Capítulo 4 Capítulo 4: Máscaras y músculos
POV RAQUEL
El trayecto en el Jeep fue un torbellino de luces borrosas y un nudo en la boca de mi estómago que amenazaba con hacerme vomitar. Por fuera, mantenía la barbilla alta y la lengua afilada, pero por dentro… por dentro estaba gritando. Cada vez que miraba por la ventana, veía un mundo que no reconocía. Las calles de Atenas eran solo manchas de color, y el hombre sentado a mi lado, Ares, era lo único sólido en un universo de sombras.
Sentía su mirada sobre mí a través del espejo retrovisor cada pocos segundos. Me asfixiaba. Me hacía sentir como un experimento en un laboratorio o, peor aún, como una criminal.
—¿Puedes dejar de mirarme por el espejo cada treinta segundos? —solté, cruzándome de brazos para ocultar que mis manos no dejaban de temblar—. No voy a abrir la puerta y lanzarme en marcha, si es lo que te preocupa.
—Perdona si no confío en tu instinto de supervivencia —respondió él sin apartar la vista de la carretera—, pero la última vez que te dejé libre terminamos rodando por un precipicio. Además, no te miro por eso.
—¿Ah, no? ¿Y por qué me miras entonces, Capitán? —le lancé una mirada desafiante. Era mi mejor arma: si él creía que estaba enfadada, no vería que tenía miedo.
—Para asegurarme de que no te estás robando nada del coche. Tienes cara de cleptómana.
—¡Eres un imbécil! —exclamé, y me sorprendí al soltar una risotada. Era absurdo. Estaba perdida, sin nombre, camino a la casa de un desconocido, y él me llamaba ladrona—. Me rescatas del hospital para traerme a tu "cárcel privada" y encima me insultas. ¿Todos los bomberos son así de encantadores o tú eres el premio especial?
—Solo yo. Es parte del entrenamiento —dijo con esa sonrisa de suficiencia que me hacía querer gritar y besarlo al mismo tiempo—. Y no es una cárcel. Es mi casa. Vas a tener comida, cama limpia y, si te portas bien, elegiremos una película.
—¡Qué generoso! —ironicé, aunque el alivio de no ir a un psiquiátrico estatal me inundaba—. No sé quién soy, pero estoy segura de que no aceptaba órdenes de tipos con exceso de confianza. Me siento como un perro rescatado al que vas a ponerle un collar.
—Bueno, por ahora ese collar dice que estás bajo mi custodia —frenó frente a una construcción de madera y piedra cerca de la costa—. Baja la guardia, Bonita. Estamos aquí.
Bajamos del Jeep. El aire olía a sal y libertad, pero el sonido de herramientas chocando me puso en guardia nuevamente. Mi pulso se aceleró. ¿Y si había más gente? ¿Y si alguien me reconocía? El pánico de que alguien de "mi otra vida" apareciera y me obligara a volver a lo que sea que me hizo querer saltar era constante.
Al rodear el porche, me detuve en seco.
Había un hombre bajo la luz, moviendo cajas. Estaba sin camiseta, y el sudor hacía que su piel brillara bajo la bombilla. Tenía tatuajes que se movían con cada músculo. Era... impresionante. Pero lo que más me atrajo no fue su cuerpo, sino la oportunidad. Ares me estaba controlando demasiado, y yo necesitaba demostrarle que no me era tan fácil dominarme.
Me quedé congelada, pero no por timidez. Decidí usar a este hombre como mi distracción.
—Vaya… —susurré, dejando que mis ojos lo recorrieran de arriba abajo con una falta de sutileza total. Sentí la tensión de Ares a mi lado, volviéndose rígido como una columna de mármol.
El hombre se detuvo, secándose la frente.
—Ah, hola, Ares. Ya traje las cajas... —se cortó al verme—. Oh, hola de nuevo.
—Hola… —respondí, suavizando mi voz a propósito. Noté cómo Ares apretaba la mandíbula—. Tú eres el de la manta térmica, ¿verdad? No te recordaba tan… musculoso.
El tipo, Jax, soltó una risa halagada.
—El trabajo mantiene a uno en forma. Soy Jax.
—Yo no sé quién soy, pero creo que me gusta este lugar —solté con una sonrisa descarada, apoyándome en una columna. Ver a Ares consumirse de irritación era la mejor medicina para mi propia ansiedad.
—Ya basta de exhibicionismo, Jax. Ponte una camiseta —gruñó Ares, agarrándome del brazo. Su mano estaba caliente y firme, y por un momento, el pánico interno se calmó solo con su contacto, aunque mi boca seguía en guerra—. Y tú, adentro. Ahora.
—¿Qué te pasa, Coleman? —protesté mientras me arrastraba hacia la puerta—. Solo estaba siendo amable. Además, es la primera vista agradable desde el hospital.
—Es un bombero, no un catálogo —siseó él, empujándome hacia el interior—. Tienes una conmoción, no puedes mirar cosas que te suban la presión. Camina.
—¡Oh, por favor! —me giré hacia él en cuanto entramos, riendo con una chispa de victoria—. ¿Eso que huelo es humo o son tus celos, Capitán? Porque creo que te estás incendiando por dentro.
Ares cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar mis huesos. Me acorraló contra la madera, invadiendo mi espacio hasta que no pude respirar nada que no fuera su aroma a bosque y humo. El pánico desapareció, reemplazado por una tensión eléctrica que me erizó los vellos de la nuca.
—Escúchame bien —su voz era un rugido bajo—. Estás bajo mi techo. Eso significa que tus ojos se quedan en la pared o en mí, ¿entendido? No quiero que andes babeando por mis hombres.
Sentí un escalofrío. Su cercanía me aterraba porque me hacía sentir cosas que no podía controlar, pero no iba a dárselo fácil. Humedecí mis labios, viendo cómo sus ojos bajaban a mi boca por un segundo.
—¿Y si me gusta lo que veo, Ares? —desafié—. No recuerdo mi pasado, pero mis instintos funcionan. Y mi instinto me dice que te mueres de rabia porque no te miré a ti de esa manera.
—No me tientes, Bonita —advirtió, y vi una oscuridad en sus ojos que me hizo estremecer de verdad—. Porque yo no soy amable cuando me provocan.
—Pruébame —susurré.
Lo decía en serio y no. Quería que me besara para olvidar que no tenía nombre, pero también quería huir porque él era demasiado intenso para alguien que apenas estaba aprendiendo a respirar de nuevo.
—A tu cuarto —ordenó él, señalando la escalera. Su dedo temblaba por la contención—. Antes de que olvide que soy el que se supone que debe protegerte.
Le lancé una última mirada, una máscara de diversión sobre mi miedo profundo, y subí las escaleras. Sabía que me miraba. Sentía su ardor en mi espalda. Una vez en el piso de arriba, me encerré en la habitación y me apoyé contra la puerta, dejando que el pánico finalmente me inundara.
No sabía quién era, pero sabía una cosa: estaba atrapada con un hombre que me deseaba y me asustaba a partes iguales. Y lo peor de todo era que no estaba segura de cuál de las dos cosas me daba más miedo.
