Capítulo 7 Bajo mis Condiciones

Dayton se sienta al borde de uno de los sofás de cuero y nos observa por encima de sus gafas.

—Muy bien —dice Dayton, aclarándose la garganta—. Soy todo oídos.

Me cruzo de brazos y doy un paso al frente, asumiendo el control de la estancia con la misma frialdad con la que solía dirigir las reuniones de junta directiva.

—Cláusula número uno: Límites y contacto físico —dictamino en voz alta y pausada—. Cero tocamientos sin consentimiento fuera de la vista de ojos indiscretos. En privado somos socios de negocios, nada más. En público, las muestras de afecto serán calculadas, sobrias y estrictamente profesionales: tomar la mano, una mano en la cintura para las fotografías y nada más.

Jax, que sigue apoyado contra la mesa con los brazos cruzados sobre su impresionante pecho, suelta una risa rasposa y baja, negando con la cabeza.

—¿Sobrias? —desafía Jax con una sonrisa torcida, peligrosa y profundamente burlona en los labios—. Por favor, mujer. Si salimos a la prensa dándonos la mano como dos adolescentes en su primera cita escolar, nadie se va a tragar que me robé a una novia el día de su boda por pura pasión desenfrenada.

—Es un acuerdo de protección de imagen, Miller, no una película erótica —reviro, clavándole una mirada helada.

—La prensa del entretenimiento vive de la química, princesita —contraataca él, dando un paso lento hacia mí, reduciendo la distancia hasta que puedo sentir el calor denso que emana de su cuerpo—. Para que los tabloides nos crean y los patrocinadores que no soy un peligro para sus marcas, la mierda tiene que verse real. Si te tomo de la cintura frente a un fotógrafo, no voy a rozarte con la punta de los dedos como si fueras de cristal; voy a sostenerte como si fueras mía. Así que añade a tu famosa cláusula que los besos no están descartados si la situación mediática lo exige.

El pulso se me acelera sutilmente en el cuello, pero no retrocedo ni un solo milímetro. Sostengo su mirada oscura con la barbilla en alto.

—Solo si la situación lo requiere y bajo mi previa autorización en el momento —concedo a regañadientes, sintiendo el calor subirme a las mejillas—. Dayton, anota eso.

Dayton escribe frenéticamente en el papel, murmurando entre dientes.

—Cláusula número dos: Duración del contrato —continúo, apartando los ojos con esfuerzo de la figura de Jax—. El acuerdo estará vigente hasta que la directiva del equipo limpie tu expediente, tus patrocinadores confirmen sus contratos y el primer golpe financiero contra los Sandoval esté completamente ejecutado. Ni un día más, ni un día menos.

—Aceptado —asiente Jax, perdiendo la burla por un segundo para mostrar al hombre de negocios pragmático.

—Cláusula número tres: Límites personales —prosigo con severidad—. Ninguno de los dos tiene derecho a interferir en la vida privada, decisiones sentimentales o asuntos personales del otro fuera del objetivo de este acuerdo. Mantendremos líneas de comunicación exclusivamente para la estrategia.

Jax entorna los ojos, mirándome con una mezcla de diversión y un descaro que me enciende la sangre.

—Tranquila, no pensaba pedirte que me hagas el desayuno ni que opines sobre mis horarios de entrenamiento... a menos que quieras venir a verme sudar en el gimnasio o en el campo, por supuesto —añade con una pausa calculada y una sonrisita de suficiencia.

Lo ignoro por completo, fingiendo que su comentario no ha provocado un pequeño cortocircuito en mi mente.

—Y cláusula número cuatro: La estrategia mediática inicial —concluyo, mirando a Dayton—. Nada de salir a dar declaraciones atropelladas en la calle. Diseñaremos un comunicado de prensa coordinado desde mi oficina y programaremos una entrevista exclusiva en un medio de alto impacto si la situación lo requiere. Controlaremos la narrativa desde el minuto uno.

Dayton levanta la vista del bloc, visiblemente impresionado.

—Maldita sea... eres realmente buena en esto —admite el agente, dejando escapar un suspiro de alivio—. Con esa narrativa, el dueño del equipo se va a tragar el cuento completo.

—Soy la mejor en lo que hago —respondo con frialdad—. Ahora, Miller, ¿alguna objeción antes de que pongamos esto por escrito y lo firmemos?

Jax da un último paso, quedando peligrosamente cerca de mí. Se inclina ligeramente, fijando sus ojos en los míos con una intensidad que me eriza la piel de los brazos.

—Ninguna objeción, mi futura y falsa novia —susurra con voz ronca, saboreando la palabra como si fuera un juego privado entre los dos—. Solo asegúrate de aguantar el ritmo, porque cuando este circo empiece, no hay marcha atrás.

Se endereza de golpe, mirándome con suficiencia, y echa un vistazo hacia el pasillo como si el asunto hubiera terminado.

—Bueno, si ya terminamos con el pliego petitorio, creo que iré a entrenar... —empieza a decir, girándose hacia su representante.

—Lamento romper tu burbuja, quarterback estrella —espeto, cruzándome de brazos con una sonrisa socarrona—. Debo ir por mis pertenencias al hotel, así que tu entrenamiento de la mañana tendrá que posponerse unas horas.

Jax se detiene en seco. Gira la cabeza lentamente hacia mí, y esa expresión de indiferencia se transforma en una chispa de diversión descarada y pícara que recorre cada facción de su rostro.

—Ah, ¿sí?  —pregunta con un tono lánguido, dando un paso más hacia mi espacio personal, sabiendo perfectamente lo que está haciendo—. ¿Quieres que te acompañe a la escena del crimen a rescatar tu ropa interior y tus tacones de diseño, Alarcón? Vaya, la farsa empieza antes de lo previsto. Qué eficiente de tu parte.

—Necesito recoger mis cosas personales, Miller —respondo con la voz un poco más tensa de lo que pretendía, traicionada por la cercanía de su cuerpo atlético—. Y vas a venir conmigo porque necesito que los fotógrafos y la prensa nos vean juntos desde el primer minuto. ¿Querías que se viera real? Bueno, lo tienes.

Jax suelta una risa baja, un sonido gutural que vibra en el silencio de la estancia, y se pasa una mano por la nuca con aire de depredador que se divierte con su presa.

—Oh, preciosa... —murmura con una suficiencia exasperante, inclinándose lo justo para que el calor de su aliento roce la línea de mi mandíbula—, si vas a jugar con fuego, al menos asegúrate de saber apagarlo. Prepárate. Vamos a darles a los tabloides el espectáculo de sus vidas.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo