Capítulo 4 Dime que esto no es real
—¡AAAAAHHH!! —dejo escapar el grito que estaba conteniendo a medida que los recuerdos llegan a mi en flases confusos.
Risas ebrias en el bar, la mano de Cristian en mi espalda baja mientras me conducía hasta un taxi, su boca demasiado cerca de mi oído diciendo algo que no logro recordar, el flash de una capilla improvisada…
¿Qué demonios?
Miro el anillo, recuerdo ver una capilla rápida… ¡¿Acaso nos casamos?!
El pánico me invade por completo. Mi respiración se acelera, las náuseas suben, y el terror mezclado con más que no me interesa descubrir en este momento.
¡¿Qué demonios hice?! —repito en mi mente mientras observo como mi jefe se remueve confundido mientras su brazo se aprieta instintivamente alrededor de mi cintura, atrayéndome más contra su cuerpo caliente y desnudo que solo hace que me asuste más.
Mientras él dice algo que yo no logro entender yo solo sigo gritando a pesar de mi dolor de cabeza mientras lo empujó de mi.
—Uhm…
—Tú … que… tú… —intento decir algo, pero mi mente no logra procesar nada más que esto debe de ser una pesadilla.
Una muy, pero muy, pero muy terrible pesadilla.
—¡NO ME TOQUES! —chillo cuando su mano se extiende con mas firmeza encima de mi.
El grito me sale del alma antes de que pueda detenerlo. Mi corazón late tan fuerte que siento que se me va a salir del pecho. Todo duele: la cabeza, el cuerpo, la mente. Pero no me importa, ningún dolor es más importante que saber que rayos sucedió y por que estoy con mi jefe. Cristian Blackwood. Acostado a mi lado. Completamente desnudo. En la misma cama.
—¡No, no, no! —intento gritar de nuevo, pero antes de que pueda sacar otra nota aguda, su mano grande cubre mi boca con firmeza.
—Si tu intención era despertarme, ya lo hiciste —masculla con voz ronca y adormilada, claramente irritado mientras se da la vuelta para verme—. Baja la voz.
Sus ojos oscuros me miran fijo, todavía entrecerrados por el sueño.
Con mi corazón latiendo demasiado fuerte, no hago otra cosa más que quedarme paralizada bajo su palma, sintiendo el calor de su piel contra mis labios y el roce de sus piernas desnudas junto a las mías.
Mi mente es un caos absoluto. ¿Esto es una pesadilla? Por favor, que sea una pesadilla.
Cuando por fin quita la mano, me siento en la cama de golpe, apretando la sábana contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
—¡¿QUÉ HACE USTED AQUÍ?! —grito, sin poder controlarme.
Mi jefe se queja y se masajea la frente.
—¿Acaso no puedes hablar en un tono de voz normal? —se queja —me duele la cabeza.
—¡A MÍ TAMBIÉN ME DUELE! —le respondo casi gritando otra vez.
Su dolor de cabeza es lo que menos me importa en este momento.
Lo miro. Realmente lo miro. Su pecho ancho, los músculos marcados de sus abdominales, esa línea de vello que baja peligrosamente y…
Rayos.
Cuando me senté y jale la sábana para cubrirme, no me di cuenta que le había quitado lo único que lo estaba cubriendo a él.
Con un jadeo cierro los ojos con fuerza antes de tomar la almohada detrás de mi y tirársela encima.
—Cúbrase —digo con mi voz temblando.
La cama se mueve y para mí desconcierto puedo escuchar una risa baja proveniente de él que solo me hace sentir aun más inquieta.
¿Cómo rayos puede estar riéndose en un momento así?
La saliva, que se acumula en mi boca, tengo que tragarla con dificultad. Dios mío, ¿por qué tiene que verse así? ¿Y por qué está a mí lado como si nada?
—Listo —dice luego de varios segundos en silencio.
—¿Seguro? —pregunto al mismo tiempo que abro un ojo con cautela. Luego el otro.
Mi jefe se ha colocado la almohada encima, cubriéndose la entrepierna tal como le he pedido.
—Ahora…
—No me mire así —le suelto, nerviosa.
—¿Así cómo? —pregunta él, confundido, sentándose con total naturalidad como si estuviésemos en su oficina, repasando su agenda de la semana un día cualquiera.
—¡Como si esto fuera normal! —exclamo, señalándonos a los dos.
—Emily…
—No. No. No. No —. Empiezo a negar con mi cabeza a pesar del terrible dolor de cabeza que siento.
Cuando una punzada de dolor hace que suelte un quejido en voz alta, mi jefe se pone de pie sin avisar. Dejando caer al suelo la almohada que lo tapaba y ahí está: todo él, completamente expuesto, sin una pizca de vergüenza. Muslos fuertes, abdomen definido, y… joder. Siento que la cara me arde.
—¡¿QUÉ HACE?! —chillo, girando la cabeza, pero no puedo evitar volver a mirar de reojo.
—Voy por…
—¡CUBRASE! — lo señaló con mi mano de forma exagerada pero él solo se encoge de hombros.
—Anoche eso no parecía molestarte —dice en voz baja, con un tono demasiado tranquilo para todo lo que está sucediendo.
Dios.
Sin querer soportar esto por más tiempo me cubro la cabeza con la sábana y aprieto fuertemente lo ojos.
Si duermo, a lo mejor él desaparezca.
Pero el recuerdo me golpea como un flash violento.
De pronto me veo transportada a esta misma habitación, completamente oscura, solo iluminada por la luz de la luna que entra por la gran ventana mientras unas manos desesperadas me tocan por todos lados mientras yo solo puedo gemir y arquearme de placer.
Esa boca, esos dedos…
—No —susurro, negando con la cabeza—. No. No. No. No.
