Capítulo 3 Capítulo 3: La guardiana del Capitán

El pasillo del hospital olía a una mezcla irritante de café quemado y desinfectante. Jax, Miller y el joven "Novato" estaban apoyados contra la pared frente a la habitación 302, observando a través del cristal cómo una mujer de traje gris y expresión de piedra tomaba notas en una tableta digital.

—Es una carnicería, Capitán —murmuró Jax, cruzándose de brazos—. Si esa mujer de Servicios Sociales se la lleva, ya sabemos cómo termina esto.

—La meterán en una institución estatal —añadió Miller, negando con la cabeza—. Sin nombre, sin familia que la reclame y con un antecedente de intento de suicidio... la van a empastillar hasta que olvide incluso cómo respirar. Es una lástima. Es tan joven y, bueno, está como quiere.

—Cierra la boca, Miller —le espeté, aunque mi humor no era mucho mejor—. No es un objeto, es una paciente.

—Solo digo que es injusto —insistió Miller, ignorando mi tono—. Ayer estaba peleando como una leona en el acantilado y hoy parece un fantasma. Si nadie se hace responsable de ella, la burocracia se la va a tragar viva. En esos centros psiquiátricos del gobierno no recuperas la memoria, la pierdes para siempre.

Me quedé en silencio, observándola. Bonita estaba sentada en el borde de la cama, mirando sus manos como si esperara que las líneas de sus palmas le dieran alguna respuesta. Se veía tan pequeña, tan fuera de lugar entre esas paredes blancas.

La puerta se abrió y la mujer del traje salió, ajustándose las gafas.

—¿Capitán Coleman? —preguntó, con una voz que sonaba como papel de lija—. Soy la trabajadora social, Elena Vance. Me dicen que usted fue quien realizó el rescate.

—Así es. Ares Coleman —me presenté, dando un paso al frente—. ¿Cuál es el diagnóstico de su situación?

Elena soltó un suspiro profesional, carente de cualquier rastro de empatía.

—Es un caso complicado. No hay registros de huellas que coincidan en la base de datos local, nadie ha reportado una desaparición con sus características en las últimas veinticuatro horas y ella no aporta nada. Dado el cuadro de amnesia postraumática y el riesgo de autolisis por el incidente en el acantilado, no tengo otra opción. 

—¿Qué opción? —preguntó Jax detrás de mí.

—Traslado inmediato al pabellón de salud mental del estado en Atenas —sentenció la mujer—. Allí estará bajo custodia hasta que recupere la identidad o hasta que un juez decida su tutela.

Sentí una punzada de ira en el estómago. Miré de reojo a los chicos. El Novato parecía a punto de llorar y Jax me lanzó una mirada que conocía bien: era el "haz algo, Capitán".

—Ese lugar es un agujero —dije, tratando de mantener la voz nivelada—. He sacado a gente de incendios en esa zona y las condiciones son deplorables. No va a mejorar allí, solo va a empeorar.

—Es la ley, Capitán. A menos que aparezca un familiar directo o alguien con solvencia legal que se haga cargo de su cuidado preventivo, ella es responsabilidad del estado —Elena cerró su tableta con un clic definitivo—. El transporte llega en una hora.

Me giré hacia la habitación. Ella nos estaba mirando a través del cristal. Sus ojos se encontraron con los míos y vi el pánico puro. No necesitaba recordar quién era para saber que su libertad estaba a punto de ser cortada.

—¿Y si alguien la cuida? —solté de repente.

Jax y Miller se tensaron. Elena me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Perdone?

—Usted dijo que necesita a alguien que se haga cargo. Ella no necesita un pabellón con rejas, necesita un entorno seguro para que su memoria regrese. La Estación 18 tiene viviendas de servicio y yo tengo una casa con espacio de sobra.

—Capitán, usted no puede estar hablando en serio —Elena soltó una risita seca—. Usted es un bombero, no un tutor legal ni un enfermero. No tiene ningún parentesco con la chica.

—Soy el hombre que le salvó la vida —rebatí, dando un paso intimidante hacia ella—. Y soy el hijo de Silas Coleman. Si necesitamos "solvencia legal" o una firma que acelere los papeles para una tutela temporal externa, mi padre puede hacer una llamada. Pero esa chica no va a ir a ese psiquiátrico para ser olvidada.

Los chicos de la estación se quedaron mudos. Sabían que yo odiaba usar el nombre de mi padre para nada, pero esto era una emergencia diferente.

—Ares, piénsalo —susurró Jax al oído—. Es una desconocida. Una suicida sin memoria. Va a ser un problema constante.

—Ya es un problema, Jax —le respondí sin dejar de mirar a la mujer de gris—. Pero es mi problema. Yo la saqué de ese acantilado. No la voy a dejar caer ahora en un despacho oficial.

Elena Vance guardó silencio, sopesando el peso del apellido Coleman. En Atenas, ese nombre abría puertas que el sentido común cerraba.

—Si el señor Silas Coleman respalda la tutela y un médico privado certifica que puede recibir cuidados ambulatorios, podríamos establecer una custodia temporal de treinta días —cedió Elena, aunque con evidente desagrado—. Pero bajo su responsabilidad absoluta, Capitán. Si ella intenta algo contra su vida o la de otros, usted irá a juicio.

—Acepto —dije sin dudar.

Entré en la habitación sin pedir permiso. Ella se encogió un poco cuando me acerqué, pero luego se relajó al reconocer mi uniforme.

—¿Qué va a pasar? —preguntó con voz temblorosa—. Esa mujer dice que tengo que irme a un lugar de custodia.

—No vas a ir a ninguna parte con ella —le dije, parándome frente a su cama—. Te vienes conmigo.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Contigo? ¿A dónde?

—A mi casa. A la estación. Donde pueda vigilarte para que no te metas en más líos o intentes saltar de otro sitio —la miré con severidad, pero mis ojos la recorrieron con una intensidad que nada tenía que ver con el deber—. Voy a ser tu tutor hasta que esa cabeza tuya decida recordar quién eres.

Ella me miró durante un largo rato. Buscó en mi rostro alguna señal de engaño, pero solo encontró la firmeza de un hombre que no sabía decir que no a un incendio.

—¿Por qué lo haces? —susurró—. No me conoces. Me llamaste "Bonita" para molestarme. Ni siquiera te caigo bien.

Me incliné hacia ella, apoyando las manos en la cama, quedando a pocos centímetros de su rostro. El olor a hospital no podía ocultar ese aroma a mujer que me estaba volviendo loco desde la noche anterior.

—Exacto. Me debes unos cuantos insultos y una explicación de por qué me hiciste caer por un barranco —le dije con voz ronca—. Y no pienso dejarte ir hasta que me los des. Además, alguien tiene que cuidar que no te salgan más serpientes en el camino.

Una pequeña y tímida sonrisa apareció en sus labios.

—Entonces... ¿soy tu prisionera?

—Algo así —respondí, sintiendo un calor familiar subirme por el pecho—. Pero una prisionera con derecho a café y a que nadie la llame por un número en un hospital. 

Me giré hacia los chicos, que seguían en la puerta con la boca abierta.

—Jax, dile al Novato que prepare la habitación de invitados en mi casa. Y Miller, trae el coche. Nos llevamos a la Bonita a casa.

—A la orden, mi Capitán —dijo Jax con una sonrisa burlona—. Pero que conste que esto va a ser el incendio más grande que hayas intentado apagar.

No le faltaba razón. Mientras ayudaba a la chica a levantarse, sintiendo su mano pequeña y fría aferrarse a mi brazo, supe que no solo estaba arriesgando mi carrera, sino algo mucho más peligroso. Porque ella no tenía memoria, pero yo recordaba perfectamente cómo se sentía su cuerpo contra el mío en la oscuridad del acantilado. Y tenerla bajo mi techo no iba a ser un acto de caridad; iba a ser una tortura de la que no estaba seguro de querer escapar.

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