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El tío de mi ex es mi jefe... Y ahora mi esposo

El tío de mi ex es mi jefe... Y ahora mi esposo

Rosa Gonzalez · Completado · 76.7k Palabras

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Introducción

Descubrir a su novio engañándola con su compañera de trabajo ya era suficiente desastre. Pero después de una noche de tragos y malas decisiones, Emily despierta casada con su jefe… el mismo hombre que resulta ser el tío de su ex.
Y lo peor es que él no tiene intención de dejarla ir.

Capítulo 1

Mientras camino por el pasillo oscuro y desierto no puedo evitar soltar un suspiro de resignación. Se supone que la oficina debería estar vacía a esta hora, a excepción del personal de seguridad, pero aquí estoy yo, camino a buscar comida para mi jefe, quien decidió trabajar hasta tarde un viernes por la noche por primera vez desde que empecé a trabajar aquí.

Es algo raro. Cristian Blackwood jamás suele hacer este tipo de cosas. Es un hombre de rutinas estrictas, frío y calculador, que normalmente abandona la oficina mucho antes que el resto, así que cuando me dijo que necesitaba que me quedara a ayudarlo a organizar cierta información confidencial, no discutí, solo asentí, sonreí de la forma más profesional que pude y me puse manos a la obra intentando disimular mi desconcierto.

Soy consciente que en este momento podría estar cenando con tranquilidad, esperando a mi novio o incluso tomando alguna copa con alguna de las chicas luego de una larga semana de trabajo.

Pero no, mi jefe decidió que era una buena idea quedarse hasta tarde, y yo, como su asistente personal, no tenía otra opción que acompañarlo.

Para cuando se hicieron las ocho de la noche no pude soportarlo más y solicité comida para ambos. Solo media hora después, me llegó la notificación de que el repartidor ya estaba abajo.

—¿Necesita ayuda con eso? —pregunta uno de los guardias de seguridad acercándose cuando el repartidor se va con una gran propina en el bolsillo. Todo cortesía de Blackwood Global Holdings, el segundo mayor conglomerado del país, con intereses en tecnología, finanzas, hoteles de lujo, bienes raíces y muchas otras áreas más.

Fijo mi mirada en las bolsas que él repartidor acaba de dejar. Estoy por asentir cuando una voz se me adelanta.

—Eso no será necesario —dice una voz ronca, baja e imponente detrás de nosotros—. Yo me encargo.

No tengo que voltear para saber de quién se trata, pero aún así lo hago. A mi lado, el guardia de seguridad se despide nervioso con su presencia.

Es tan alto que tengo que subir la mirada para poder enfrentarlo.

Alto, musculoso, apuesto de una forma casi intimidante.

Así es Cristian Blackwood.

Pero él no solo es eso. También es un jefe sumamente frío, exigente y calculador que no duda en corregirme delante de todos, a pesar de que se podría decir que somos familia, pues mi novio, con quien llevo ya dos años de relación, es el hijo de su hermana mayor. Es decir, su sobrino.

— ¿Emily? —mi jefe dice mi nombre a modo de pregunta. Le molesta cuando no respondo con eficiencia.

—Lo siento, señor —mascullo sintiéndome incómoda—. No será necesario.

—¿Segura? —dice con su mirada fija en las tres bolsas con comida para llevar que solicité—. ¿Por qué has pedido tanto? — pregunta con un tono de impaciencia en voz.

Atónita, lo miro fijamente mientras recuerdo la lista de “no” que me dio cuando le dije que iba a ordenar comida.

No quería sopa.

No quería ensalada.

No quería comida rápida.

No quería comida pesada.

No quería comida fría.

Fueron tantos no que simplemente no supe que pedirle y termine pidiendo un poco de todo. Algo de lo que está allí dentro debe de llamarle la atención.

—Una hamburguesa hubiese sido suficiente… —masculla él en voz baja mientras revisa el interior de las bolsas.

¿Una hamburguesa?

¿Es en serio?

Tensa, aprieto los dientes antes de hablar.

—Si regresa a la oficina, yo le llevaré su cena, señor —digo intentando que me deje a solas.

De pronto, su mirada se entrecierra y pasea de la comida a mí varias veces hasta que se detiene en el guardia de seguridad que se detuvo a varios metros de distancia cerca de la puerta, fingiendo no escuchar nuestra conversación.

Sé exactamente lo que está pensando y antes de que diga cualquier cosa, tomo una respiración profunda y procedo a dar una breve explicación.

Como no sabía exactamente lo que él quería, solicité diferentes opciones para él, teniendo pensando dejarle el resto al personal de seguridad de su parte, además de que solicité una cena para mí… y otra para Gabriel, mi novio, quien trabaja en el área contable y también se ha quedado hasta tarde trabajando.

Cuando termino de explicar, mi jefe asiente en silencio y toma las tres bolsas en sus manos grandes y firmes.

—Entiendo —asiente antes de señalar el ascensor — vamos.

Confundida, intento protestar, pero él ya está caminando hacia el ascensor que espera abierto para nosotros.

El trayecto hacia la planta de contabilidad es tenso e incómodo. El espacio reducido hace que sea imposible ignorar su presencia: su olor a colonia cara y el olor de los productos de limpieza que usaron para limpiar el ascensor, su altura imponente, el silencio pesado entre nosotros.

Todo es demasiado incómodo.

Sin saber que hacer, miro fijamente las puertas metálicas, tratando de no pensar en lo extraño que resulta que él mismo esté llevando la comida cuando recuerdo que aun lleva lo que pedí para Gabriel.

Para cuando las puertas del ascensor se abren nuevamente yo ya tengo la cena de mi novio en mis manos, y no puedo evitar sonreír un poco a pesar de todo. Me gusta sorprender a Gabriel.

Espero a que mi jefe siga su camino, pero para mí sorpresa, él baja detrás de mi dejando las bolsas en un escritorio al caminar.

—Eh…

—Te acompaño —dice mirando la hora en el caro reloj de su muñeca —la oficina está muy sola.

Confundida lo observo de reojo. Por supuesto que la oficina está sola, es pasada las nueve de la noche.

No sé qué pretende hacer con esto, pero lo ignoro mientras hago mi camino hacia la oficina de Gabriel con él siguiéndome despacio.

A medida que camino por el pasillo de contabilidad hasta la oficina de mi novio, un sonido extraño llega hasta mis oídos. Al principio es lejano, casi irreconocible, pero conforme me acercamos a la oficina de él, se vuelve cada vez más claro.

Gemidos femeninos.

Golpes rítmicos.

Gruñidos masculinos.

Incrédula, no puedo evitar detenerme en seco y voltear a ver a mi jefe quien se detiene a dos metros de mi. Él mira la puerta cerrada de la oficina de mi novio con el ceño fruncido.

No tengo que preguntar si él también lo escucha. Su gesto lo dice todo.

Siento como el corazón me da un vuelco violento y un frío extraño me recorre la espalda cuando el nombre de Gabriel es exclamado por una voz claramente femenina.

No… Imposible.

Debe ser mi imaginación.

Gabriel jamás haría algo así.

—Emily… —murmura mi jefe detrás de mí, pero lo ignoro.

No le respondo. No cuando el sonido que podría ser producto de mi imaginación resuena por todo el pasillo vacío y este mismo parece estarlo escuchando.

Con manos temblorosas que apenas logran tomar el pomo de la puerta de forma correcta, abro la puerta sin tocar.

Y justo en este momento, cuando mi mundo parece detenerse.

Lo primero que viene a mi mente es que esto debe de ser un error, pero entonces lo veo, es él y aunque está de espaldas a mí, lo reconozco al instante. Lleva puesta esa camisa azul que yo misma le regalé hace unas semanas y que lo vi usar más temprano durante el almuerzo. Es inconfundible.

Luego de dos años de relación, podría decirse que conozco cada detalle de él.

Mi novio tiene sujeta a una mujer por los muslos, embistiéndola con golpes secos y rítmicos sobre el escritorio vacío. Cada embestida arranca un gemido alto y cargado de tensión de ella que resuena por todo el lugar y ahora también por el pasillo detrás de mi.

El sonido de sus cuerpos cada vez que se unen. El olor a sexo que me llena las cosas nasales.

Todo es inconfundible.

No…

No puede ser.

Mi novio, el hombre que hasta hace unos días me hablaba de matrimonio, de un futuro juntos, de la casa que quería que comprásemos juntos, está teniendo sexo con otra mujer en su oficina.

De pronto siento como el aire me empieza a faltar.

Detrás de mi, escucho como mi jefe suelta una maldición al mismo tiempo que me sujeta por el brazo cuando mis piernas amenazan con fallar.

—Es suficiente Emily, vámonos— dice mi jefe en voz baja al mismo tiempo que un grito de placer se escapa de la mujer que ignora por completo nuestra presencia.

Aún no me han visto. Están tan perdidos en su propio placer que ni siquiera notan mi presencia a solo unos metros de ellos.

Siento que esto tiene que ser un error. Una pesadilla horrible de la que voy a despertar en cualquier segundo, pero no, es real.

El olor a sexo mezclado con la colonia que le regalé por Navidad me golpea la garganta y hace que las lágrimas empiecen a rodar por mis mejillas sin poder detenerme.

No puedo creer que Gabriel me esté haciendo esto.

—Emily, vamos —susurra mi jefe con voz grave justo al lado de mi oído.

Por un segundo había olvidado que Cristian seguía detrás de mí. Mi jefe. El tío de mi novio. Su cuerpo roza ligeramente el mío en el estrecho marco de la puerta, pero en este momento ni siquiera me importa. Lo único que puedo procesar es que mi novio está dentro de otra mujer y parece estar disfrutándolo demasiado.

—Emily —insiste él, más firme esta vez, pero yo sigo sin poder moverme.

Además, ahora acabo de darme cuenta exactamente cuál es la mujer que tiene entre las piernas. Ese cabello rojo demasiado cuidado cayendo por un lado de su escritorio es inconfundible. Solo hay una persona en toda la empresa con ese color tan llamativo. Luciana. Mi amiga. La misma con la que almuerzo casi todos los días, la que escucha mis quejas sobre el trabajo y mis ilusiones con Gabriel.

Todo es demasiado asqueroso.

Mientras ellos siguen moviéndose de forma desenfrenada, un sollozo se me escapa del pecho mientras mis manos comienzan a temblar violentamente. No puedo dejar de mirar. Es como si mis ojos estuvieran clavados en la peor imagen de mi vida.

Mi novio.

Mi amiga.

Cristian me toma del brazo con firmeza y tira de mí hacia atrás, susurrándome que nos vayamos.

No sé si es por la sorpresa, el brusco movimiento o todo lo que estoy viendo, pero la bolsa con la cena de Gabriel se me resbala de las manos y cae al suelo con un ruido sordo que hace que Gabriel se detenga de golpe.

En cámara lenta, veo como este levanta la cabeza de los pechos expuestos de Luciana y gira el rostro hacia mí. En sus ojos pasa de todo: confusión, reconocimiento, pánico y un atisbo de culpa. Todo mientras aún sigue dentro de ella.

Con mis manos temblando por la rabia, veo como sus ojos pasan de excitación a terror puro en solo un segundo.

—Emi… ¡esto no es lo que parece!

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