Capítulo 6 Hablemos X2
—¿Qué se supone que significa eso? —pregunto, con la voz temblorosa. Escucho sus palabras, de verdad que lo hago pero mi cerebro se niega a procesarlas.
Si de verdad estamos casados, ¿por qué no podemos divorciarnos? ¿Acaso hay algún trámite especial? ¿No existen las anulaciones para casos como este?
Cristian Blackwood me mira fijamente desde el otro lado de la habitación, recostado contra la pared con esa calma exasperante que me pone los nervios de punta. El ambiente que hace unos minutos se sentía cargado de calor y confusión ahora parece helado. Me abrazo más fuerte a la sábana que aún huele a él, sintiendo cómo se me eriza la piel.
—Lo que estoy diciendo —continúa él con lentitud, como si pensara que soy idiota— es que no habrá divorcio entre nosotros.
Lo escucho. De verdad lo escucho. Pero sigo sin entender.
—Señor Blackwood, yo…
—Cristian —me corrige, con voz grave y firme—. Llámame Cristian.
Confundida, niego con la cabeza, pero cedo. Discutir por su nombre es lo último que me importa ahora.
—Cristian… —su nombre se siente extraño en mi boca. En dos años trabajando para él, jamás lo había llamado así—. Un divorcio no es algo complicado. Creo que incluso podríamos solicitar una anulación si…
—No —repite, esta vez más fuerte, sin dejar lugar a dudas.
Miro a mi alrededor desesperada. El sofá revuelto, las marcas de manos en el espejo, nuestra ropa tirada por el piso, todo grita lo que pasó anoche. El olor a sexo y alcohol todavía flota en el aire. Si hubiera estado sobria, jamás habría terminado en la cama de mi jefe. Jamás.
—Yo… yo no entiendo —admito al fin, con la mente en blanco.
—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta él con voz plana, la expresión ilegible.
—¿Por qué no podemos divorciarnos? —exijo, casi suplicando.
Cristian se queda en silencio un largo momento.
—Estamos casados. Tendrás que aceptarlo —termina por murmurar.
El peso de sus palabras me golpea como una ola. Siento que el mundo se cierra a mi alrededor.
—No —repito por enésima vez, con la voz rota—. Nos vamos a divorciar. Hoy mismo. Ahora.
—No lo haré —dice simplemente.
Parpadeo. El aire se me atora en la garganta.
—¿Qué?
—No voy a divorciarme, Emily.
Su voz es baja, firme, sin una sola grieta. Como si estuviera cerrando un trato de negocios y no destrozando lo poco que quedaba de mi cordura.
La rabia, el shock y la humillación se me suben por el pecho como lava ardiente. Sin pensarlo dos veces, tiro la sábana a un lado y me pongo de pie completamente desnuda. Que me vea. Que vea todo. Ya no me importa. Ya vio más que suficiente anoche.
Bajo su mirada pesada, camino directo hacia la ropa tirada en el suelo. Mi vestido negro, el sostén… todo menos mis bragas, que parecen haber desaparecido. Las busco un segundo con desesperación, pero al diablo. Me visto a toda prisa, temblando de rabia y vergüenza. La tela se pega a mi piel todavía sensible. Siento el aire frío entre mis piernas y me pongo más roja todavía, pero lo ignoro. Ignoro todo.
Cristian no dice nada. Solo me observa en silencio, apoyado contra la pared, con esa mirada intensa que me recorre el cuerpo.
Termino de ponerme los zapatos, agarro mi bolso y salgo casi corriendo de la habitación sin mirarlo. No sé si me sigue. No me importa.
El viaje en taxi hasta mi apartamento es un borrón de luces de la ciudad y lágrimas que lucho por contener. ¿Cómo llegué a esto? ¿De descubrir la traición de Gabriel a despertarme casada con su tío? ¿Con mi jefe?
Llego a mi edificio: el segundo piso de un bloque viejo en pleno centro, rodeado de edificios altos que apenas dejan pasar la luz del sol. Mi apartamento es pequeño, un estudio sencillo con una cama que también hace de sofá, una cocinita diminuta y un baño que apenas cabe. Nada lujoso. Pero es mío y me gusta.
Cuando cierro la puerta detrás de mí, mis piernas terminan cediendo y me deslizo hasta el suelo, con la espalda contra la madera. Las rodillas contra el pecho. El anillo brilla en mi dedo como una maldición. Intento quitármelo, pero está atorado. No sale.
—No… no… no puede ser real —susurro una y otra vez mientras sigo tirando del anillo—. Tengo que despertar. Esto tiene que ser una pesadilla.
El pánico me invade por completo. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo explico esto en la oficina? ¿Y Gabriel?
Tres golpes fuertes en la puerta me hacen saltar.
—¿Emily? ¿Estás ahí?
La voz de Gabriel al otro lado me congela la sangre.
—Emi, por favor… ábreme. Te vi llegar. Lo de anoche fue un error, amor. Déjame explicarte.
Me quedo paralizada en el suelo, con el corazón a punto de explotar. No puedo moverme. No puedo respirar. Pero él sigue golpeando, insistente, con esa voz chillona que antes me parecía dulce y ahora solo me da asco.
—Emily, sé que estás ahí. Por favor… te amo. Lo que viste no significa nada. Luciana no es nadie. Tú eres la única. No me iré hasta que abras.
Escucho murmullos de los vecinos. Se que en cualquier momento llamarán al casero por el escándalo.
Sin bragas, recién salida de la cama de Cristian Blackwood, con un anillo de matrimonio que no recuerdo haber aceptado, y nada de paciencia para seguir lidiando con todo este desastre, me limpio la cara con rabia, me pongo de pie y abro la puerta de un tirón.
