Capítulo 7 Excusas

Gabriel entra casi empujando, con los ojos rojos y el cabello desordenado. Cierra la puerta detrás de él y me mira como si fuera él el que estuviera sufriendo.

—Emi… gracias a Dios. Anoche fue… fue un error horrible. Estaba borracho, tenía mucha presión en el trabajo, tú sabes cómo es contabilidad en esta época del año y…

—¿Presión? —lo interrumpo con la voz rota—. ¿Esa es tu excusa? ¿Presión? ¡Te vi follándotela en tu escritorio, Gabriel! ¡Con Luciana! Mi amiga.

Él baja la mirada, pero solo por un segundo. Luego levanta la cara y cambia el tono. El muy hijo de puta se hace la víctima.

—Tú no entiendes lo que estoy pasando —dice, acercándose más a mí, pero yo solo retrocedo—. Mi tío siempre encima de mí, comparándome, tratándome como si fuera un inútil. Mi madre exigiendo que asiendo en la empresa familiar, mis abuelos desprestigiándome por no ser como él.

—¿Y eso te da derecho de haberme engañado? —siseo incrédula.

Gabriel me observa con el rostro rojo.

—¿Crees que no me doy cuenta? —pregunta en voz baja —tú nunca antes habías trabajado hasta tarde. ¿Y de pronto te quedas sola en la oficina con él?

Parpadeo, incrédula.

—¿Me estás acusando de serte infiel? ¿Tú? ¿Después de lo que vi? —esto es increíble.

Gabriel da otro paso hacia mí, con los ojos vidriosos.

—Tal vez sí. Tal vez llevas tiempo con él. Por eso anoche no me seguiste, ¿verdad? Te fuiste con Cristian. Dime la verdad, Emi. ¿Te acostaste con mi tío? —su tono de voz sube con cada acusación —¿Hace cuanto tiempo que me estás viendo la cara? ¿Hace cuanto tiempo que te acuestas con él?

La rabia me explota en el pecho.

Cada una de sus acusaciones son peores que las anteriores.

—¡Eres un maldito hipócrita! —le grito sin poder controlándome—. ¡Tú me traicionaste primero! ¡Y sí, me fui con él! ¡Me emborraché porque no soportaba verte la cara!

Gabriel palidece, pero no retrocede. Al contrario, solo endereza más la espalda y levanta la voz.

—¡Lo sabía! ¡Siempre supe que había algo entre ustedes! Esa forma en que te mira, cómo te defiende… ¡Dime que no te acostaste con él, Emily!

La discusión sube de tono. Los dos estamos gritando en mi pequeño estudio. Yo le recuerdo cada promesa que me hizo (la casa, el matrimonio, el futuro), y él sigue jugando a la víctima, hablando de su “presión”, de lo solo que se sentía, de que Luciana “no significó nada”.

Durante dos años de relación, Gabriel jamás había mostrado está faceta. Yo siempre supe que él sentía algún tipo de complejo de inferioridad frente a su tío pero jamás me imaginé que fuese tanto como para que él me acusara de tales cosas.

Estoy a punto de empujarlo fuera de mi apartamento cuando tres golpes firmes suenan en la puerta.

Me quedo congelada. Gabriel también.

Perfecto —pienso.

Esta es mi salida.

—Debe de ser la vecina —le digo con voz temblorosa, buscando cualquier excusa para sacarlo de mi vida—. O el casero.

El ruido obviamente ha hecho que alguien se molestase. El edificio es tan viejo y las paredes tan delgadas, que todo se escucha.

Con el corazón en la garganta, paso al lado de Gabriel para poder abrir la puerta. Sea quien sea, lo usaré de excusa para que Gabriel se vaya.

Abro sin mirar la mirilla.

Y ahí está.

Cristian Blackwood, sospechosamente impecable a pesar de la noche que tuvimos. Traje oscuro, camisa limpia, obviamente se ha ido a cambiar, y dos cafés para llevar en las manos. Su mirada oscura se clava directamente en mí, recorriéndome de arriba abajo por un segundo. Como si supiera perfectamente que no llevo nada debajo del vestido.

No sé cómo lo ha hecho. ¿Acaso me ha seguido?

Rápidamente descarto la idea.

Nerviosa, con mi corazón acelerado y sintiendo que en cualquier momento la cabeza me va a explotar, lo miro con cautela.

¿Cómo rayos supo donde yo vivía?

¿Y que hace aquí? ¿Justo cuando su sobrino y el que hasta hace unas horas era mi novio me está acusando de haberle sido infiel con él?

—Esposa —dice en voz baja, en un tono de voz tan bajo que espero y Gabriel no lo haya escuchado —. Pensé que necesitarías esto — dice al mismo tiempo que me extiende uno de los cafés.

Detrás de mi, escucho como Gabriel suelta un sonido ahogado al mismo tiempo que agarra la puerta semi abierta y la termina de abrir por completo.

—¿Tío…?

En cámara lenta giro para observarlo.

El aire dentro de mi pequeño piso se vuelve denso. Puedo sentir la ira emanando de Gabriel, la presencia imponente de Cristian llenando el pequeño espacio de entrada de mi apartamento y mi propio pánico mezclándose con algo caliente y peligroso en el estómago.

Esto no puede empeorar.

¿Verdad?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo