Capítulo 5 Capítulo 5: Curvas, insectos y un Capitán al límite

El silencio de la casa se vio interrumpido por el sonido del agua golpeando contra los azulejos del piso de arriba. Me quedé en la cocina, apretando una taza de café negro como si fuera el único ancla que me mantenía unido a la cordura. Tener a esa mujer bajo mi techo era como guardar dinamita en una chimenea encendida. No sabía quién era, pero su presencia llenaba cada rincón, cada sombra, recordándome que debajo de mi uniforme de Capitán, seguía siendo un hombre con instintos peligrosos.

Escuché que la ducha se detenía. Unos minutos después, el crujido de la madera en el pasillo me indicó que ya había salido.

—¿Coleman? —Su voz bajó las escaleras antes que ella.

Me giré, con una respuesta sarcástica preparada en la punta de la lengua, pero las palabras se me atascaron en la garganta. Bonita estaba de pie en el umbral de la sala, envuelta únicamente en una toalla blanca que apenas le llegaba a la mitad del muslo y que parecía sostenerse por pura voluntad divina sobre sus hombros húmedos. Pequeñas gotas de agua resbalaban por su clavícula y se perdían en el escote improvisado de la tela.

—¿Qué demonios haces así? —gruñí, dejando la taza con demasiada fuerza sobre la mesa—. Te dije que esperaras arriba.

—Bueno, resulta que el Capitán Rescate es muy bueno salvando gente pero pésimo como anfitrión —respondió ella, caminando hacia mí con una naturalidad que me puso los nervios de punta—. No tengo nada que ponerme. A menos que quieras que camine por aquí como Dios me trajo al mundo, lo cual, por tu cara de susto, creo que te daría un infarto.

—No tengo cara de susto, tengo cara de paciencia agotada —mentí. Mis ojos recorrieron sus piernas húmedas antes de obligarme a mirar al techo—. Tengo una camisa limpia en el cuarto de lavado. Úsala hasta que mañana podamos comprarte algo.

Fui por la prenda y se la extendí como si fuera un escudo. Era una de mis camisas de franela a cuadros, enorme para su estructura pequeña. Ella se la puso allí mismo, soltando la toalla por un segundo antes de deslizar los brazos por las mangas. Tuve que darme la vuelta y contar hasta diez para no perder los estribos.

Cuando volví a mirarla, la camisa le llegaba por encima de las rodillas. Estaba remangándose las manos, dejando ver demasiada piel, y el cabello húmedo le caía sobre los hombros, oscureciendo la tela.

—Me queda como una carpa —se quejó ella, mirándose en el reflejo de la ventana—. Parezco un leñador con crisis de identidad. ¿No tienes nada más... femenino?

—Es eso o una lona de la estación de bomberos. Tú eliges —me senté en el sofá, tratando de enfocarme en unos papeles que no entendía—. Y deja de quejarte. Estás viva, tienes techo y ropa limpia. Muchas quisieran.

—Muchas quisieran estar encerradas con un bombero gruñón que no sabe sonreír —se burló, sentándose en el brazo del sofá opuesto a mí—. Sabes, Ares, creo que en mi vida pasada yo era alguien que te llevaba la contraria profesionalmente. Disfruto demasiado viendo cómo se te marca esa vena en la frente cuando te contradigo.

—Disfrutas demasiado jugando con fuego, Bonita —respondí sin levantar la vista—. Y ya te dije que no te acerques tanto.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te muerda? —Ella se deslizó del brazo del sofá y empezó a caminar por la sala—. Tu casa es tan... aburrida como tú. Todo ordenado, todo en su lugar. ¿Dónde está el caos? ¿Dónde está la diversión?

—El caos está en mi trabajo. Aquí prefiero que las cosas no exploten —dije, justo antes de que ella soltara un grito que me hizo saltar del asiento.

—¡¡Ares!! ¡Maldita sea, muévela! —Ella señaló frenéticamente hacia la base de una lámpara de pie.

—¿Qué pasa? ¿Un incendio? ¿Un asesino?

—¡Es un monstruo! —chilló. Una cucaracha de tamaño considerable, probablemente atraída por la humedad de la noche, corría velozmente por la alfombra.

—Es solo un insecto, Bonita. No seas dramática —me eché a reír, volviéndome a sentar—. El gran peligro del acantilado le tiene miedo a una cucaracha de campo.

El insecto, como si sintiera el desafío, cambió de dirección y se dirigió directo hacia sus pies descalzos. Ella soltó otro grito, esta vez más agudo, y en un movimiento de puro pánico, saltó hacia mí. Yo estaba sentado en el sofá con las piernas abiertas y, antes de que pudiera reaccionar, ella aterrizó directamente en mi regazo, en cuclillas, rodeando mi cuello con sus brazos y escondiendo la cara en mi cuello.

—¡Mátala! ¡Ares, por lo que más quieras, mátala! —sollozaba, temblando contra mí.

El mundo se detuvo. El peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de su piel todavía húmeda y el aroma a jabón me golpearon como una explosión. Pero lo peor fue la sensación inmediata. Al estar ella en cuclillas sobre mis piernas, la camisa de franela se había subido por completo. Sentí su piel suave y cálida directamente contra mis muslos.

No llevaba ropa íntima.

Mis manos, en un acto reflejo para evitar que se cayera, se cerraron sobre su trasero desnudo. La suavidad de su piel bajo mis palmas me quemó. El aire se volvió espeso, casi irrespirable. Ella se quedó quieta de repente, dándose cuenta de la posición en la que estábamos. Sus senos presionaban mi pecho y mis dedos se enterraban en su carne con una urgencia que no pude ocultar.

Ella levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban dilatados, pero ya no por el miedo al insecto, sino por el choque eléctrico que recorría nuestros cuerpos.

—Ares… —susurró, con la respiración entrecortada.

—Te dije que no te acercaras —mi voz era un rugido bajo, cargado de una posesividad oscura. Mis manos la apretaron más, atrayéndola contra mi erección creciente, dejando claro que el juego se había terminado—. No tienes idea de lo que estás provocando.

Estaba a punto de besarla, de reclamar su boca con la misma rudeza con la que mis manos la sujetaban, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose de golpe nos hizo saltar.

—¡Ares! Olvidé las llaves del camión en el… —La voz de Jax se cortó en seco.

Bonita, en un ataque de nervios por ser descubierta, trató de saltar fuera de mi regazo para cubrirse. Pero la alfombra resbaló bajo sus pies y la camisa de franela, ya de por sí desacomodada, se abrió mientras ella caía de lado hacia el suelo.

En su inercia por evitar el golpe, terminó medio recostada, con la pierna derecha estirada y la camisa subida hasta la cadera, dejando al descubierto la curva perfecta de su muslo y mucho más de lo que el honor de un bombero debería permitir ver.

Jax se quedó congelado en la puerta, con los ojos fijos en la escena. El silencio era tan denso que podía oírse el latido de tres corazones desbocados.

—¡Jax, fuera de aquí! —rugí, poniéndome de pie de un salto y lanzándole un cojín a la chica para que se cubriera, mientras mi cuerpo vibraba de una furia asesina.

—Yo… lo siento… yo… —Jax tartamudeó, retrocediendo con la cara roja como un tomate—. No sabía que… la habitación de invitados estaba… ocupada en el sofá. ¡Me voy!

La puerta se cerró con un estruendo. Bonita se quedó en el suelo, cubriéndose con el cojín, jadeando y con las mejillas encendidas. Me acerqué a ella, extendiendo una mano para levantarla, pero mi mirada seguía fija en sus piernas.

—Te lo advierto, Bonita —dije con la voz ronca, ayudándola a ponerse de pie sin soltarla del brazo—. Si vuelves a aparecerte sin ropa cerca de mis hombres o de mí, no habrá cucaracha que te salve de lo que voy a hacerte.

Ella me miró, y a pesar de la vergüenza, una chispa de triunfo brilló en sus ojos.

—Entonces asegúrate de que no haya bichos en mi habitación, Capitán —respondió, soltándose de mi agarre con un movimiento de caderas—. Porque la próxima vez, puede que no intente saltar lejos de ti.

Subió las escaleras sin mirar atrás, dejándome solo con el fantasma de su piel en mis manos y un incendio en las venas que ninguna manguera podría apagar. Aquella mujer era un peligro, y yo estaba a punto de quemarme vivo.

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