Capítulo 3 DESPERTAR

EIRIN

No recordaba que mi cama fuera tan cómoda. Ni que mi habitación oliera tan bien.

Sonrío sin abrir los ojos y escondo la nariz entre la almohada. El aroma me resulta extrañamente reconfortante. No sabría describirlo, pero me transmite una calma que me invita a seguir durmiendo.

Estoy agotada. Anoche debió ser una gran noche.

Recuerdo la discoteca, la torta de cumpleaños, las risas... Después, todo se vuelve borroso.

Con pereza, abro los ojos.

Tardo apenas un segundo en notar que algo no encaja.

Ese techo no es el de mi habitación. Las paredes tampoco.

Me incorporo de golpe y la respiración se me acelera.

Observo la ropa que llevo puesta. Definitivamente no es el vestido con el que salí.

Miro a mi alrededor buscando una explicación, cualquier detalle que me ayude a entender dónde estoy, pero lo único que encuentro es una habitación completamente desconocida.

Intento reconstruir la noche.

John. Recuerdo a John. Recuerdo que me besó... Y nada más.

Un pensamiento atraviesa mi cabeza como un rayo.

¿Dormí con él?

El estómago se me encoge.

No puedo creer que mi primera vez fuera con alguien que apenas conozco. Y peor aún, que haya sido algo que ni siquiera soy capaz de recordar.

Antes de que el pánico termine de instalarse, escucho el sonido de una ducha apagándose. Me quedo completamente inmóvil.

Hay alguien más aquí. La puerta del baño se abre. levanto la vista casi por reflejo.

Y dejo de respirar.

El hombre que aparece frente a mí no es John. Es un completo desconocido.

Durante un instante mi mente simplemente se niega a procesarlo.

Es alto y de piel bronceada. Una toalla apenas sostiene el agua que todavía resbala por su piel. Sus hombros son anchos, sus brazos fuertes y cada uno de sus movimientos parecen hechos para hipnotizarme.

No parece alguien que pase horas frente a un espejo. Parece alguien acostumbrado a trabajar con su cuerpo, a moverse, a luchar. Su sola presencia llena la habitación.

Entonces levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.

Los suyos son de un café profundo que, por una fracción de segundo, juraría que destellan en un tono dorado.

Un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Mi corazón da un vuelco tan brusco que casi puedo sentirlo golpeando contra mis costillas.

¿Qué demonios...?

No lo conozco. Estoy segura de que jamás lo había visto.

Entonces, ¿por qué mi cuerpo reacciona como si acabara de encontrar a alguien a quien llevaba toda la vida buscando?

Intento convencerme de que es la impresión. Tiene que ser eso. No existe otra explicación lógica para que un desconocido me deje completamente sin palabras con solo mirarme.

Él sonríe. Es una sonrisa tranquila, cálida... y extrañamente sincera. No hay incomodidad. Solo un brillo difícil de interpretar en sus ojos.

—Ho... hola.

—Dame un par de minutos y hablamos, ¿de acuerdo?

Asiento sin decir una palabra.

Él toma ropa del armario y vuelve a entrar al baño.

Solo cuando el sonido de la cerradura rompe el silencio descubro que había estado conteniendo la respiración.

Apoyo una mano sobre mi pecho. Mi corazón sigue latiendo demasiado rápido. Y no logro decidir qué me inquieta más.

Despertar en la habitación de un desconocido... O el hecho de que una parte de mí no sienta el menor deseo de alejarse de él.

Me levanto de la cama buscando mi ropa, pero no la encuentro por ningún lado.

Me observo con atención. No siento dolor. Ni molestias. Nada que me haga pensar que tuve sexo con ese hombre. Eso me tranquiliza... un poco.

Vuelvo a recorrer la habitación con la mirada.

Es amplia, sencilla y demasiado ordenada. Solo hay una cama, un armario de madera, una mesa de noche y un viejo baúl. Nada más.

Entonces caigo en otro detalle. Hay demasiado silencio.

No escucho el ruido de los autos. Ni sirenas. Ni el murmullo constante de una ciudad como Los Ángeles.

Frunzo el ceño.

Camino hasta la ventana y aparto la cortina.

La imagen al otro lado me deja sin aliento. No hay edificios. Solo una calle, muchas casas de un piso y una que otra de dos, como esta.

Retrocedo lentamente.

No sé quién es el hombre que está en el baño. Pero hay algo todavía más preocupante.

Ya no estoy en Los Ángeles.

MAD

Maldición.

De todas las formas en las que imaginé que mi compañera despertaría, ninguna incluía que me encontrara saliendo del baño con una toalla en la cintura.

Normalmente me visto en la habitación. Por eso olvidé llevar la ropa conmigo.

Mi lobo, en cambio, parece encantado.

—Nos vio.

Claro que nos vio.

—Y le gustamos.

Sé que tiene razón. Pero no fue solo eso.

Es cierto que su corazón se aceleró y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor cuando nuestras miradas se encontraron, pero había inquietud en su mirada.

Ignoro el comentario de mi lobo y camino hasta el armario. Tomo el primer bóxer que encuentro, un jean y una camiseta blanca.

Antes de volver al baño, no puedo evitar mirarla una vez más.

Sigue sentada sobre la cama. Sus ojos verdes recorren la habitación con cautela. Son... impresionantes.

Jamás había conocido a una loba con unos ojos semejantes.

Mi lobo prácticamente ronronea.

—Es perfecta.

Y tiene razón. No porque sea hermosa, aunque lo es. Sino porque verla respirar, moverse y abrir los ojos hace que una presión invisible desaparezca de mi pecho.

Está viva. Está bien. Eso debería bastarme.

Entro al baño decidido a darme unos minutos para recuperar el control.

Mi reflejo me devuelve la imagen de un hombre que nunca había visto. Mis pupilas siguen demasiado dilatadas. Los colmillos amenazan con descender cada vez que pienso en ella.

Y mi lobo no deja de repetir la misma palabra.

Mate.

Respira.

Ella aún no sabe quién eres. Ni siquiera ha despertado a su loba.

Si quiero que confíe en mí, tendré que ganármelo.

Me visto ahora si lo más rápido que puedo.

Cuando regreso a la habitación, la encuentro frente a la ventana. Está completamente inmóvil.

Algo no está bien. En cuanto gira hacia mí es evidente que tiene miedo.

Mi pecho se encoge.

—Abrázala.

No.

—Necesita sentirnos.

—Necesita respuestas.

Doy apenas un paso hacia ella. Ella retrocede de inmediato.

Mi lobo gruñe con frustración. Yo también siento el impulso de acercarme. De decirle que no permitiré que nada malo le ocurra jamás.

Pero todavía soy un desconocido. Y ella no me debe confianza.

Entonces las preguntas comienzan a salir una detrás de otra.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi ropa? ¿Tú me cambiaste? ¿Qué me hiciste? ¿Qué quieres? ¿Buscas dinero?

Su voz no tiembla, pero el lazo me grita que está asustada. También que está intentando mantener el control.

No puedo evitar admirarla por eso.

Levanto lentamente ambas manos para mostrarle que no represento una amenaza.

Respiro hondo antes de hablar. Cada palabra debe ser la correcta.

Porque una mala respuesta podría hacer que me temiera... Y esa idea me resulta insoportable.

—Hola.

Intento sonreír sin invadir su espacio.

—Soy Mad.

Hago una breve pausa.

—Y antes de responder todas esas preguntas, necesito que sepas algo.

La miro directamente a los ojos.

—Estás a salvo. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.

Solo entonces añado, con una sonrisa imposible de contener:

—Mi lobo y yo llevamos toda la vida esperándote, mi mate.

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