Capítulo 2 MAD

MAD

El golpe me saca el aire y me obliga a retroceder varios pasos. No tengo tiempo de recuperarme. Mi oponente vuelve a lanzarse sobre mí.

Bloqueo el ataque por puro instinto, giro sobre mi eje aprovechando su impulso para derribarlo. Caemos al suelo, pero soy yo quien termina inmovilizándolo.

—¡Suficiente! —la voz de mi padre resuena en todo el campo de entrenamiento.

Obedezco de inmediato y ayudo a mi compañero a ponerse de pie.

—Grupos uno y dos, descansen. En dos horas se presentarán ante Gamma Noah para recibir sus asignaciones.

Los demás comienzan a dispersarse.

—Mad, ven.

Camino hasta él. Su expresión, como siempre, es imposible de leer.

—Hoy estabas distraído. Eso no es propio de un futuro Beta. Algún día la seguridad de esta manada dependerá de ti.

Asiento sin discutir.

—Sí, Beta. No volverá a pasar.

Mi padre no es un hombre duro por crueldad. Es un Beta. Me educó para ser el siguiente.

Desde que tengo memoria, él se ha encargado de convertir mi cuerpo en un arma. Mi madre, en cambio, moldeó mi cabeza. Diplomacia, historia, política, costumbres de otras manadas... un Beta debe saber mucho más que pelear.

Después de una ducha rápida y un generoso desayuno preparado por mi madre, me reúno con Gamma Noah para dirigir el patrullaje de la frontera.

Todo transcurre con absoluta normalidad. Pero mi lobo lleva horas inquieto. No deja de recorrer el interior de mi mente como si presintiera algo que yo soy incapaz de entender.

Recorremos el territorio durante casi tres horas. No encontramos rastros de intrusos, exiliados ni amenazas, así que doy la orden de regresar.

Entrego mi informe. Pero no vuelvo a casa. Necesito correr. Silenciar esta inquietud.

Me interno en el bosque sin un rumbo fijo, dejando que mis patas me conduzcan hasta un viejo manantial donde solía entrenar con mis hermanos tiempo atrás.

Entonces sucede.

Un aroma desconocido atraviesa el bosque.

Nos detenemos en seco. Nunca había percibido un olor así.

Es cálido. Intenso. Adictivo.

Cada respiración me hace querer otra más. Mi corazón comienza a golpear con fuerza contra el pecho.

—Corre.

La voz de mi lobo retumba dentro de mi cabeza.

—Encuéntrala.

—¿A quién?

Solo obtengo una respuesta. Una palabra. La única capaz de poner mi mundo de cabeza.

—Mate.

El aire abandona mis pulmones.

Así que era eso. La inquietud. La distracción. La sensación de que algo estaba por ocurrir.

Era el vínculo formándose.

Salgo disparado entre los árboles. El bosque desaparece a mi alrededor convertido en una mancha verde.

Solo existe ese aroma.

Llego hasta las antiguas ruinas del templo y la veo. Está tendida en el centro de un círculo de piedra. Inmóvil.

Mi corazón se detiene por un instante.

No. Por favor, no...

Me acerco con el corazón desbocado. Entonces sucede.

Su aroma me envuelve. No es un perfume. Es lluvia sobre tierra caliente, hojas recién cortadas, café al amanecer... y algo imposible de describir. Algo que mi lobo reconoce antes que yo.

El mundo desaparece. Solo existe ella.

Inhalo otra vez, con desesperación, como si el aire hubiera dejado de ser suficiente y únicamente pudiera respirar a través de su esencia.

Mi pecho arde. Mi piel se tensa. Cada fibra de mi cuerpo parece inclinarse hacia la mujer dormida.

¿Así se siente encontrar a tu otra mitad?

Toda mi vida pensé que los viejos exageraban cuando hablaban del vínculo de pareja.

Se quedaron cortos.

No está herida, su respiración es constante, solo está dormida, plácidamente dormida.

Su cabello castaño cae sobre la piedra como una cascada de seda. Varias hebras descansan sobre sus labios y resisto el impulso de apartarlas.

Su respiración mueve apenas su pecho. Lenta. Tranquila. Tan viva que siento cómo la ansiedad abandona mi cuerpo.

Nunca había visto un rostro así. No porque fuera perfecto. Porque mi alma lo reconocía.

Me agacho tratando de despertarla, pero no lo consigo, así que decido volver a mi forma humana.

Mis dedos rozan su mejilla con una delicadeza que jamás imaginé poseer.

Una descarga asciende por mi brazo hasta instalarse en mi pecho. No duele. Quema.

Ella suspira apenas y las comisuras de sus labios dibujan una sonrisa diminuta.

La acomodo entre mis brazos como si estuviera sosteniendo algo irremplazable.

Su cabeza encuentra refugio bajo mi barbilla.

Su respiración tibia atraviesa la tela de mi camiseta.

Mi lobo se queda completamente en silencio.

No necesita decir nada.

Como si siempre hubiera sabido que ese lugar, entre mis brazos, estaba reservado para ella.

Llego a la manada tan rápido como puedo. En cuanto entro en el rango del enlace mental, contacto a mis padres.

"La encontré. Necesito ayuda". No hace falta decir más.

Mi madre ya me espera frente a la casa cuando cruzo la entrada. Apenas la saludo. Toda mi atención está puesta en la mujer que llevo entre los brazos.

La deposito con cuidado sobre mi cama.

Mi madre se acerca, acaricia el rostro de mi mate y luego me mira en silencio.

—¿Qué ocurrió?

Le cuento todo. Aunque mis palabras salen atropelladas. Nunca me había costado tanto ordenar una idea.

Ella posa una mano sobre mi hombro.

—Concéntrate Mad ¿Lo sientes? —pregunta mi madre.

Asiento.

—Sí... sé que está bien. Lo siento aquí.

Me llevo una mano al pecho.

—Pero eso no evita que quiera hacer algo para ayudarla.

Mi madre sonríe con ternura.

—Bienvenido al vínculo de pareja.

No puedo evitar soltar una risa breve.

—Casi nadie encuentra a su mate. Siempre pensé que eso era una historia romántica para cachorros. No imaginé que una desconocida pudiera poner mi mundo de cabeza en cuestión de minutos.

Desvío la mirada hacia la joven dormida.

—Ni siquiera sabe que existo... y ya me tiene así.

♦◘♦◘♦◘♦◘

Los lobos rara vez enfermamos, así que mi padre manda llamar a un sanador de un pueblo vecino.

Mientras lo esperamos, mi padre me releva de todas mis obligaciones. Patrullajes, entrenamientos, reuniones... todo queda en manos de otros.

En otro momento me habría costado aceptarlo. Hoy, apenas puedo pensar en ello.

El vínculo tira de mí con una fuerza imposible de describir. Nunca imaginé que el silencio pudiera ser tan ruidoso.

En mi habitación solo se escuchaba la respiración pausada de mi mate y, aun así, sentía un estruendo constante dentro de mí.

Era mi lobo.

No dejaba de caminar de un lado a otro de mi cabeza.

—Acércate. Nos necesita.

Respiré hondo.

—No lo sabes.

—Lo siento.

Yo también lo sentía. Y eso era lo peor. Había enfrentado guerreros más fuertes que yo. Había soportado heridas que habrían hecho caer a cualquier lobo joven. Mi padre me entrenó para mantener la cabeza fría incluso cuando el dolor nublaba la vista.

Pero nadie... Nadie me preparó para esto. No sé si ella realmente es un regalo de la gran diosa o simplemente se activó alguna reacción química de la que no puedo escapar. Pero no me siento capaz de alejarme.

Giré apenas el rostro hacia la cama. Dormía de lado, con una mano escondida bajo la almohada y el cabello desordenado cubriendo parte de su mejilla.

Una hebra caía sobre sus labios. Mi respiración se volvió irregular. Mi lobo prácticamente ronroneó.

—Quítasela.

Solo era un mechón de cabello. Solo eso.

Pero mis dedos comenzaron a moverse antes de que mi razón pudiera detenerlos. Me obligué a cerrar el puño.

No. No podía acostumbrarme a tocarla mientras ella no pudiera decidir.

Aunque doliera. Aunque cada fibra de mi cuerpo reclamara exactamente lo contrario.

Caminé hasta la ventana. Necesitaba aire.

Lo único que conseguí fue volver a respirar su aroma.

Cerré los ojos. Era imposible escapar. No era un perfume. Era ella.

Cada vez que inhalaba, sentía cómo aquella esencia descendía por mi garganta para instalarse directamente en mi pecho. Como si alimentara algo que llevaba años dormido.

—Esto es una locura...

—Es el vínculo.

Mi corazón aceleró tanto que llegué a preguntarme si ella podría escucharlo. Volví a mirarla.

La luz del atardecer acariciaba su piel.

Nunca había entendido por qué los poetas hablaban de la luz besando a alguien. Ahora sí. Parecía hecha para descansar sobre ella.

Tragué saliva.

No estaba pensando como un guerrero. Ni como un futuro Beta.

Estaba pensando como un macho que acababa de encontrar a su compañera. Eso era peligroso. Porque el vínculo despertaba necesidades que nunca antes había sentido.

No era solamente deseo.

Me acerqué otra vez. Esta vez con más cuidado. Me senté en el borde de la cama.

Su respiración seguía siendo tranquila. Instintivamente acerqué el dorso de mi mano a su nariz. El aire tibio rozó mi piel. Mi pecho se aflojó. Estaba bien.

Mi lobo guardó silencio unos segundos.

Después habló con una calma que me desconcertó.

—Necesitamos sentirla.

—Yo necesito que despierte.

—La necesitamos.

Apreté los dientes. Discutir con él era agotador. Pero tenía razón. También necesitaba sentirla.

Con infinita lentitud levanté una mano. Mis nudillos rozaron apenas su mejilla. La suavidad de su piel me atravesó como un relámpago. Una corriente cálida me recorrió. Nunca había experimentado algo semejante.

Ella soltó un suspiro casi imperceptible. Después giró el rostro buscando mi mano.

Mi respiración se cortó.

No estaba despierta. Aun así... Me estaba buscando.

Mi lobo lanzó un aullido de felicidad.

—¿Lo ves?

—Está dormida.

—Su loba nos reconoce.

—Aún no tiene loba.

—Casi está aquí. Ya nos siente y en cualquier momento tendrá la fuerza suficiente para manifestarse.

Mis colmillos descendieron por puro instinto. Los obligué a volver a su lugar.

Todavía no. No iba a marcarla mientras no supiera siquiera mi nombre. Ella merecía elegir. Aunque el vínculo me estuviera destrozando por dentro.

Cuando intenté retirar la mano, sus dedos atraparon los míos.

Fue un gesto torpe. Inconsciente. Pero suficiente para destruir el poco autocontrol que me quedaba.

Todo mi cuerpo se tensó y mi calor se disparó. Mi respiración salió entrecortada.

Necesitaba abrazarla. Esconderla entre mis brazos. Cubrirla con mi olor para que el mundo entero supiera que estaba protegida.

Cerré los ojos con fuerza. Respiro. Cuento.

No funciona. Ella seguía sujetando mi mano.

Mi lobo prácticamente vibraba de felicidad.

—Bésala.

Abrí los ojos.

Sus labios estaban apenas entreabiertos. Rosados. Suaves. Tan cerca... Bastaba inclinarme unos centímetros. Solo unos centímetros.

Sentí el calor de su aliento mezclándose con el mío. Podía imaginar el sabor de esos labios.

Y entonces recordé algo que mi madre repetía desde que era un cachorro.

"La fuerza de un Beta no se mide por lo fuerte que golpea... sino por aquello que es capaz de contener."

Retrocedí de inmediato. Como si acabara de despertar.

Respiraba agitado. Mi cuerpo entero protestaba. Mi lobo gruñía con frustración.

—Eres un idiota.

Tal vez. Pero prefería ser un idiota antes que marcarla y robarle la oportunidad de elegir. Ella merecía despertar. Conocerme. Y solo entonces... Si me quería a su lado... Podría besarla y hacer todo lo que llevo horas deseando hacer.

Hasta ese momento, mi papel era otro.

Cuidarla. Esperarla. Y sobrevivir a la batalla más difícil que había librado en toda mi vida.

La batalla contra mí mismo.

A la mañana siguiente, el sanador llega mientras desayunamos.

Es un anciano de pocas palabras, pero su reputación basta para inspirar confianza.

Lo conduzco de inmediato hasta mi compañera. Mientras la examina, debo contener más de un gruñido. Sé que necesita tocarla, pero mi lobo no entiende de razones.

Solo entiende que otro macho tiene las manos sobre ella.

Cuando termina, el anciano exhala lentamente antes de hablar.

—Está bien. Su cuerpo solo está agotado por el viaje. Hay rastros de magia; cruzó un portal y el esfuerzo consumió casi toda su energía. Dormirá hasta recuperarse.

—¿Cuándo despertará?

—Entre hoy y mañana. Es más fuerte de lo que imaginas.

Hace una breve pausa antes de añadir:

—Y su loba está muy cerca de despertar.

No necesito más explicaciones.

Mi compañera aún no ha vivido su primera transformación. Eso significa que está por cumplir veintiún años... y que, cuando despierte, necesitará protección más que nunca.

Acompaño al sanador hasta la salida y aprovecho para darme una ducha.

Cuando regreso a la habitación con el cabello aún húmedo, me detengo en seco.

Dos intensos ojos verdes me observan desde la cama.

Mi compañera... Por fin está despierta.

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