Capítulo 1 La traición

—Luces perfecta, Renata.

Sonrío al escuchar las palabras de Mariana, mi hermana menor. Avanzo hacia el espejo de cuerpo entero del salón privado del hotel y este me devuelve la imagen de una mujer que está a punto de dar el paso más importante de su vida, pero una inquietud amarga flota en el fondo de mi estómago.

—¿Crees que Omar estará satisfecho con el vestido que escogí? —inquiero, algo insegura.

Si algo caracteriza a la familia de mi prometido es lo conservadores que son. Los Sandoval valoran las apariencias, la discreción y el protocolo por encima de cualquier emoción humana real. Yo, en cambio, he elegido un vestido corte sirena, confeccionado en encaje refinado que se ajusta a mis curvas y culmina en un escote corazón bastante pronunciado. Es elegante, pero indiscutiblemente atrevido para sus estándares.

Mariana me mira a través del espejo al tiempo que acomoda mi velo sobre los hombros.

—Estará fascinado porque está completamente enamorado de ti —cuchichea con una sonrisa tibia que le devuelvo de inmediato—. Voy por papá, ya es hora.

Se acerca, me da un beso suave en la mejilla y me susurra al oído:

—Espero que seas muy feliz, Renata.

—Gracias —murmuro, viéndola marchar a través del reflejo.

Me quedo a solas unos minutos. El silencio de la habitación me permite tomar una respiración profunda, tratando de frenar el temblor involuntario de mis manos. A los pocos instantes, la puerta se abre de nuevo y aparece mi padre. Luce impecable en su frac, pero sus ojos están vidriosos. Parpadea despacio, conteniéndose con fuerza para no llorar y evitar así hacerme romper en llanto a mí también.

—Tu madre estaría emocionada de verte así —dice con la voz rasposa por la emoción.

—Lo sé —susurro. Levanto la mano izquierda, dejando que la luz del candelabro haga brillar el brazalete de zafiros y plata que le perteneció a ella y que llevo conmigo como mi amuleto este día—. Ella está aquí con nosotros.

Mi padre asiente en silencio, tragando saliva.

—Así es, mi niña. Pero debemos irnos ya; tu suegra está al borde del colapso de la ansiedad —dice, poniendo los ojos en blanco con una pequeña mueca que me saca una risa nerviosa.

Tomo mi bouquet de rosas rojas, acomodo la pesada falda del vestido y salgo del brazo de mi padre hacia el pasillo principal con dirección al gran salón donde se llevará a cabo la ceremonia. A mitad de camino, la organizadora de bodas aparece apresurada con su carpeta y su auricular, haciéndonos señas para que apuremos el paso.

Sin embargo, una marea helada de nervios me golpea el vientre.

—Papá... necesito usar el baño. Ahora —le cuchicheo, apretándole el brazo.

Él rueda los ojos y suelta una risita baja.

—¿En serio, Renata? ¿No puedes aguantar hasta después de los votos?

Niego con la cabeza, mordiéndome el labio inferior con urgencia. Me acerco a la organizadora, quien me indica una puerta de madera oscura al fondo del pasillo del personal.

—Puede ir rápido, señorita Alarcón. Aún hay tiempo porque el novio todavía no ha ocupado su lugar en el altar —dice con profesionalismo antes de volver a hablar por su micrófono.

No lo pienso dos veces. Levanto la falda del vestido para no tropezar, corro como puedo sobre mis tacones de aguja y empujo la puerta del baño. El lugar está en penumbra, iluminado solo por las luces del tocador. Mientras busco un cubículo libre, un sonido ahogado detiene mis pasos: jadeos rítmicos y sofocados que provienen de una de las divisiones del fondo.

Sintiendo una punzada de diversión por la imprudencia de alguna pareja rompiendo las reglas en pleno evento, me meto en el cubículo contiguo. Como puedo con mi falda ajustada y el encaje, me pongo de cuclillas sobre el inodoro para evitar hacer ruido, mientras al otro lado del panel de madera los jadeos se hacen más continuos, acompañados por el chasquido inconfundible de la piel colisionando con fuerza contra la piel.

«Eso, no pierdan el ritmo», pienso con sarcasmo para mis adentros, esperando terminar rápido para salir de ahí.

Estoy acomodándome cuando una serie de susurros atraviesa la separación de madera.

—¡Sí! —jadea la voz femenina, aguda y fuera de sí—. Métemela más...

El aire se congela en mis pulmones. Un escalofrío violento me recorre la columna al reconocer el timbre exacto de esa voz.

Mariana.

—Omar... más duro —suplica ella entre gemidos.

Mis ojos se abren de par en par. La sangre se me drena del rostro por completo. Instantes después, la respuesta de mi futuro esposo llega desde el otro lado, ronca, agitada y descarada:

—Eres una tentación, maldita sea...

El estómago se me revuelve. El corazón comienza a latir desbocado contra mis costillas, produciendo un zumbido ensordecedor en mis oídos. Despacio, sin emitir el más mínimo ruido, me enderezo. Las manos me tiemblan tanto que casi dejo caer el ramo de rosas. Apoyo la palma contra la pared fría para no perder el equilibrio.

Avanzo hacia la puerta del cubículo de al lado, impulsada por un instinto primario que acalla todo dolor y lo transforma en una rabia ciega y fría.

—Acaba de una puta vez, que se hace tarde —sisea Mariana al otro lado.

No aguanto más. Empujo la puerta del cubículo con un golpe seco y violento que resuena en todo el recinto.

La escena que queda expuesta me golpea directamente en el pecho. Mi hermana, con el vestido de dama de honor levantado hasta la cintura, está acorralada contra el azulejo, mientras Omar, con el traje de novio a medio desabrochar, la sujeta por las caderas.

Ambos se congelan al instante. El color desaparece de sus rostros y ahogan un grito de pánico.

—¿Renata? —susurra Omar, apartándose torpemente de ella mientras intenta cubrirse, con los ojos desencajados por el terror.

Mariana se baja la falda de golpe, mirándome con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra.

No les doy el lujo de escucharme gritar. No les regalo una sola lágrima. Niego con la cabeza con desprecio, doy media vuelta y salgo del baño a paso firme, ignorando los llamados desesperados de Omar que comienzan a resonar a mis espaldas.

Atravieso los pasillos de servicio como un fantasma, apartando a los meseros y al personal que intentan coordinar la entrada. No miro a mi padre, no miro a la organizadora. Solo busco una salida, cualquier punto por donde el aire no esté contaminado por la mentira.

Empujo las pesadas puertas de cristal de la salida trasera del hotel y el aire gélido de la noche de Chicago me golpea el rostro con la violencia de una bofetada. El contraste entre la calidez del evento y la frialdad exterior me hace reaccionar: estoy en medio de una pesadilla.

—¡Renata! ¡Espera! —escucho la voz de Omar resonar desde el vestíbulo.

La desesperación se apodera de mí. Miro hacia ambos lados del área de valet parking. A pocos metros, con el motor encendido y los faros iluminando la penumbra, una camioneta de lujo de cristales oscuros está a punto de avanzar.

Sin pensarlo dos veces, corro hacia ella, sorteando el peso de mi vestido, abro la puerta del copiloto de un tirón y me subo de golpe, cerrando tras de mí.

El conductor, un hombre de hombros anchos, mandíbula marcada y mirada imponente, me observa con absoluta sorpresa, congelando la mano sobre la palanca de cambios al ver a una mujer vestida de novia irrumpir en su vehículo.

—¡Arranca! ¡Sácame de aquí, por favor! —susurro con la voz completamente rota, mirando por el espejo retrovisor cómo la figura de Omar sale a la calle.

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