Capítulo 1 PRE-CUMPLEAÑOS
EIRIN
Mañana cumpliré veintiún años.
No debería significar nada.
Sin embargo, desde hace una semana despierto cada madrugada exactamente a la misma hora con la certeza de que alguien me está esperando.
No sé quién. No sé dónde. Solo sé que, cuando abro los ojos, la luna siempre está mirándome.
Después comienza la batalla.
Como gerente de operaciones de una gran compañía, vivo demostrando que mi cargo no es un regalo por ser hija de los dueños. Aquí, cada acierto apenas cuenta y cada error pesa el doble.
Por eso esa extraña sensación en mi pecho resulta tan inconveniente. Me distrae tanto que, cuando vuelvo a mirar el reloj, ya son las dos de la tarde.
Un discreto carraspeo me obliga a levantar la vista.
La sonrisa aparece antes de que pueda evitarlo.
—Considero que almorzar es una sana tradición que no debería perderse.
—Hola, Natha. En mis tiempos también se consideraba una sana tradición saludar.
Ella pone los ojos en blanco mientras cierro el portátil.
Natha es mi mejor amiga. También es el caos hecho persona.
Antes de conocerla, mi vida se reducía al trabajo y a mi familia. Salir era perder el tiempo. Divertirme era un concepto desconocido.
—Deberíamos celebrar también mañana.
Levanto una ceja.
—Escúchame. Cumples veintiún años, es fin de semana y solo necesitamos dos hombres guapos, un casino en Las Vegas y un Elvis dispuesto a casarnos.
La observo unos segundos.
Definitivamente, la televisión le hizo daño durante la adolescencia.
—Suena... inolvidable. Lástima que mañana tengo la celebración con mis padres. Además... ¿sí sabes que esas bodas son legales?
Natha frunce el ceño.
—Espera...
Parpadea dos veces.
—Yo me casé en una de esas cuando cumplí veintiuno.
El cuchillo se me escapa de la mano.
—¿Qué?
Ya tiene el teléfono en la mano.
—No entres en pánico. Voy a llamar a mi primo, el abogado. Con suerte sigo siendo soltera.
Se bebe el vino de un trago mientras hace la llamada.
Yo apenas la escucho. Durante un instante, vuelvo a sentir esa extraña llamada en mi pecho.
Cuando cuelga, suspira.
—Las Vegas queda cancelado.
Una sonrisa traviesa ilumina de nuevo su rostro.
—Pero esta noche será noche de copas.
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Nos tomó poco más de una hora estar listas.
Bueno... a Natha le tomó una hora convencerme de que mi ropa era un atentado contra la diversión.
El vestido verde que eligió marcaba mi cintura y dejaba al descubierto lo justo para hacerme sentir otra mujer.
Al salir, levanté la vista casi por instinto.
La luna brillaba con una intensidad extraña.
Cuando entramos al Club Cicada, la música y las luces nos envolvieron de inmediato.
Erik apareció primero y saludó a Natha con un beso tan largo que su amigo y yo terminamos intercambiando una mirada incómoda.
—Cof, cof...
La falsa tos hizo que ambos regresaran al planeta Tierra.
Entonces apareció John.
Alto, sonrisa fácil y unos ojos tan claros que destacaban incluso bajo las luces del club.
—Erik dijo que eras intimidante.
—¿Y ahora?
Me observó unos segundos antes de sonreír.
—Ahora creo que se quedó corto.
Reí.
Buen comienzo.
La conversación fluyó con naturalidad. Después llegaron los tragos, el baile y, sin darme cuenta, llevaba más tiempo riendo del que recordaba.
Cuando apareció el pastel acompañado de un enorme oso de peluche, no pude contener la risa.
—¿En serio un oso?
—No encontré un unicornio.
Me cantaron cumpleaños y, por un instante, olvidé aquella inquietud que me acompañaba desde hacía días.
John comenzó a tomar mi mano con una delicadeza que no resultaba invasiva.
Era atractivo, atento e inteligente. Exactamente el tipo de hombre al que debería darle una oportunidad.
Y, aun así...
La sensación en mi pecho volvió.
Como una voz silenciosa recordándome que algo no encajaba.
Aproveché para ir al baño.
Como era de esperarse, Natha apareció un minuto después.
—¿Y bien?
—Es un buen chico.
—Eso no sonó muy convencido.
—Porque no sé qué pensar.
Ella resopló.
—A veces piensas demasiado.
Quizá tenía razón.
—Está bien. Voy a dejar de analizarlo todo y disfrutar un poco de John.
Natha sonrió como si acabara de ganar la lotería.
—¡Esa es mi amiga!
Me abrazó antes de regresar al baño.
De camino a la mesa, un desconocido se cruzó frente a mí.
—Hola, preciosa. ¿Bailas?
Todo en él me puso en alerta, pero fue su olor lo que terminó de convencerme de mantener la distancia. Tenía un aroma metálico, parecido al de la sangre.
—Gracias, pero estoy acompañada.
Él dio un paso hacia mí.
—Podemos cambiar eso.
Retrocedí de inmediato.
—No.
No insistió, aunque sentí su mirada siguiéndome hasta la mesa.
John ya estaba de pie.
—Pensé que tendría que ir a rescatarte.
—¿Te preocupaste?
—Claro.
Sonreí.
Frente a nosotros, una pareja se besaba con absoluto descaro.
Le tapé los ojos al oso de peluche.
John soltó una risa.
—Creo que él también agradece el gesto.
Cuando levanté la vista, ya estaba muy cerca.
Sus ojos buscaron los míos apenas un instante, dándome la oportunidad de apartarme.
No lo hice.
"Ya basta, Eirin. No puedes vivir esperando algo que ni siquiera sabes nombrar."
Sus labios rozaron los míos con una delicadeza inesperada.
Fue un beso breve. Cálido. Cuidadoso.
Como si quisiera descubrir mi reacción antes que conquistarme.
Al separarse sonrió.
—Llevaba rato queriendo hacer eso... pero el oso no dejaba de mirarme.
Reí con timidez.
Y entonces ocurrió.
Una luz me atravesó de lado a lado.
Dejé de sentir el suelo.
Dejé de escuchar la música.
Dejé de ser Eirin por un instante.
Una voz susurró dentro de mí.
"Ya es hora de regresar."
Y, antes de comprender por qué, mi corazón respondió con una pregunta que jamás había formulado.
"¿Él me estará esperando?"
