Capítulo 5 Hablemos

—Emily… —escucho como me llama en voz baja y eso en lugar de tranquilizarme, solo me hace respirar más fuerte —. Emily… debemos de hablar. ¿Estás bien?

Dios.

¿Cómo rayos me pregunta si estoy bien si acabo de despertar en una habitación extraña, desnuda, y con mi jefe al lado?

Pensé que era un hombre inteligente.

Sin quitarme la sabana de mi rostro niego y solo en acurrucó en la cama mientras me abrazo por las rodillas que llevo hasta mi pecho.

El olor que antes pensé que era algo masculino en las sabanas en realidad es el olor de su colonia y sexo.

Es imposible ignorarlo.

Ambos estamos desnudos, mi cuerpo duele de una forma que no deja lugar a dudas de lo que pasó y todo el lugar huele a sexo, pero no quiero aceptarlo. Me niego a aceptar que me acosté con mi jefe.

Afuera de mi refugio improvisado, escucho ruido. Una puerta abrirse, cerrarse, sonido de lo que espero y sea ropa.

243 segundos hasta que el colchón a mí lado se hunda nuevamente.

—Emily, creo que sería bueno hablar —dice mi jefe sentándose en la cama a mí lado, pero sin tocarme.

Asiento.

Niego.

Muevo mi cabeza en todas las direcciones sin saber realmente que debería de hacer, pero eso solo me hace soltar un quejido de agonía. Siento como si mi cabeza fuese a explotar en cualquier momento.

—¿Resaca? —pregunta.

Asiento.

—Toma.

—¿Qué es eso? —pregunto en voz baja, sin moverme.

—Es solo un poco de agua —dice mi jefe a mí lado —y un analgésico.

Realmente necesitándolo, saco una mano de debajo de la sábana para tomarlo. En cuanto lo hago me doy cuenta que en esta posición es difícil hacerlo así que sin más opción me siento con mucha, pero mucha lentitud a su lado.

Él me observa mientras me acomodo sobre la cama, cerciorándome que ninguna parte de mi cuerpo desnudo, o por lo menos las partes más importantes, queden expuestas a su vista.

—¿Mejor? —pregunta con voz plana luego de que yo me haya tomado todo el contenido de la botella con agua que me dio.

—No —respondo con sinceridad.

Necesito por lo menos media hora para que el analgésico empiece a hacer su efecto, además, de qué ninguna cantidad de analgésicos va a hacerme superar el hecho de que haya despertado desnuda a su lado.

—Necesito respuestas —le digo, con la voz temblando mientras intento no mirar su pecho que aún sigue desnudo. De reojo puedo ver qué ya se puso el pantalón, pero nada más.

Aún así hago todo lo posible por mantener mi mirada en sus ojos oscuros.

—¿Qué quieres saber? —pregunta con demasiada calma, mientras le quita la tapa a otra botella con agua.

Abro la boca. La cierro. Vuelvo a abrirla.

Se lo que debo de preguntar. Se lo que quiero saber.

La cuestión está en que no se cómo hacerlo.

Mi corazón, que no ha dejado de latir fuertemente desde hace ya bastante rato contra mi pecho, late tan rápido que creo que puede verse a través de la sábana.

—¿Emily?

—¿Podrías cerrar las ventanas primero? —pregunto con voz pastosa.

Es una excusa.

Lo se.

Es solo para ganar tiempo, pero también necesito deshacerme de esa constante entrada de luz solar que me pega directo al rostro.

No sé quién rayos fue el que pensó en poner una ventana tan grande que diera paso directo de la luz del sol a esta cama. Pero lo detesto.

Mi jefe hace lo que le pido sin quejarse y luego de un minuto mis ojos que antes ardían por toda la brillante luz, empiezan a descansar.

—Ahora…

Confundida, observo a Cristian Blackwood tomar asiento a mí lado nuevamente. Está actuando de una forma tan tranquila y serena que me hace sentir escalofríos.

Él jamás ha actuado así anteriormente.

¿Acaso es la calma antes de la tormenta?

—Dime por donde quieres empezar —ofrece de forma pausada.

¿Por donde empezar? Si. Creo que ya lo sé.

Con mis manos temblando un poco, pero apretadas con fuerza sobre la sábana en mi pecho, lo miro directo a los ojos antes de hablar.

—¿Nos… acostamos? —pregunto intentando mantener el mismo tono de voz que él.

—Sí.

La palabra cae como una piedra. Siento que el estómago se me revuelve otra vez aunque ya sabía la respuesta. Aún así tenía la esperanza de haber estado equivocada.

—No… —niego, pero mi mirada baja inevitablemente al anillo que brilla en mi dedo anular. Grande, elegante, completamente real—. No… Yo… ¿Y esto? —pregunto en voz tan baja que ni siquiera debería de contar como susurro.

Mi jefe me observa en silencio un momento. Su expresión es seria, pero hay algo en sus ojos que no logro descifrar.

—Emily… estamos casados.

—¿Qué? —niego con mi cabeza de forma lenta.

—Estamos casados —repite con más firmeza —. Legalmente.

El mundo se detiene. A mi alrededor todo se congela. Incluso él, parece congelarse por un segundo antes de ver cómo inclina ligeramente su cabeza hacia un lado.

—No… —susurro, y sin pensarlo me cubro la cabeza completa con la sábana otra vez como una niña pequeña—. Esto no puede estar pasando. Esto es una locura. Estoy casada con mi jefe. ¡Con el tío de mi exnovio! —exclamo al borde de una crisis nerviosa.

Siento que las lágrimas amenazan con salir otra vez. Todo es demasiado. La traición de Gabriel, el alcohol, esta habitación desconocida, su cuerpo desnudo a mi lado, el anillo…

Tan rápido como me cubro con la sábana, salgo de debajo de ella y lo miro con determinación, aunque por dentro me sienta todo menos estable.

—Nos vamos a divorciar.

Ni siquiera tengo que pensarlo.

Si hay algo que he aprendido en mis pobres y simples veintiséis años, es que hay pocas cosas en esta vida que no tienen una solución. Y está no será una de ellas.

Mi jefe me mira con un intereses distinto. Es como si la atmósfera que hasta hace solo unos instantes solo era tensa para mí, ahora también lo sea para él.

—No —responde él de inmediato, sin dudar.

Parpadeo.

—¿Qué? —pregunto segura de que escuché mal.

—No voy a divorciarme —repite, más lento y firme manteniendo mi mirada en todo momento.

La poca estabilidad que había conseguido estos últimos minutos desaparece tan rápido que ni siquiera me da tiempo de respirar de forma tranquila por una ultima vez antes de que el caos vuelva a aparecer.

—¡¿Acaso te has vuelto loco?! —grito, levantando las manos. La sábana se me resbala un poco y expone parte de mis pechos. Rápidamente la vuelvo a subir, pero noto cómo su mirada cae ahí por un segundo. Siento la cara arder de vergüenza y algo más que no quiero admitir, pero no me detengo. —¡Esto fue un error! —le espeto, apretando los dientes —un error que debemos de remediar. YA.

—Tal vez para ti —dice él encogiéndose de hombros, como si nada, pero se que está fingiendo. Nadie en su sano juicio podría permanecer tan tranquilo con semejante noticia.

Horrorizada, me quedo mirándolo mientras él se levanta otra vez y camina por la habitación de hotel. No puedo creerlo. ¿Por qué está tan tranquilo? ¿Por qué no está tan aterrado como yo? ¿Por qué finge que todo está bien?

—Nos vamos a divorciar —repito sin titubear.

—No.

—Nos vamos a divorciar.

—No. —vuelve a repetir.

Incrédula lo observo caminar con calma mientras va por otra botella con agua.

Me quedo congelada, apretando la sábana contra mi cuerpo, con el corazón latiendo desbocado y mil preguntas gritando en mi cabeza.

Esto no puede ser real.

¿Por qué se niega al divorcio?

—Esto…

—Emily, detente —dice con firmeza volteando para verme. Mis ojos no se despegan de los suyos aunque estamos en extremos opuestos de la habitación.

—Pero…

—Entiéndelo —me interrumpe con el mismo tono de voz que suele usar conmigo en la oficina. Autoritario. Molesto. —Nosotros no nos vamos a divorciar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo