Capítulo 4 PRIMERA IMPRESIÓN
EIRIN
El paisaje al otro lado de la ventana termina de desbaratar cualquier intento de mantener la calma. No hay edificios. No hay carreteras. Solo casas dispersas y un inmenso bosque tras ellas.
Mi estómago se contrae mientras lucho contra el pánico.
Debieron drogarme. No existe otra explicación.
Jamás me habría ido voluntariamente con un desconocido, por muy atractivo que fuera.
Escucho abrirse la puerta del baño.
Me giro de inmediato y enderezo la espalda.
No pienso dejar que me domine el miedo que siento. Las preguntas salen atropeyadamentes antes de que pueda ordenarlas.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi ropa? ¿Tú me cambiaste? ¿Qué me hiciste? ¿Qué quieres?
Él se queda inmóvil durante un instante.
No parece ofendido. Parece... preocupado.
—Soy Mad.
Mi cabeza repite su nombre sin permiso: El nombre encaja con él de una forma absurda.
Es un nombre sencillo y firme, igual que él.
—No te asustes. Mi madre fue quien te cambió de ropa. Cuando te encontré estabas inconsciente y el vestido no era precisamente cómodo para descansar. Nunca te tocaría sin tu consentimiento.
Quiero desconfiar. Debería desconfiar. Toda mujer con un mínimo de sentido común saldría corriendo. Sin embargo, cada palabra que pronuncia encuentra un lugar extraño dentro de mí.
Es como si mi cuerpo hubiera tomado una decisión antes que mi cabeza, y eso me irrita profundamente. Nunca me había costado tanto llevarle la contraria a mi propio instinto.
—Te traje a mi casa porque necesitabas ayuda. Lo único que quiero es asegurarme de que estés bien.
Frunzo el ceño.
—¿Me encontraste? ¿Dónde?
Él parece dispuesto a responder, pero antes observa mi rostro con atención.
—¿Hace cuánto no comes?
Solo entonces noto el vacío en mi estómago. El estómago me ruge con tanta fuerza que casi me avergüenza. Llevo horas sin comer, quizá más de las que imagino.
—Podemos hablar mientras desayunas, si te parece.
Mi orgullo me dice que rechace cualquier cosa que venga de un desconocido; mi cuerpo, en cambio, apenas puede sostenerse en pie. Odio depender de alguien... y odio todavía más descubrir que, en este momento, no tengo muchas alternativas.
Termino asintiendo.
Doy un paso y entonces recuerdo que solo llevo puesta una camiseta demasiado grande.
Me detengo de golpe. Mad también lo nota.
Sin hacer ningún comentario, abre el armario y regresa con un pantalón deportivo y otra camiseta.
—Es lo más pequeño que tengo. Espero que te sirva.
Tomo la ropa.
—Gracias.
Él sonríe apenas.
—En el baño encontrarás todo lo necesario. Yo prepararé algo de comer.
Sale de la habitación sin esperar respuesta. Respiro aliviada.
Necesito una ducha. El agua caliente cae sobre mi cabeza dándome un instante de calma. Cierro los ojos unos segundos. Necesito pensar. Necesito recordar. Pero mi memoria sigue siendo una habitación llena de puertas cerradas. Cuanto más la obligo a responder, más silencio encuentro al otro lado.
Mientras me visto, descubro que la ropa conserva el mismo aroma de la habitación. Su olor. Madera, algo dulce... cerezas, quizá. Me descubro respirando una vez más antes de darme cuenta de lo que hago. Frunzo el ceño conmigo misma y dejo escapar un suspiro de frustración.
¿Qué demonios me pasa?
Hace menos de una hora desperté en casa de un desconocido y mi cuerpo parece decidido a encontrar consuelo precisamente en aquello que debería mantenerme alerta.
Cuando bajo las escaleras, el olor a huevos y tocino hace que mi estómago proteste con fuerza.
Mad ya tiene la mesa servida.
—Siéntate.
No discuto. Como sin levantar mucho la vista. Al principio por precaución; después, porque realmente tengo hambre. Los músculos de mis hombros dejan de estar tensos, mi respiración recupera un ritmo normal y el nudo en el estómago desaparece. Debería alegrarme... pero ocurre todo lo contrario. Si dejo de estar alerta, corro el riesgo de olvidar que sigo en un lugar desconocido.
Él no dice una sola palabra. Solo me observa con una discreta sonrisa que, lejos de incomodarme, consigue que me relaje.
Cuando termino el segundo vaso de jugo de naranja, siento que vuelvo a tener fuerzas.
—Gracias.
Él asiente.
—Me alegra verte mejor.
Por primera vez desde que desperté, consigo sonreír.
—Mucho gusto, Mad. Soy Eirin.
Pronunciar mi nombre parece alegrarlo más de lo esperado.
—Ahora sí... necesito llamar a mis padres. ¿Podrías prestarme un teléfono?
Su expresión cambia por completo.
—¿Un... teléfono?
Lo miro confundida.
—Sí. Un celular.
Niega lentamente con la cabeza.
—No sé qué es eso.
Suelto una risa nerviosa.
—Muy gracioso.
Él no ríe. Sigue observándome con absoluta seriedad.
—No estoy bromeando.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Necesito volver a Los Ángeles.
Mad frunce ligeramente el ceño.
—No conozco ninguna manada con ese nombre.
Mi respiración se acelera.
—No hablo de una manada. Hablo de una ciudad.
El silencio que sigue resulta insoportable. Él parece tan confundido como yo.
—Eirin... ¿de qué estás hablando?
Ya no puedo seguir allí. Me pongo de pie tan rápido que la silla se desliza hacia atrás.
—Gracias por ayudarme... de verdad. Buscaré la forma de regresar por mi cuenta.
Camino hacia la puerta. No puedo quedarme un segundo más en aquella casa.
La razón me grita que huya.
Aunque, la otra voz en el fondo de mi cabeza, insiste en hacer exactamente lo contrario.
Quedarse. Acercarse. Descubrir por qué, cada vez que Mad me mira, siento que una fuerza invisible tira de mí hacia él.
Y eso... Eso es lo que más miedo me da.
MAD
En cuanto Eirin se pone de pie, un mal presentimiento me atraviesa el pecho.
No. No va a...
—Gracias por ayudarme... de verdad. Buscaré la forma de regresar por mi cuenta.
Las palabras me golpean con más fuerza que cualquier entrenamiento. Mi corazón se acelera. Durante un segundo soy incapaz de moverme.
¿Qué hice mal?
Repaso cada palabra, cada gesto desde que despertó. ¿La presioné demasiado? ¿Debí responder antes a sus preguntas?
Nada parece suficiente. Nada explica por qué quiere marcharse.
Dow ruge dentro de mí.
—¡Deténla! ¡Es nuestra compañera! ¡No puede irse!
Aprieto los dientes. Mi lobo golpea con fuerza los límites de mi mente, desesperado por tomar el control.
Lo entiendo. Yo también siento ese impulso. La necesidad casi insoportable de cruzar la distancia que nos separa, rodearla con mis brazos y poner mi marca en ella. Sentir como mis colmillos rasgan su piel y vinculamos nuestras almas.
Así dejaría claro que aquí es a donde pertenece. Conmigo.
Quizás eso era aceptable en la época de mis abuelos. Pero ahora somos seres evolucionados. No puedo imponerme. Quiero que me elija también. No tomarla como si fuera un objeto que me entregó la Diosa Luna.
Para que eso poase, debo esperar el despertar de su loba.
—Márcala.
La orden de Dow llega cargada de ansiedad.
Cierro los ojos un instante. No así... no porque el instinto me haya vencido.
Dow responde con un gruñido de frustración. No está enfadado con Eirin. Está enfadado conmigo.
—Evita que se aleje.
Su exigencia hace que reaccione al fin y salgo tras ella.
Desde que la encontré entendí una verdad incómoda sobre mí. Siempre me consideré un hombre dueño de sí mismo. Resulta que solo necesitaba conocerla para descubrir lo posesivo que puedo llegar a ser.
La alcanzo cuando ya ha abierto la puerta principal.
Estoy a punto de llamarla... Pero las palabras mueren en mi garganta.
Eirin permanece inmóvil sobre el umbral. No intenta escapar. Solo mira con la incredulidad refl.
Sus ojos recorren la calle con una mezcla de asombro e incredulidad. Aunque no encuentro algo extraño en la escena.
Algunos miembros de la manada caminan en forma humana. Otros, transformados en sus lobos, cruzan tranquilamente entre las casas mientras conversan mediante el enlace mental o juegan con los cachorros.
Una escena completamente normal.
