sino el combustible que aviva un pecado que los consumirá a todos.
¿Qué sucede cuando el heredero reclama lo que es del padre? ¿Y quién reclamará al hijo que crece en el vientre de la mujer prohibida?
Capítulo 1
POV RAQUEL
El frío de la noche en Cabo Sounion no era nada comparado con el hielo que sentía en las venas. El viento de Atenas soplaba con una violencia salvaje, agitando mi vestido de seda blanca como si fuera una bandera de rendición. O quizás una mortaja.
Me quedé allí, en el borde exacto donde la tierra se rinde al vacío. Debajo de mis pies descalzos, la piedra caliza se sentía sólida, pero mi mundo hacía mucho que se había desmoronado.
—Ya no queda nada, mamá —susurré, y mis palabras se perdieron en el rugido del mar, muchos metros más abajo.
La pérdida de mi madre había sido el primer golpe, el que me dejó sin aire y sin brújula. Ella era mi único refugio en una vida diseñada por otros. Pero lo que vino después… eso fue el tiro de gracia. Mi padre no me había dado tiempo ni para llorar. Con los ojos tan fríos como el mármol, me había entregado una carpeta. No era una herencia, era un contrato. Una venta.
"Te casarás con él. Es lo que tu madre hubiera querido para asegurar nuestro apellido", había dicho. Mentira. Mi madre solo quería que yo bailara, que fuera libre.
Cerré los ojos, recordando el escenario, el olor a resina y el aplauso del público que ahora se sentía como una vida que le pertenecía a otra persona. Mi carrera como bailarina se había terminado con una lesión, y ahora mi libertad se terminaba con una firma que yo me negaba a estampar.
—Si quieres un cuerpo para tu contrato, papá, vas a tener que recogerlo de las rocas —mascullé.
Me incliné un poco hacia adelante. El vértigo era una caricia tentadora. Estaba lista. Quería dejar de ser una moneda de cambio. Quería que mi nombre, el nombre que pronto sería impreso en una invitación de boda que odiaba, desapareciera para siempre.
—Mi nombre es… —comencé a decir, queriendo lanzarlo al abismo como un último acto de rebeldía.
—La vista es mejor desde unos metros más atrás, te lo aseguro.
La voz me golpeó como una bofetada física. Era profunda, vibrante y cargada de una calma que me irritó al instante. Me tensé, cerrando los puños. No quería un público para mi final.
—Vete al diablo —solté, sin girarme. Mi voz sonó dulce por la costumbre de años de etiqueta, pero iba cargada de todo el veneno que tenía acumulado.
—El diablo y yo tenemos un acuerdo, no nos visitamos los fines de semana —respondió el hombre. Escuché sus pasos, lentos y calculados sobre la grava—. Soy Ares. Ares Coleman. ¿Tienes nombre o solo te dedicas a insultar a los bomberos que intentan que no termines hecha puré contra las rocas?
Me giré entonces, con el rostro empapado de lágrimas y la furia ardiéndome en el pecho. Él estaba a unos cinco metros. Era enorme. Un uniforme de bombero cubría un cuerpo que parecía hecho de granito, y sus ojos me observaban con una mezcla de autoridad y algo que no pude identificar.
—No necesito un héroe con uniforme y complejo de Dios, Ares —escupí su nombre como si fuera una maldición—. Y mi nombre no es de tu incumbencia. Lárgate antes de que me lance solo para dejar de oír tu voz de sabelotodo.
Él se detuvo en seco. Me escaneó de arriba abajo con una intensidad que me hizo sentir más desnuda que el vestido de seda.
—Está bien, si no me vas a dar tu nombre, te llamaré Bonita —dijo, y una sonrisa de medio lado, arrogante y perfecta, apareció en su rostro—. Escucha, Bonita, entiendo que estés teniendo un mal día, pero mi cena se está enfriando en la estación y me gustaría volver a ella. ¿Qué tal si me das la mano y dejamos de jugar a las estatuas en el precipicio?
—¿Bonita? —solté una carcajada amarga. La audacia de este tipo no tenía límites—. ¿De verdad vas a usar un piropo barato mientras trato de decidir si acabo con todo? Eres un idiota, Capitán. Un idiota arrogante.
—Y tú eres una bailarina dramática que está arruinando mi turno —me devolvió el golpe, acercándose más. ¿Cómo sabía que era bailarina? ¿Tan obvia era mi postura incluso al borde de la muerte?—. Vamos, dame la mano. Te prometo que después puedes seguir insultándome todo lo que quieras en la ambulancia. Te invito a un café si eso ayuda a que cierres la boca.
—¡No te acerques! —grité, dando un paso instintivo hacia atrás.
El pánico me atenazó cuando sentí que el suelo desaparecía bajo mi talón. La piedra caliza crujió, desmoronándose hacia el vacío.
—¡Bonita, no!
Lo vi lanzarse hacia mí. En un segundo, el mundo se volvió un caos de seda blanca, viento y el olor a humo y sudor que emanaba de él. Sentí su brazo rodeando mi cintura como una cadena de hierro, pero el impulso era demasiado fuerte. La tierra cedió.
Grité, pero el sonido se ahogó cuando chocamos contra algo duro. Caímos con estrépito sobre una saliente de roca. El impacto me sacó el aire, pero no sentí el golpe contra la piedra. Sentí algo cálido y sólido.
Ares me había usado para amortiguar la caída. Estaba aterrizando directamente sobre su pecho.
El silencio que siguió fue asfixiante. Solo se oía el mar abajo y mi propia respiración desbocada.
—¿Estás muerta? —preguntó él con la voz rota.
Me moví sobre su cuerpo, levantando la cabeza. Estábamos tan cerca que nuestras narices casi se rozaban. Sus ojos eran oscuros, tormentosos, y por un segundo olvidé que quería morir. Solo podía pensar en el calor que desprendía su uniforme y en la fuerza de sus manos, que todavía me sujetaban por la cintura.
—¡Casi lo logras, genio! —le grité, golpeando sus hombros con mis puños—. ¡Me mataste! ¡Nos mataste a los dos!
—Técnicamente, estamos vivos —dijo él, haciendo una mueca de dolor—. De nada, por cierto. Acabo de salvarte la vida y tú solo sabes gritar.
—¡Me empujaste! —chillé, tratando de levantarme, pero mi vestido se enredó en sus piernas y volví a caer sobre él.
Esta vez, mi cara quedó a milímetros de la suya. Sus labios estaban entreabiertos y podía sentir su aliento contra mi boca. Una tensión eléctrica, oscura y pesada, se instaló entre nosotros. No era solo miedo; era una atracción animal que me hizo estremecer.
—Tienes unos ojos preciosos para ser una suicida tan grosera, Bonita —susurró él. Sus manos me apretaron contra su cuerpo con una posesividad que me dejó sin aliento.
—Y tú eres un imbécil por decir eso ahora —respondí en un susurro. Mis dedos se cerraron sobre la tela de su chaqueta. No podía soltarlo. Él era lo único sólido en un mundo que se estaba cayendo a pedazos.
—Podríamos habernos matado —me recordó, su voz volviéndose más profunda, más íntima—. ¿Todavía quieres morir?
Lo miré fijamente. En ese momento, atrapada entre sus brazos en medio de un acantilado, la idea de la boda, de mi padre y del contrato se sentía lejana. Solo existía este hombre arrogante que se negaba a dejarme ir.
—Ahora mismo… solo quiero que me saques de aquí, Capitán —dije con un hilo de voz.
—¡Coleman! ¡Capitán! ¿Están ahí? —una luz barrió la roca desde arriba.
Me aparté rápidamente, sintiéndome repentinamente expuesta. Me senté en la arena de la repisa, tratando de cubrir mis piernas con el vestido desgarrado mientras él gritaba instrucciones hacia arriba.
—¡Estamos abajo! ¡La Bonita tiene prisa!
Le lancé una mirada asesina mientras me sacudía el polvo.
—Si me vuelves a llamar así, te juro que yo misma te tiro por el borde.
Él me guiñó un ojo, con una seguridad que me resultó exasperante y fascinante a la vez.
—Me encantan los retos. Pero admítelo, después de caer juntos, técnicamente ya somos algo, ¿no?
—Somos un accidente, Coleman. Solo un accidente.
Me giré para que no viera que mis mejillas ardían. Mientras me aseguraba el arnés minutos después, sentí su cuerpo pegado a mi espalda. Sus manos rozaron mi piel y un escalofrío me recorrió la columna.
—Tranquila, Bonita —me susurró al oído—. Esto solo es el principio del incendio.
No supe qué responder. No sabía que esa sería la última vez que recordaría mi propio nombre antes de que la oscuridad lo borrara todo, dejándome solo con el recuerdo de su voz llamándome de una forma que nunca olvidaría.
Últimos capítulos
#42 Capítulo 42 El peso de la sospecha
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Última actualización: 5/13/2026#40 Capítulo 40 El linaje del fuego
Última actualización: 5/13/2026#39 Capítulo 39 La fragilidad del alma
Última actualización: 5/13/2026#38 Capítulo 38 Recetas para el alma
Última actualización: 5/13/2026#37 Capítulo 37 El estigma del cristal roto
Última actualización: 5/13/2026#36 Capítulo 36 El precipicio del alma
Última actualización: 5/13/2026#35 Capítulo 35 El silencio de las cenizas
Última actualización: 5/13/2026#34 Capítulo 34 La jaula de cristal se rompe
Última actualización: 5/13/2026#33 Capítulo 33 El velo de las sombras
Última actualización: 5/13/2026
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