Capítulo 8 Vete
El silencio que se instala en mi pequeño apartamento es tan denso que juro que puedo escuchar mi propio corazón golpeando contra las costillas. Siento el café caliente entre los dedos, pero apenas logro sostenerlo. Mi mente sigue repitiendo esa palabra que Cristian murmuró hace un segundo: esposa. Por suerte, lo dijo tan bajo que solo yo lo escuché. O eso espero.
—¿Tío? —la voz de Gabriel sale estrangulada, cargada de incredulidad y rabia pura—. ¿Qué mierda haces aquí?
Cristian ni siquiera parpadea. Se queda de pie en la entrada, imponente con ese traje oscuro que le queda perfecto, la expresión fría y controlada que conozco demasiado bien de la oficina. No parece afectado en absoluto por el caos que está a punto de explotar.
—Gabriel —responde con voz baja y pausada, como si estuviera en una reunión de negocios—. ¿Qué haces tú por acá?
Gabriel se pone rojo de furia y aprieta los puños. Yo, en pánico, veo por el rabillo del ojo cómo una de mis vecinas sale al pasillo fingiendo regar una planta de plástico. Sin pensarlo, halo a Cristian hacia adentro y cierro la puerta de golpe, saludando torpemente con la mano. Lo último que necesito ahora es que todo el edificio se entere de mi desastre personal.
Dentro, la tensión se vuelve asfixiante. Gabriel me mira a mí, luego a Cristian, y otra vez a mí. Yo solo puedo observarlos a los dos, con las piernas temblando ligeramente.
—¿Alguien me puede explicar qué mierda es todo esto? —grita Gabriel—. ¿Por qué está él en tu apartamento? ¿Y qué carajos haces tú aquí, tan tranquilo, en el apartamento de mi novia?
—Ex novia —corrige Cristian con calma, dando un sorbo lento a su café.
Gabriel da un paso adelante, temblando de rabia, y me señala con el dedo.
—¡¿Qué carajos significa esto?! ¡Vienes a traer café a mi novia después de lo que pasó anoche?! ¡Después de que ella desapareció contigo! ¿Acaso pasaron la noche juntos?
Siento que el estómago se me revuelve. El vestido arrugado se me pega al cuerpo, recordándome que no llevo nada debajo. El olor a alcohol y a Cristian todavía está en mi piel. Quiero desaparecer.
Cristian levanta una ceja, sin alterarse ni un poco.
—Emily no te debe ninguna explicación. Tú fuiste el que decidió follarte a su amiga en tu escritorio. Asume las consecuencias en vez de venir aquí a hacerte la víctima.
Gabriel suelta una risa amarga y da otro paso, rojo de furia.
—¡Ustedes dos! ¡Siempre supe que había algo! He visto como la miras. ¡Y ahora apareces aquí como si tuvieras derecho! ¡Eres un hijo de puta que se aprovechó de la situación!
Harta, doy un paso al frente.
—Basta, Gabriel —siseo—. El único que no tiene derecho aquí eres tú. ¿O ya olvidaste lo que vi anoche?
Mi cara arde. Recordando como yo también cometí errores, lo sé. Pero nada de esto habría pasado si él no me hubiera traicionado primero.
Cristian centra toda su atención en Gabriel. Su presencia llena el diminuto estudio y hace que Gabriel retroceda instintivamente. Es absurdo lo diferente que se ven: Cristian alto, musculoso, imponente; Gabriel más delgado, nervioso, casi insignificante a su lado.
—Baja la voz —ordena Cristian con ese tono que no admite discusión—. Recuerda que, aunque seamos familia, sigo siendo tu jefe. Vete de aquí antes de que digas algo de lo que te arrepientas.
Gabriel aprieta los puños con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Su mirada pasa de Cristian a mí, llena de veneno puro. Antes de salir, se acerca lo suficiente para que solo yo escuche:
—Esto no se va a quedar así… puta traicionera.
Luego abre la puerta de un tirón y se va dando un portazo que hace temblar las paredes sin siquiera darme tiempo a replicar.
¿Puta traicionera?
¿Yo?
Gabriel es un cínico.
Con mi respiración acelerado, miro todo a mí alrededor.
El silencio que queda es ensordecedor.
Me quedo parada en medio de la sala, todavía temblando, con el café en la mano. Cristian se gira lentamente hacia mí. Su mirada intensa se suaviza apenas, solo un poco. Da un paso adelante.
—Emily…
Retrocedo por instinto y choco contra la barra de la cocina. El anillo me quema en el dedo en un recordatorio constante de lo que he hecho.
—No —susurro, negando con la cabeza—. No digas nada. Esto es una locura. Gabriel cree que soy una infiel, estoy casada contigo y ni siquiera recuerdo cómo pasó, y tú… tú ni siquiera quieres divorciarte. ¿Qué demonios está pasando? ¿Y cómo rayos llegaste hasta acá? ¿Cómo sabes cuál es mi apartamento? —pregunto aturdida.
Cristian me observa en silencio un momento. Deja su café sobre la mesa y se pasa una mano por el cabello pareciendo por primera vez un poco menos controlado.
—Tenemos que hablar —dice con voz más baja—. De verdad.
—Oh, ¿en serio? —pregunto con ironía mientras me abrazo a mí misma, sintiendo el aire frío bajo el vestido. El olor de su colonia me envuelve y me pone los nervios de punta.—¿Hablar de qué? —pregunto con la voz tensa cuando el sigue en silencio—. ¿De cómo arruinaste mi vida en una noche? ¿O de por qué demonios no quieres divorciarte?
En vez de responder, Cristian da otro paso más cerca. Su mirada baja un segundo a mis labios y luego vuelve a mis ojos en un gesto rápido pero que aún así noto.
—Porque no fue solo una noche de borrachera para mí, Emily.
