Capítulo 2 La confrontación
—¡Emily!— exclama Gabriel apartándose de la mujer que aún sigue acostada sobre su escritorio.
Con la respiración acelerada, no puedo apartar la vista de la escena que tengo frente a mí mientras los gemidos de ambos aún resuenan en mis oídos.
El corazón me late con tanta fuerza contra las costillas que siento que voy a desmayarme en cualquier momento, así que solo me recuesto contra el marco de la puerta, incapaz de moverme, de hablar o de pensar con claridad, mientras observo a mi novio.
Detrás de mí, el pasillo de contabilidad está en completo silencio. Los cubículos vacíos y las luces tenues hacen que cada sonido se amplifique. Primero eran los gemidos y golpeteos, ahora la voz aguda e irritante de Gabriel mientras pide que lo dejé explicarse.
—¡Emily, amor, déjame explicarte! —dice mi novio con una voz ridículamente chillona, mientras aún tiene los pantalones en los tobillos —esto no es lo que parece. Te lo puedo explicar y…
—¿No es lo que parece? —lo interrumpo yo, casi sin voz. —¿Qué parte exactamente no es lo que parece, Gabriel? — pregunto, dejando escapar una pequeña risa amarga.
—Emi, por favor…
—Primero vístete —mi voz sale más como un gruñido que otra cosa, pero no me importa —no pienso hablar contigo mientras aún sigues dentro de ella.
Con mis manos aún temblando, observo fijamente a Gabriel quien enseguida se separa de Luciana y empieza a hablar de forma frenética mientras se sube los pantalones, con el preservativo aún puesto.
¿Qué se supone que Gabriel me va a explicar?
¿Cómo rayos va a explicar semejante situación?
Luciana, por su parte, se toma su tiempo para cubrirse, mientras me mira de reojo con una expresión que no tiene ni una gota de arrepentimiento. En cambio, en sus ojos hay orgullo. Satisfacción. Victoria.
Esa perra.
—Emi, por favor —dice Gabriel, aún desaliñado, con la camisa azul que yo le regalé abierta y manchada del labial rojo de Luciana.
—Emily, amiga, no es lo que piensas… —dice ella mientras se baja la falda, pero sin hacer nada por bajarse del escritorio.
—Mierda, Emi…
—Gabriel, ¿dónde están mis bragas?
Esa última frase de Luciana me saca del estupor. La rabia, el dolor y la humillación se mezclan en mi pecho como un nudo imposible de desatar. Me limpio las lágrimas con rabia y doy un paso adelante, pero los brazos de mi jefe me envuelven desde atrás y me tiran hacia él, alejándome del espectáculo frente a mi.
—¡Emily, no es lo que tú piensas! —chilla Gabriel intentando acercarse, pero Luciana lo detiene tomándolo de la camisa.
Es absurdo. Patético. Él ni siquiera se ha vestido del todo, la oficina entera huele a sexo y ella todavía se atreve a tocarlo delante de mi.
¿Y no es lo que estoy pensando?
Intento decir algo, cualquier cosa, pero solo puedo hacer una extraña mueca llena de desprecio.
—Es suficiente. Vamos —ordena Cristian con voz firme y profunda que no admite discusión.
De pronto, la atención de la pareja se desplaza entonces hacia él. Gabriel tensa la mandíbula y aprieta los puños al darse cuenta de que no solo yo lo había visto. Su tío, el director ejecutivo de Blackwood Global Holdings, también ha presenciando todo.
Es increíble que ninguno se haya dado cuenta que él los haya estado observado. Es asqueroso.
Gabriel gruñe algo con tono molesto que enseguida es respondido con sarcasmo por su tío, pero yo apenas y registro sus palabras. Solo lo observo a él y a Luciana.
Los minutos se sienten eternos mientras las voces de ambos suben de tono. Gabriel empieza a soltar insultos, acusándome de cosas absurdas, hablando de la “maldita cercanía” que supuestamente tengo con su tío mientras él aún sigue allí de pie junto a su amante.
Es patético.
Mi jefe y yo jamás hemos sido cercanos, la mayor interacción fuera de la oficina que hemos tenido ha sido esta y sigue siendo dentro de la empresa.
Por la esquina de mi ojo, otra lágrima empieza a bajar, y con rabia la limpio rápidamente.
Sintiéndome mucho más que molesta, intento dar un paso adelante otra vez, pero mis pies resbalan por la comida en el piso y mi jefe vuelve a sujetarme, cosa que Gabriel toma como una ofensa.
Él mira las manos de Cristian sobre mis brazos y algo oscuro cruza su rostro. Celos. Pura rabia infantil.
—¿Ahora te escondes detrás de él? —escupe—. ¿Cuánto tiempo llevas follándotelo a mis espaldas, eh?
El insulto me golpea con tanta fuerza que por un segundo el aire abandona mis pulmones.
¿Me está llamando infiel a mí?
—¿Yo? —susurro con incredulidad—. ¿Tú estás ahí con el pantalón abierto, cubierto de sudor y oliendo a sexo, y aún tienes el descaro de acusarme a mí? —pregunto en voz baja.
Las lágrimas me arden en los ojos, pero me niego a dejarlas caer otra vez. Gabriel no merece que yo llore por él.
—Emily, tú…
Siento cómo el cuerpo de Cristian se tensa detrás de mí antes de hablar.
—Gabriel, cierra la boca antes de que digas algo de lo que realmente te arrepientas —advierte mi jefe.
Pero Gabriel ya no escuchara, y yo lo se.
Él siempre ha sentido ese resentimiento infantil hacia su tío, esa mezcla de celos y complejo de inferioridad que nunca he entendido del todo. Pero ¿ahora acusarme a mí? ¿En medio de esto?
Todo es tan surrealista que siento como una sonrisa lenta y amarga empieza a formarse en mis labios a pesar de las lágrimas que estoy conteniendo.
Él es quien ha sido infiel.
Él es el que me ha traicionado.
¿Y aun así tiene el descaro de sentir celos de alguien que ni siquiera me agrada?
Esto es lo más absurdo que he vivido en toda mi vida.
Dejándome llevar por la rabia, y sin pensarlo demasiado me coloco al lado de su tío antes de tomar su mano y entrelazar nuestros dedos juntos.
