Capítulo 4 En tierra extraña

La camioneta detiene su marcha frente a una imponente residencia que combina lo robusto de la madera y la piedra con ventanales enormes de diseño moderno. Las luces cálidas del pórtico iluminan la entrada, recortando las siluetas de dos personas que aguardan a un costado de los escalones.

Un hombre mayor, de sombrero tejano y contextura recia, y una mujer de apariencia afable con un delantal pulcro salen a recibir al vehículo en cuanto Jax apaga el motor.

Nos bajamos al mismo tiempo. El aire de la noche en el campo es limpio, helado y silencioso. En cuanto la luz del porche me ilumina de lleno, los rostros de ambas personas mutan a una mezcla de absoluto shock y descolocación al ver bajar a una mujer con un voluminoso vestido de novia lleno de encaje y el velo desordenado.

—Santo cielo... —exclama la mujer, llevándose una mano al pecho mientras mira a Jax con los ojos abiertos de par en par—. ¿Pero qué hiciste ahora, Jaxson?

Jax suelta una risita baja y rasposa, cargada de sarcasmo. Se acerca a ella y le da un abrazo afectuoso por los hombros antes de responder:

—Tranquila, Marta. Solo salvaba a alguien que estaba en verdaderos problemas.

Luego, Jax se gira hacia mí y me indica la entrada con un gesto de la mano.

—Ellos son Marta y Pascual, mis personas de confianza. —Asiento.

—Un gusto. Soy Renata y Jaxson me salvó de una situación incómoda.

Pascual y Marta intercambian una mirada antes de verlo a él, que niega.

—Pasa, Renata.

Me quedo parada sobre la grava al escuchar a Jaxson, apretando la falda de mi vestido, dudando durante un segundo sobre si dar el paso. Al notarme indecisa, Jax se ríe con ironía y niega con la cabeza.

—Vas a estar a salvo —dice con diversión fría—. Si ya te echaste un viaje por la autopista con un desconocido, no creo que le tengas miedo a mi personal de confianza.

Siento el rubor subirme a las mejillas. Le dedico una sonrisa apenada a la señora y limpio las palmas de mis manos contra la tela del vestido.

—Disculpe —digo dirigiéndome al ama de llaves—. ¿Será que puedo usar un teléfono, por favor?

—Por supuesto que sí, mi niña, faltaba más —responde la mujer con genuina amabilidad.

Jax se gira hacia el ama de llaves antes de avanzar.

—Marta, por favor, consíguele una muda de ropa limpia.

—No, por favor, no quiero ser una molestia... —Intento intervenir, pero Jax simplemente me ignora con una mano en alto mientras camina hacia el interior, mientras ajusta la chaqueta de cuero que lleva puesta y se mueve con gracia a pesar de su altura y complexión física.

Entramos a la casa. El lugar es espectacular, con techos altos con vigas de madera expuesta, grandes ventanales que dan hacia la penumbra del campo, muebles de cuero sobrios y un toque contemporáneo que destila un lujo refinado pero acogedor. Marta me guía por un pasillo hasta una especie de biblioteca privada, iluminada por la luz suave de una lámpara de pie y rodeada de estanterías de roble.

—Puedes usar este teléfono fijo con toda tranquilidad, querida. Te dejo sola para que hagas tu llamada —me dice Marta con una sonrisa tibia antes de cerrar la puerta tras de sí.

Con los dedos temblorosos, marco de memoria el número de mi padre. El tono suena una, dos veces, hasta que descuelgan de golpe.

—¿Hola?

—Hola, papá —digo en un tono de voz que esfuerzo por mantener serena.

—¿Renata? —La voz de mi padre suena azorada, ahogada por un evidente pánico—. ¡Dios mío, Renata! ¿Dónde estás? ¿Qué fue lo que pasó?

El nudo en mi garganta amenaza con cerrarse del todo, pero me fuerzo a mantener la compostura. No puedo decirle la verdad por teléfono. No puedo destrozarlo revelándole que Mariana estaba en ese baño.

—Papá... estoy bien —susurro, apretando el auricular contra mi oreja—. Lo siento mucho. Perdóname por salir así, pero... no podía casarme con Omar. Simplemente no podía.

—Hija, me estás volviendo loco. ¿Por qué no dijiste nada antes? ¿Dónde estás? Voy a buscarte ahora mismo.

Cierro los ojos unos segundos antes de responder.

—Estoy bien, de verdad. En un lugar seguro —miento para no alarmarlo más—. Mañana por la mañana te llamo para que vengas por mí, te lo prometo.

Se escucha un suspiro pesado del otro lado.

—Tu hermana está deshecha, descontrolada buscando respuestas; Mariana está muy preocupada por ti —añade mi padre con angustia—. Y los Sandoval... bueno, están ofendidísimos. Consideran un insulto público haber dejado plantado a Omar en el altar de esa manera.

Trago saliva con amargura al escuchar el nombre de Mariana, sintiendo una punzada de rabia fría recorriéndome la espalda, pero no entro en detalles.

—Te amo, papá. Nos vemos pronto —digo con rapidez antes de que la voz se me quiebre.

—Te amo, cariño...

Cuelgo el teléfono. En cuanto la llamada se corta, la puerta de la biblioteca se abre despacio. Marta entra sosteniendo un doblez de ropa limpia entre los brazos.

—Si quieres, puedo llevarte a una habitación de invitados para que descanses —dice con dulzura deduciendo mi malestar debido a mi vestimenta.

Me paso los dedos por las mejillas y descubro, con sorpresa, lágrimas que han bajado mientras hablaba con mi padre. Me las limpio rápidamente y asiento. Sin embargo, al mirar la ropa que lleva, dudo un segundo.

—Muchas gracias, pero... no me parece adecuado usar ropa de alguna extraña —murmuro con cierta incomodidad.

Marta sonríe y niega con la cabeza.

—Descuida. No es de ninguna ex de Jaxson. Esta ropa es de Jessie, la hermana menor de Jax. A veces se queda aquí y deja algunas cosas. Te aseguro que no tendrá ningún problema en que la uses.

Suelto un suspiro de alivio. Me guía subiendo por una escalinata de madera hasta una habitación de invitados amplia, impecable y acogedora. No veo a Jaxson por ningún lado del pasillo. Marta me deja la ropa sobre la cómoda, me desea buenas noches con amabilidad y se retira cerrando la puerta.

Entonces me deshago del pesado vestido de novia, sintiendo cómo cae al suelo como una armadura inservible. Entre la muda de ropa que me dejó Marta hay un pijama suave. Me lo pongo con torpeza, me siento en medio de la enorme cama y es en ese preciso instante de soledad absoluta donde el escudo se rompe por completo.

El llanto contenido estalla en mi pecho. Lloro por la traición de mi propia sangre, por la humillación, por la mentira en la que vivía. El llanto no se detiene hasta que el agotamiento físico y mental gana la batalla y Morfeo me arrastra finalmente a un sueño pesado.

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