Capítulo 7 Ecos en el silencio

POV RAQUEL

Desperté con el corazón martilleando contra mis costillas, envuelta en un aroma que ya empezaba a reconocer como mi único refugio: madera, humo y ese frío metálico de la lluvia antes de caer. Estiré la mano, buscando el calor que me había servido de ancla durante la noche, pero las sábanas a mi lado estaban frías. El hueco donde Ares había estado yacía vacío, aunque la almohada todavía conservaba la marca de su cabeza.

Me incorporé lentamente, sintiendo un leve mareo. Sobre la mesita de noche, había una nota escrita con una caligrafía firme, casi agresiva, pero extrañamente pulcra.

"Bonita, el desayuno está en la cocina. Calienta el café. He tenido que salir a la estación, el deber no espera ni por las suicidas testarudas. No abras la puerta a nadie. Si quemas la casa o recuerdas quién eres, llama a este número."

Al final, un número de teléfono y una sola inicial: A.

—A de Ares. A de arrogante —susurré, dejando la nota sobre la cama.

Me puse en pie, arrastrando la camisa de franela que me servía de vestido. El silencio de la casa era abrumador. En el hospital, el ruido de las máquinas y las voces de las enfermeras me impedían pensar, pero aquí, sola en este santuario de piedra y madera, el vacío en mi cabeza se sentía como un grito sordo.

Caminé hacia la cocina. El desayuno estaba allí: fruta cortada con una precisión casi quirúrgica, pan tostado y una cafetera llena. Ares Coleman era un hombre de contradicciones; un guerrero del fuego que se tomaba el tiempo de preparar el desayuno para una extraña que solo le traía problemas.

Pasé el resto de la mañana deambulando por la casa. Toqué las paredes, los libros en las estanterías, las fotos de la estación de bomberos. Buscaba algo, cualquier cosa que hiciera "clic" en mi cerebro. Pero nada. Mi mente seguía siendo una habitación a oscuras con las puertas cerradas con llave.

—¿Quién eres? —me pregunté frente al espejo del pasillo.

Me miré fijamente a los ojos. No eran los ojos de alguien que quisiera morir, Ares tenía razón en eso. Eran los ojos de alguien que huía. Pero, ¿de qué? ¿De quién?

Me senté en el sofá, el mismo donde anoche casi pierdo la cordura bajo el peso de su cuerpo. Cerré los ojos y traté de forzar la cerradura de mi memoria.

Luces blancas. El olor a laca para el cabello. El roce de un tul áspero contra mis piernas. Una mujer elegante mirándome con orgullo. "Eres perfecta, hija". Y luego, el frío. Un hombre de pelo cano entregándome un papel. "Firma. Hazlo por la familia".

—¡No! —grité, abriendo los ojos de golpe. Mis manos temblaban.

No recordaba el rostro del hombre, ni el lugar, pero la sensación de asfixia era tan real que tuve que salir al porche para respirar el aire salado del mar. Me quedé allí, mirando el horizonte, sintiéndome como un barco a la deriva.

—No soy solo "Bonita" —murmuré para el viento—. Tengo que tener un nombre. Un nombre que no sea un piropo de un bombero gruñón.

De repente, una palabra golpeó mi mente como una campanada en medio de la noche.

Raquel.

Me quedé helada. El nombre no llegó acompañado de una imagen clara, sino de una sensación de pertenencia. Era suave, pero con una fuerza que me hizo erguir la espalda.

—Raquel —repetí, probando el sonido en mis labios—. Raquel.

Sonaba a música. Sonaba a zapatillas de ballet golpeando el suelo de madera. Sonaba a libertad.

Pasaron las horas. El sol empezó a descender, tiñendo el cielo de un naranja sangriento que me recordó a las llamas que Ares combatía. Empecé a sentir una ansiedad creciente. ¿Y si no volvía? ¿Y si decidía que yo era demasiada carga? La dependencia que sentía hacia él me asustaba más que la propia amnesia.

Finalmente, el motor del Jeep rompió el silencio del camino. Mi corazón dio un vuelco. Corrí hacia la puerta, pero me detuve justo antes de abrir, obligándome a recuperar la máscara de indiferencia que tanto le molestaba.

Ares entró cargando varias bolsas de papel. Se veía cansado; tenía una mancha de hollín en la mejilla y el cabello más alborotado que de costumbre. Al verme, se detuvo y me recorrió con la mirada, asegurándose de que seguía entera.

—Vaya, la casa sigue en pie. Supongo que es un avance —dijo, dejando las bolsas sobre la mesa de la cocina.

—Soy muy cuidadosa con los incendios, Capitán. Deberías saberlo —respondí, acercándome con curiosidad a las bolsas.

—He pasado por el centro comercial antes de volver. No podías seguir usando mi ropa para siempre, aunque Jax parece opinar lo contrario —gruñó, y noté un destello de celos en sus ojos que me hizo sonreír internamente.

Empecé a sacar las cosas. Había vaqueros, jerséis de lana suave, un vestido sencillo y… me quedé paralizada al ver la última bolsa. Era ropa interior. Encaje fino, seda, cosas que Ares Coleman no debería saber elegir con tanto gusto.

—Vaya, Capitán… No sabía que tenías un doctorado en lencería —dije, levantando un conjunto de encaje negro con dos dedos, lanzándole una mirada pícara.

Él se aclaró la garganta, y juraría que un leve rastro de color subió por su cuello. —La dependienta me ayudó. Solo le dije que eras… complicada y pequeña.

—Complicada y pequeña. Qué romántico —me reí, pero mi corazón se sentía cálido—. Gracias, Ares. De verdad.

—No te acostumbres. Es solo para que dejes de pasearte en toalla frente a mis amigos —se sentó en una silla, suspirando con cansancio—. ¿Cómo ha ido el día? ¿Algún avance en esa cabeza de chorlito?

Me acerqué a él, dejando la ropa a un lado. Me apoyé en la mesa, quedando frente a él. La atmósfera cambió de golpe, volviéndose pesada, íntima.

—He pasado todo el día pensando. Mirando las paredes. Tratando de encontrar una grieta en el muro —dije en voz baja.

—¿Y? —Ares se inclinó hacia adelante, su mirada fija en la mía.

—He recordado algo. O al menos, un nombre —hice una pausa, dejando que la expectación creciera—. Raquel.

Ares repitió el nombre en un susurro, como si estuviera pesándolo. —Raquel.

—No sé si es mi nombre, o el de alguien que conocía, pero cuando lo dije en voz alta… sentí que algo encajaba. Se siente… real. Como tú.

—Raquel —dijo él de nuevo, esta vez con más firmeza. Se puso en pie, quedando a centímetros de mí. Su mano subió hasta mi rostro, rozando mi mejilla con una ternura que me desarmó—. Te queda bien. Es un nombre con fuerza. Pero me va a costar dejar de llamarte Bonita.

—Puedes seguir haciéndolo cuando estemos solos —susurré, dejándome llevar por su cercanía—. Aunque debo confesarte algo, Capitán.

—¿Qué?

Miré la camisa de franela que aún llevaba puesta, la tela desgastada que olía a él. —Estas ropas nuevas están bien, pero creo que me gustan más tus camisas. Son más cálidas. Y huelen a ti.

Ares soltó un gruñido bajo, una mezcla de frustración y deseo. Su mano bajó hasta mi nuca, tirando suavemente de mi cabello para que lo mirara.

—Raquel, no tienes idea de lo difícil que es intentar ser el "buen tutor" contigo —dijo con la voz ronca—. Me pides que te proteja, pero eres tú la que me está empujando al borde del abismo.

—Tal vez me gusta el abismo, Ares —respondí, acortando la distancia hasta que nuestros labios casi se rozaron—. Al fin y al cabo, tú fuiste quien me enseñó que se puede sobrevivir a la caída.

Él no aguantó más. Me rodeó la cintura con sus brazos y me pegó a su cuerpo con una urgencia que me hizo soltar un gemido de sorpresa. Sus labios buscaron los míos en un beso que no tenía nada de rescate y todo de incendio. Fue rudo, posesivo, una reclamación silenciosa de que, se llamara como se llamara, yo le pertenecía en esa cocina, en esa casa, en ese momento.

Me aferré a sus hombros, devolviéndole el beso con la misma desesperación. En medio del olvido de mi vida pasada, este hombre era mi única verdad. Raquel o Bonita, no importaba. Lo único que importaba era el fuego que amenazaba con consumirnos a los dos antes de que el pasado llamara a la puerta.

Se separó de mí jadeando, apoyando su frente contra la mía. —Ve a probarte esa ropa, Raquel —dijo con esfuerzo—. Antes de que olvide todas las promesas que le hice a la trabajadora social y te quite esa camisa aquí mismo.

Sonreí, saboreando mi nuevo nombre y mi nueva victoria. —A la orden, mi Capitán.

Subí las escaleras con el corazón desbocado, sabiendo que el incendio que Ares intentaba apagar acababa de volverse incontrolable. Y lo mejor de todo era que yo no tenía ninguna intención de llamar a los bomberos.

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