Capítulo 5 Golpe de realidad
Me despierto a medianoche con la garganta seca y un dolor de cabeza punzante, producto de haber dejado salir todas mis emociones y llorar hasta quedar exhausta. La casa está sumida en una profunda penumbra y en un silencio absoluto. Me siento en la cama y me sirvo un poco de agua de la jarra de cristal que está sobre la mesa de noche y le doy un sorbo, aliviando momentáneamente mi garganta seca antes de decidir salir de la habitación en busca de la cocina para encontrar algún analgésico.
El pasillo apenas se encuentra iluminado y no he dado tres pasos cuando una figura se cruza en mi trayecto. Es Jaxson. Lleva puesto solo un pantalón de pijama, sin camisa, y la débil luz de la luna que se filtra por los ventanales deja al descubierto su torso firme, elegante y de complexión atlética.
Este se detiene al verme, parpadeando con expresión curiosa.
—¿Estás bien? —pregunta con su voz ronca de madrugada.
—Sí... solo necesito un analgésico, me duele la cabeza —respondo en un susurro, llevándome una mano a la sien.
Él asiente de inmediato y agradezco que no mencione mi aspecto.
—Espera aquí, creo que tengo algo en mi habitación —dice, dándose la vuelta y desapareciendo dentro de la misma por unos segundos.
Me quedo aguardando en el pasillo, sintiendo el aire fresco de la noche. Cuando regresa, me entrega una pastilla sobre la palma de la mano.
—Gracias —digo en voz baja, mirándolo a los ojos—. Y no solo por el analgésico... Gracias por haberme ayudado a pesar de no conocerme de nada.
Jax suelta una sonrisa torcida y leve.
—Conozco de sobra a los Sandoval y al idiota de tu ex, con eso es suficiente —responde, guiñándome un ojo con complicidad.
Asiento con una pequeña mueca de agradecimiento. Se queda observándome un instante más antes de preguntar con cautela:
—¿Qué fue lo que pasó realmente?
Lo miro durante unos segundos eternos. El dolor vuelve a punzarme en el pecho, y es extraño porque, si bien su traición me ha dolido el ego, la que me ha sepultado es Mariana; saber que mi hermana fue capaz de meterse con Omar… eso es lo que más duele.
Suelto un suspiro pesado antes de mirar a Jaxson.
—Lo encontré... engañándome con mi hermana.
La mandíbula de Jax se tensa al instante y sus ojos oscuros destellan con incredulidad.
—Ese imbécil es un maldito bastardo —masculla, negando con la cabeza—. Pero tu hermana... eso es de una bajeza imperdonable.
Asiento despacio, sintiendo un nudo en la garganta, y desvío la mirada, sin querer pensar más en ello.
—Ya pasó —susurro con pesar—. Gracias por el Advil. Será mejor que me vaya a descansar.
—Buenas noches, Renata.
—Buenas noches, Jax.
Me doy la vuelta y regreso a la habitación de invitados, tomándome la pastilla con un vaso de agua que encuentro en la mesita de noche. Vuelvo a meterme entre las sábanas y, aunque la cabeza sigue latiéndome, el peso en el pecho se siente un poco más ligero antes de volver a caer en un sueño profundo.
Me despierto a la mañana siguiente sintiendo la luz del sol filtrarse en haces dorados a través de las cortinas de la ventana.
Intento orientarme, pero lo que termina de despabilarme por completo son unas voces firmes que resuenan desde el pasillo. Antes de que pueda incorporarme del todo, la puerta de la habitación se abre de golpe.
Jaxson entra a la estancia. No hay ni un rastro de "buenos días" en su rostro. Se ve serio, con la mandíbula apretada y una tablet sujetada con fuerza en su mano derecha.
—Buenos días para ti también —murmuro con sorna.
—No hay tiempo para buenos días —suelta con voz dura y tajante, mirándome fijamente—. Tenemos un problema. Uno muy grande. Así que levántate, porque necesito que hoy seas tú la que me salve el trasero a mí.
Sin darme espacio para procesar sus palabras, lanza la tablet sobre el acolchado de la cama y sale de la habitación sin decir una sola palabra más, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedo estática unos segundos sin entender a qué se refiere. Estiro la mano, tomo el aparato y enciendo la pantalla iluminada.
Un portal principal de noticias de entretenimiento despliega una fotografía enorme de anoche: mi figura vestida de novia subiendo a la Land Rover de Jaxson bajo la ráfaga de flashes en el hotel.
El titular en letras negritas y gigantescas reza:
«JAX LO VUELVE A HACER: ¿QUIÉN ES LA NOVIA FUGITIVA QUE EL QUARTERBACK SE ROBÓ DEL ALTAR?»
La respiración se me corta. Aprieto la tablet entre mis manos mientras los ojos se me abren de par en par.
—Mierda... —susurro al aire.
Parpadeó un par de veces antes de caer en cuenta de todo lo que esto engloba. Hago a un lado la tablet y salgo de la cama. Tomo la ropa que amablemente Marta dejó anoche con el pijama y me cambio a toda prisa con el pantalón de mezclilla y el suéter que quedan un poco holgados, pero son un alivio comparados con el sofocante encaje del vestido de novia que descansa doblado sobre una silla. Me recojo el cabello en una coleta alta, me lavo la cara para borrar el rastro del llanto de anoche y tomo la tablet.
Entonces la mente de consultora estratégica, que ha permanecido adormecida por el shock emocional, se activa en un milisegundo: evaluación de riesgos, cálculo de daños y control de crisis. Bajo los escalones de madera a paso firme. Las voces masculinas resonando desde el salón principal me guían de inmediato.
En el centro de la impresionante estancia de estilo rústico, la escena es caótica. Jaxson camina de un lado a otro como un depredador enjaulado, vestido con pantalones oscuros y una camiseta gris que remarca su espalda ancha. Frente a él, un hombre de mediana edad, calvo, enfundado en un traje costoso y secándose el sudor de la frente con un pañuelo, gesticula con pánico mientras sostiene un teléfono celular.
—¡Es un maldito desastre, Jax! ¡Un maldito desastre de proporciones bíblicas! —exclama el hombre.
—Cálmate de una puta vez, Dayton, y dime qué dijo exactamente el viejo —ordena Jax con voz de mando, deteniéndose justo cuando nota mi presencia en el pasillo.
Dayton se gira de golpe y, al verme, casi se le cae el teléfono de las manos. Se queda boquiabierto, mirándome de arriba abajo como si estuviera viendo a un fantasma.
—Santo cielo... la novia fugitiva está en tu cocina —murmura el tal Dayton, pasándose la mano por la calva—. Dime que esto es una pesadilla.
El hombre mira a Jaxson como si le hubiese salido una segunda cabeza y luego a mí.
Así que supongo que esto es un total desastre.
