Capítulo 3 Escape.

El motor de la camioneta ruge con una fuerza brutal en cuanto el hombre a mi lado hunde el pie en el acelerador. Las llantas rechinan contra el pavimento húmedo del hotel, disparándonos hacia la avenida principal mientras la figura de Omar se reduce a una mancha borrosa e insignificante en el espejo retrovisor.

Cierro los ojos un segundo, escuchando el latido desbocado de mi propio corazón retumbando en mis oídos. El olor a cuero costoso, madera fina y un perfume masculino sobrio y amaderado me envuelve por completo, sacándome de forma violenta del ambiente sofocante de gardenias y mentiras del hotel.

—Espero que tengas una excelente explicación para irrumpir en mi vehículo como una prófuga de la justicia —dice una voz profunda, áspera y completamente tranquila a mi lado.

Abro los ojos y me giro ligeramente hacia el asiento del conductor. La luz tenue de los faros de la ciudad perfila su rostro: una mandíbula dura, marcada, hombros anchos que llenan por completo la cabina y una mirada fija en la carretera que transmite un control absoluto. No hay pánico en sus gestos; solo una curiosidad fría y calculadora.

—Solo... conduce, por favor —susurro, apretando los puños sobre la falda de encaje de mi vestido. Las manos me tiemblan, no por miedo, sino por la marea de rabia que aún amenaza con ahogarme—. Necesito salir de aquí antes de perder la cabeza.

Él suelta una risa seca, un sonido grave que vibra en el aire cerrado del auto.

—Tengo noticias para ti, novia a la fuga: no soy un servicio de taxi ni un coche de escape gratuito. Y si crees que voy a dar vueltas por el centro de Chicago con una mujer vestida de blanco en el copiloto mientras la prensa o la policía me persiguen, estás muy equivocada. Además, acabas de complicarme la noche y puede que la jodida vida.

—Lo siento y no te preocupes, que nadie llamará a la policía —digo con voz firme, aunque mi garganta arde—. Mi exprometido es demasiado orgulloso para admitir ante las autoridades que su prometida huyó minutos antes de la boda. Prefiere morir antes que arruinar su preciosa reputación.

—¿De verdad que no te preocupa subir al auto de un desconocido? Inquiere y me mira unos segundos antes de clavar sus ojos en el espejo retrovisor. —¿Acaso no lees las noticias sobre los psicópatas que hay en cada esquina?

—Créeme, ese es el menor de mis problemas —susurro viendo por la ventanilla las luces de la ciudad y cierro los ojos cuando la imagen de Mariana con Omar teniendo sexo me golpea.

Parpadeo antes de mirar de nuevo al desconocido que conduce. El hombre me mira de reojo. Sus ojos oscuros recorren mi velo desordenado, el escote corazón y el brazalete de mi madre en mi muñeca, antes de regresar la atención al camino.

—Tengo un viaje de dos horas por delante —anuncia sin rodeos, cambiando de carril con una destreza impecable—. Voy a mi rancho, a las afueras. Es el único lugar donde nadie me molesta. Te dejaré en la primera estación de servicio; no puedo hacer más por ti.

—Llévame contigo —respondo de inmediato, sin dudar un solo milisegundo—. No me importa dónde sea. Como si fuera al final del mundo. Necesito desaparecer.

—No lo creo. Dime algo. Esto es una trampa, ¿verdad? Alyssa te contrató y esto es una treta más de su parte.

Lo miro sin entender porque no sé de qué habla.

—¿Alyssa?

—Vamos, ahora vas a decir que no la conoces —suelta un bufido desbordando incredulidad. —¿También vas a decir que no sabes quién soy?

Parpadeo con sorpresa.

—¿Debería conocerte? lo siento, pero no te he visto en mi vida.

Él suelta una carcajada desprovista de alegría y se detiene en un alto.

—A ver, mentirosilla. Voy a hacer que te creo lo de Alyssa. Pero es imposible que alguien en esta ciudad y medio país no me conozca, porque actualmente soy el mejor quarterback. —Su tono desborda ironía y me pregunto si me está tomando el pelo o es real lo que dice.

—Lo siento, pero es verdad. Y la razón debe ser porque no soy de aquí y no me gusta el futbol. Tengo mejores cosas que ver hombres correr con una pelota.

Mis palabras lo ofenden y, por primera vez desde que salí del hotel, una sonrisa se quiere filtrar en mis labios.

—Acabas de ofender a tu salvador. —Dice en tono seco antes de tenderme la mano de manera inesperada. —Jaxson Miller. Pero todos me llaman Jax.

Miro su mano y entonces largo la mia dándole un apretón.

—Renata Alarcón.

—Y, dime, Renata. ¿Se puede saber quién es el imbécil que te hizo salir corriendo así? —pregunta cuando me deshago del apretón de mano.

Me cruzo de brazos, apoyando la cabeza contra el respaldo de cuero.

—Mi futuro esposo fue lo que paso —murmuro, y el nombre sabe a veneno en mi lengua—. Omar me engañó con la última persona que esperaría. —Farfullo y me aclaro la garganta antes de continuar. —Omar Sandoval ha sido mi peor desgracia.

El vehículo da un ligero bandazo cuando sus manos se tensan de golpe sobre el volante de cuero. El ambiente dentro de la camioneta cambia drásticamente; la indiferencia de mi acompañante se transforma en una curiosidad innata.

—¿Dijiste Sandoval? —inquiere, girando la cara hacia mí por un instante prolongado—. ¿Los Sandoval del valle?

Él deja escapar un silbido bajo, seguido de una sonrisa torcida llena de sarcasmo. Noto que toma una carretera alterna que supongo va a su rancho. Sé que mi padre debe estar preguntándose qué sucedió. Pero no puedo lidiar con la traición de Mariana. Esa es la que me cala más profundo.

Parpadeo y noto que Jaxson espera una respuesta.

—Sí —asiento con amargura, mirando fijamente la noche a través del cristal—. Su gloriosa y perfecta dinastía conservadora. O al menos eso es lo que le venden a todo el mundo.

—No me jodas... Compré las tierras colindantes a la hacienda principal de los Sandoval cuando firmé mi primer contrato profesional con la NFL. Llevo meses escuchando al arrogante de su hijo hablar en el club de campo sobre su "boda del año" y su prometida perfecta.

El aire se me atora en la garganta al conectar las piezas. Lo miro de golpe, reparando en su porte, la estructura de sus hombros y esa aura impetuosa que solo tienen los atletas de alto nivel.

—¿Eres... vecino de los Sandoval?

—Lamentablemente para ellos, que llevan dos años intentando comprar mis tierras —responde él, cruzando la frontera del condado mientras acelera aún más en la recta solitaria—. Sin embargo, últimamente había escuchado el rumor de pasillo de que no estaban bien financieramente, pero que dentro de nada harían un buen negocio —me mira. —Supongo que tú eras ese negocio

Respiro profundo y niego.

—Ya no —digo, y una sonrisa fría y decidida asoma en mis labios—. A partir de esta noche, soy su peor pesadilla.

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