Capítulo 2 La intrusa
POV. Jaxson Miller
El ambiente en el restaurante del hotel es asfixiante. El aroma a cortes de carne caros y vino añejo se mezcla con la charla pretenciosa de la élite de Chicago, pero nada de esto logra distraerme del dolor de cabeza que me martillea las sienes.
Frente a mí, Dayton, mi agente, gesticula con exasperación sobre la mesa mientras desliza la pantalla de su tableta.
—Esto se está saliendo de control, Jax —habla en un susurro cargado de pánico—. Tres patrocinadores principales han llamado hoy para congelar sus contratos. Tres. Y la directiva del equipo no está nada feliz con la imagen del quarterback estrella de los Chicago Bearsen todos los portales de chismes.
Sostengo mi vaso de whisky sin probar una sola gota, apretando la mandíbula.
—Sabes perfectamente que lo que dijo Alyssa es una patraña —respondo con voz fría y baja.
—¡Claro que lo sé! Pero a la prensa no le importa la verdad, le importa el drama. Desde que tu ex hizo ese bendito live acusándote de ser un mujeriego, un infiel, la opinión pública te quiere colgar. Para los medios ya no eres el líder que llevó al equipo a los playoffs; eres el chico malo de la NFL que rompe corazones.
—Alyssa quería un perro faldero, no una pareja. Solo estaba bien cuando pagaba sus cuentas y le cumplía sus caprichos. Cuando la dejé, buscó la manera de cobrarme con seguidores y vistas —digo, apoyando los codos sobre la mesa y mirándolo fijamente—. No voy a salir a pedir disculpas por algo que no hice.
—Pues vas a tener que inventar algo, porque la prensa está afuera devorándote vivo —insiste Dayton, pasándose una mano por la calva sudorosa—. Necesitamos limpiar tu reputación ya. Un perfil bajo, una imagen familiar, algo que demuestre que no eres el salvaje que ella pintó.
—Mis padres están bien lejos de este drama y así se van a quedar. Señalo con severidad. —Lo más sensato es que me tome estos meses antes del inicio de temporada. Me voy al rancho, Dayton. Donde nadie joda —sentencio, dejando un billete de cien dólares sobre la mesa y poniéndome de pie.
—¡Jax, no puedes simplemente salir huyendo!
Ignoro sus reclamos. Salgo del restaurante a paso firme, ajustándome la chaqueta de cuero. En cuanto empujo las puertas de cristal hacia el área de valet parking, una ráfaga de flashes me ciega al instante. Una docena de reporteros y paparazzi se abalanzan contra las vallas de seguridad, gritando mi nombre, sosteniendo micrófonos y cámaras con lentes del tamaño de un cañón.
«¿Es verdad lo que dijo Alyssa?», «¿Quién es tu nueva conquista, Jax?», «¿Es verdad que tienes un catálogo donde escoges prostitutas para pasar la noche?», «¿Jax, te someterás al antidoping?», «¿La NFL te va a suspender?».
Camino sin mirar a nadie, con la cara dura como el hormigón. El muchacho del valet me entrega las llaves de mi camioneta con las manos temblorosas y la puerta del vehículo ya abierta. Otra cosa que detestaba Alyssa. Quería pasear en un deportivo, pero mi cuerpo parece un embutido dentro de uno. ¡Detesto los malditos autos! Aunque den "estilo y estética" como me repetía ella.
Como si un jodido auto deportivo definiera los ceros en mi cuenta. ¡Maldición! Puedo comprar una docena de esas latas, ponerlas en una línea y pasarles por encima una jodida Monster Trucks solo por diversión y no haría mella en mi saldo bancario.
Me subo de un salto a mi Land Rover, enciendo el motor que ruge con potencia y estoy a punto de poner la palanca en marcha para acelerar y dejar atrás a esa manada de buitres cuando el caos estalla.
Una mancha blanca de tul y encaje cruza la acera a toda velocidad. Un grito ahogado se escucha a lo lejos y, antes de que pueda reaccionar, la puerta del copiloto se abre de un tirón seco. Una mujer se lanza enérgicamente hacia el interior de mi camioneta, azotando la puerta tras de sí con una fuerza desesperada.
El aroma a rosas frescas y a perfume caro azota de golpe el aire cerrado del vehículo.
Me quedo petrificado, congelando la mano sobre la palanca de cambios mientras contemplo a la intrusa. Lleva un vestido de novia impecable con corte sirena y un velo desordenado. Su respiración es frenética, acelerada, y por el espejo retrovisor diviso a un tipo en esmoquin desaliñado corriendo hacia la calle y que creo reconocer.
—¡Arranca! ¡Sácame de aquí, por favor! —susurra ella con la voz completamente rota, mirándome con unos ojos de un azul intenso que arden entre el pánico y una rabia contenida.
Los flashes de los paparazzi comienzan a golpear los cristales oscuros de mi camioneta como un enjambre de avispas.
—¿Qué carajo...? —suelto, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa—. ¿Qué coño crees que haces? Baja de mi camioneta. ¡Ahora!
«No estoy para dramas ajenos ni para novias arrepentidas. Bastantes problemas tengo ya con mi propia vida ahora mismo».
Pero ella ni se inmuta. Se pega al respaldo del asiento y me sostiene la mirada con unos ojos de un azul intenso que arden entre el pánico y una rabia contenida.
—¡No me voy a bajar! —se niega, con la voz temblorosa pero firme como el acero—. Por favor... te lo suplico, solo arranca. Sácame de aquí una sola cuadra y me bajo donde quieras, ¡pero sácame de aquí ya!
—¡Dije que te bajes! —espeto, dispuesto a estirarme para abrir la puerta del copiloto y sacarla yo mismo.
En ese preciso segundo, el desastre se multiplica.
Los paparazzi, hambrientos de cualquier movimiento, se dan cuenta de la figura blanca que subió a mi vehículo. En cuestión de tres segundos, una marea de fotógrafos rodea la Land Rover. Los flashes comienzan a golpear los cristales oscuros como un enjambre de avispas y los deslumbrantes destellos iluminan el interior. Las cámaras se pegan al vidrio, capturando la imagen perfecta: el quarterback repudiado de la NFL escapando con una mujer vestida de novia.
¡Maldita sea! Esto solo va a empeorar mi actual situación. Mañana los titulares dirán que me robé a una prometida en la puerta de su propia boda.
—¡Maldición! —siseo entre dientes, apretando el volante hasta que me duelen los nudillos.
Pongo la palanca de cambios en marcha, me olvido de las explicaciones y hundo el pie en el acelerador a fondo. Los neumáticos chillan contra el asfalto, sacándonos a toda velocidad de ese lugar.
