Capítulo 3 ¿Que demonios hice?
Un quejido lastimero se me escapa mientras intento abrir los ojos.
El dolor de cabeza es brutal, como si alguien me estuviera martillando el cráneo desde dentro sin ningún tipo de contemplación.
La luz del sol, demasiado brillante para mí gusto, me golpea directo en la cara, de forma cruel y cegadora, así que me cubro los ojos con las manos, pero hasta ese pequeño movimiento hace que una punzada afilada me atraviese las sienes.
—Dios mío… —gimo, sintiendo cómo el estómago se me revuelve con náuseas.
¿Dónde se supone que estoy?
En mi apartamento jamás entra tanta luz por la mañana. Aquí, en cambio, parece que el sol se ha colado sin permiso. Y definitivamente no estoy en el apartamento de Gabriel; sus sábanas siempre huelen a sudor viejo y a calcetines sucios. Estas, en cambio, son suaves, frescas, con un aroma sutil a suavizante y a algo más… algo masculino, caro, que me revuelve todavía más el estómago.
Con los ojos entrecerrados, miro a mi alrededor. Cortinas blancas impecables, una ventana inmensa que ocupa casi toda la pared, muebles minimalistas y elegantes.
Incluso el clima es perfecto. Ni muy caliente. Ni muy frío.
Una simple mirada y se que estoy en un hotel, pero esto no es un hotel cualquiera. Es demasiado elegante para ser algo barato.
Intento incorporarme, pero otra oleada de dolor me clava en la cama, así que me rindo y me quedo allí mientras espero a que las náuseas se vayan.
—Nunca más vuelvo a beber —murmuro con la voz ronca raspando mi garganta.
¿Qué fue lo que me llevo a beber tanto?
Adolorida, cierro los ojos y respiro hondo, mientras espero que los recuerdos empiecen a llegar.
No sé cuánto tiempo pasa, a lo mejor minutos o solo segundos, pero poco a poco los recuerdos empiezan llegar a mí.
La oficina. Gabriel. Los gemidos. Luciana sobre el escritorio, con las piernas abiertas y esa sonrisa victoriosa mientras mi novio se la follaba sin importarle nada.
Dios.
Sin poderlo evitar, otro quejido sale de mi, pero está vez no es solo por el dolor físico sino también por el emocional. El dolor de la traición todavía me quema en el pecho, pero no es solo la infidelidad lo que me duele tanto.
Es su indiferencia después de haberlo hecho y que yo lo descubriera.
Después de que yo salí de allí, Gabriel no me siguió, no me llamó, ni siquiera me envió un simple mensaje para disculparse.
Simplemente no hizo nada cuando me fui de allí.
Eso es lo que realmente me dolió más y lo que todavía me sigue molestando.
¿Cómo el prefirió quedarse con ella, allí en esa oficina, y no venir detrás de mi? ¿De su novia?
Y luego… el bar.
Recuerdo las luces tenues, la música suave, el sabor del tequila quemándome la garganta. Y a él. Cristian Blackwell. Mi jefe. El director ejecutivo de Blackwood Global Holdings. El tío de Gabriel.
Los recuerdos empiezan a llegarme uno tras otros mientras hago lo posible por taparme de la luz del sol con mis manos. Ni siquiera tengo las energías suficientes como para darme la vuelta, mucho menos para levantarme y cerrar las cortinas.
Recuerdo que él estaba allí, sentado a mi lado como una sombra mientras yo solo pedía copa tras copa en ese bar barato de mala muerte, luego de que le pidiera que me dejase en cualquier bar cuando se ofreció a llevarme a casa al salir de la empresa.
También recuerdo como él insistió en acompañarme a pesar se que yo no quería su compañía. Yo solo quería estar sola, tomarme una copa que me hiciera sentir más ligera y lamerme mis heridas a solas.
Y también recuerdo cómo me quitó el vaso de la mano cuando ya iba por el quinto chupito de tequila y segundo vaso de whisky.
—Deja de beber —dijo él, más como una orden que una petición.
Su tono de voz, su presencia, su mirada que me hacía sentir incómoda fue todo lo que necesite para explotar contra él.
Borracha y furiosa, me había inclinado sobre él para recuperar la copa que me quito, pero solo terminé cayendo contra su pecho. Duro. Caliente. Olía demasiado bien. Su mano en mi cintura para estabilizarme había sido firme, pero no me importo a pesar de que los hombres como él, altos, musculosos, sexys, imponentes y autoritarios, jamás han sido de mi tipo.
A mí siempre me han gustado más sencillos, delgados, inteligentes. Cómo Gabriel.
—Si sigues bebiendo así, vas a terminar vomitando —gruñe mi jefe mientras mantiene sus manos en mi para mantenerme derecha.
—¿Y? — pregunto sin importarme que las personas nos estén viendo —. Si le molesta verme tomar una trago, puede irse.
Si mañana recursos humanos me llama por actos indecentes o comportamiento indebido, alegare que estaba fuera de la oficina y fuera de horario laboral.
—Deberías de hacer lo que te digo —sigue insistiendo.
Molesta por su constante interrupción ente mi trago y yo, bufo.
—¿Siempre eres tan controlador o solo es conmigo? —espeto mientras veo como las luces neones que están sobre el techo empiezan a girar.
¿Qué clase de instalaciones eléctricas son estas? —pienso mientras mis labios empiezan a curarse.
—Solo contigo, aparentemente.
—¿Qué? —confundida giro para ver a mí jefe quien se toma de un solo trago mi chupito de tequila.
De pronto, mi vista se vuelve borrosa.
Abro los ojos de nuevo, saliendo del recuerdo, esta vez más alerta.
¿Qué rayos hice anoche? ¿Por qué le hablé así a mi jefe? ¿Y que sucedió ayer? El dolor de cabeza sigue ahí, y ahora sabiendo que posiblemente perdí mi empleo una extraña tensión se apodera de mí, pero no es solo eso lo que me pone en alerta, sino también un peso cálido y pesado sobre mi cintura que no había notado cuando abrí mis ojos por primera vez.
Siento cómo mi cuerpo se congela mientras bajo la mirada lentamente.
Dios.
De pronto lo veo: un brazo masculino. Musculoso, bronceado, con venas marcadas y un vello corporal tan fino que casi no se ve. También veo una mano grande que descansa justo debajo de mis pechos.
El pánico me sube por la garganta mezclado con el vómito, pero respiro.
Respiro fuertemente.
Pero también tengo ganas de gritar.
Y de correr.
Con el corazón latiendo con fuerza, giro la cabeza con cuidado hacia mi izquierda y lo veo.
No puedo ver su rostro porque su cabeza está firmada hacia el lado contrario, pero enseguida lo reconozco.
Esa nuca. Ese cabello oscuro. Ese tono de piel bronceado natural. Es el mismo que veo todos los días de lunes a viernes en un horario de ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde como mucho, menos en días feriados y descansos.
Mi jefe.
Estoy en la cama con mi jefe.
Cristian Blackwell está acostado a mi lado. Completamente desnudo.
Su pecho ancho sube y baja con una respiración profunda y tranquila mientras duerme de forma pacífica a mí lado, mientras yo solo puedo obsérvalo con un terror tan profundo que no se describir. Los músculos definidos de sus abdominales, la línea de vello que baja hasta perderse bajo la sábana...
Es demasiado.
La sábana blanca que ambos estamos compartiendo apenas y cubre sus caderas, pero se, tengo la certeza de que bajo esa sábana él no lleva nada puesto.
—Jum… —no puedo evitar gemir.
Ese cuerpo que definitivamente no solo se la pasa detrás de un escritorio queda a mi vista, pero lo que más me impacta no es eso, sino el hecho de que él no es el único que está desnudo debajo de esta sabana blanca.
Siento cómo el horror me golpea con mucha más fuerza.
Sin recordar cómo, estoy completamente desnuda junto a mi jefe. El tío de mi exnovio. El hombre que anoche me vio desmoronarme mientras descubría la infidelidad de su sobrino y me acompaño mientras estaba bebiendo.
Con manos temblorosas jalo la sábana hacia arriba para cubrirme los pechos que están prácticamente al descubierto.
Esto no puede estar pasando.
Intento moverme despacio, salir de esta cama y ponerme algo de ropa encima antes de empezar a gritar como una loca, pero entonces lo veo.
En mi dedo anular izquierdo brilla un anillo. Grande. Brillante. Inconfundible.
Un anillo de matrimonio.
No puedo seguir controlándolo, el aire abandona mis pulmones. Mi corazón se desboca contra mis costillas con tanta fuerza que creo que voy a vomitar de verdad esta vez.
Ya no es solo el alcohol, ya no es solo la traición ni novio, ahora es mucho, mucho, pero mucho más.
—No… —susurro, con la voz raspando contra mi garganta—. No, no, no…
Sin poder contenerme más, suelto un grito agudo.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HICE?!
