Capítulo 6 Capítulo 6: La rendición del Capitán
La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rugido lejano del mar contra el acantilado y el tic-tac rítmico del reloj en el pasillo. Yo estaba tumbado en mi cama, con el brazo sobre los ojos, tratando de ignorar que al otro lado de la pared dormía la mujer que estaba destrozando cada gramo de mi autocontrol. El contacto de sus muslos contra los míos en el sofá todavía me quemaba la piel; el tacto de su seda natural bajo mis dedos me perseguía como un fantasma.
Había intentado convencerme de que esto era solo un rescate más largo de lo habitual, pero la forma en que mi cuerpo reaccionaba a ella me decía que era una mentira peligrosa.
De repente, un leve crujido en la madera me puso en alerta. Mis sentidos de bombero, siempre atentos a cualquier cambio en el entorno, se dispararon. Escuché el pomo de mi puerta girar con una lentitud tortuosa. Me incorporé sobre los codos, con la mandíbula tensa, justo cuando una silueta pequeña se filtraba en la habitación.
—¿Bonita? —mi voz sonó más ronca de lo que pretendía en la oscuridad—. ¿Qué demonios haces aquí? Te dije que te quedaras en tu cuarto.
Ella no respondió de inmediato. Caminó hacia mi cama con pasos vacilantes, arrastrando los pies. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba su figura, revelando que todavía llevaba puesta mi camisa de franela, ahora arrugada y con los botones mal abrochados en su prisa por vestirse. Antes de que pudiera encender la luz de la mesita de noche o decirle que se largara, ella se dejó caer en el borde del colchón y, sin previo aviso, rodeó mi cintura con sus brazos, hundiendo la cara en mi pecho.
—No puedo dormir, Ares —susurró contra mi piel. Su voz estaba cargada de un miedo genuino, despojada de toda la arrogancia y el sarcasmo que había mostrado durante el día—. Por favor, no me corras.
Me quedé helado, con las manos en el aire, debatiendo entre apartarla o ceder al calor que emanaba de ella.
—Escúchame, esto no es buena idea —dije, tratando de sonar firme mientras mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Estás confundida. El hospital, la amnesia, el accidente... es normal que tengas pesadillas, pero no puedes estar en mi cama.
—No son pesadillas —dijo ella, apretando más el agarre—. Es el vacío. Cuando cierro los ojos, no hay nada. Solo una oscuridad inmensa que me traga. Me siento como si estuviera cayendo de nuevo por ese acantilado, pero esta vez no estás tú para atraparme.
Intenté desenganchar sus brazos de mi cintura, pero ella se aferró con una fuerza sorprendente.
—Bonita, mírame —le obligué a levantar la cara, sujetándola por los hombros—. Soy el Capitán Coleman. Mi trabajo es mantener a la gente a salvo, y ahora mismo, lo más seguro para ti es estar en tu habitación y lo más seguro para mí es que estés a diez metros de distancia.
—¿Por qué? —preguntó ella, con sus ojos brillando en la penumbra—. ¿De qué tienes miedo, Capitán? ¿De que me dé cuenta de que debajo de ese uniforme de hierro tienes un corazón que late tan rápido como el mío?
—Tengo miedo de que no sepas lo que estás haciendo —siseé, sintiendo cómo mi resolución se desmoronaba—. No sabes quién eres. No sabes si tienes a alguien esperándote, si tienes un pasado que te reclama. No puedes regalarme esto así de fácil.
—No estoy regalando nada —respondió ella, y por un momento, la insolencia regresó a su voz—. Estoy reclamando un lugar donde el ruido de mi cabeza se detiene. Tu voz es lo único que me ancla a la realidad. No me pidas que vuelva a la oscuridad.
—Solo una hora —cedí, cometiendo el error más grande de mi vida—. Te quedas aquí hasta que te tranquilices y luego te llevas tus curvas y tus problemas de vuelta a tu cuarto. ¿Entendido?
Ella asintió, pero en lugar de sentarse a un lado, se deslizó bajo las sábanas. Intenté protestar, pero ella ya se había acomodado, pegando su espalda a mi costado y entrelazando sus piernas con las mías. El contacto era eléctrico. Mis piernas, velludas y pesadas, se vieron envueltas por la suavidad increíble de las suyas. La camisa de franela se le subió de nuevo, dejando que su piel rozara la mía sin barreras.
—Eres un testarudo, Coleman —murmuró ella, acomodando su cabeza en el hueco de mi hombro.
—Y tú eres un desastre ambulante —respondí, aunque mi mano, de forma traicionera, empezó a acariciar su cabello húmedo.
Empezamos a hablar en susurros. Ella me preguntaba cosas de la estación, de cómo era ser bombero, y yo le contaba historias de rescates para mantener su mente ocupada. Discutimos por tonterías: ella decía que yo era demasiado mandón, y yo le decía que ella era una ingobernable. Era una charla divertida, cargada de una intimidad que no debería existir entre dos extraños, pero que se sentía más real que cualquier otra cosa.
—¿Crees que soy una mala persona? —preguntó de pronto, su voz volviéndose pesada por el sueño—. Digo... por lo del acantilado.
—Creo que estabas desesperada —dije con sinceridad—. Y creo que la persona que eres ahora, la que me insulta y me desafía, es alguien que vale la pena rescatar mil veces.
Ella no respondió. El ritmo de su respiración cambió, volviéndose lento y profundo. Me giré un poco para verla y me di cuenta de que se había quedado dormida en medio de la frase. El cansancio del trauma y la seguridad que, por alguna razón, sentía a mi lado, la habían vencido.
Me quedé allí, atrapado bajo su peso, observándola. Con el movimiento de acomodarse, los botones superiores de la camisa se habían soltado más. La tela se abría justo lo suficiente para dejar a la vista el inicio de la curva de sus pechos, subiendo y bajando con cada respiración. La luz de la luna perfilaba su piel como si fuera mármol, pero un mármol cálido y vivo que me invitaba a pecar.
Sus piernas seguían enredadas con las mías, un nudo de deseo y protección. Podía sentir el calor que emanaba de su vientre contra mi cadera. Era la tortura más dulce del mundo. Debería haberla despertado y llevado a su cuarto, pero verla tan en paz, sin esa sombra de angustia en los ojos, me hizo flaquear.
—Bonita… —susurré, rozando con el pulgar la línea de su mandíbula—. No tienes idea del incendio que has provocado.
Ella soltó un pequeño gemido en sueños y se apretó más contra mí, buscando mi calor. Su mano se posó en mi pecho, justo sobre mi corazón, que latía con una violencia que amenazaba con despertarla. En ese momento, no había Capitán, no había reglas, no había pasado. Solo estábamos nosotros dos, dos náufragos en una cama de Atenas, esperando a que el sol saliera para recordarnos que la realidad siempre termina por quemarlo todo.
Me obligué a cerrar los ojos, tratando de ignorar la vista de su pecho entreabierto y la sensación de sus piernas sobre las mías. Me dije a mí mismo que solo sería esta noche. Que mañana volvería a ser el Capitán Coleman y ella sería solo la chica sin nombre que necesitaba ayuda. Pero mientras el sueño me vencía, supe que era una mentira. Estaba perdido. Y lo peor era que no quería que nadie me rescatara de ella.
