Capítulo 2 Rechazo Mutuo

La cabaña estaba tan alejada de cualquier territorio reclamado que ni siquiera los mapas de los Ancianos la registraban. Valerius había elegido el lugar precisamente por eso, un punto muerto entre fronteras, un agujero en el mundo donde dos enemigos podían encontrarse sin que sus respectivas cortes se enteraran de la humillación que estaban a punto de negociar

Llegó primero, por supuesto. Llegar primero era una cuestión de control, y el control era lo único que le quedaba después de la debacle de la gala. Se había pasado tres días encerrado en su biblioteca, revisando cada texto sobre lazos de almas que su familia había acumulado en siglos de existencia, y había encontrado exactamente una mención útil, un ritual de "Renuncia Voluntaria" tan antiguo que ni siquiera estaba claro si funcionaba, o si simplemente había sido inventado por algún monje aburrido con demasiado tiempo libre.

No importaba. Iba a intentarlo. Cualquier cosa era mejor que pasar el resto de su existencia inmortal atado a una loba con modales de establo.

Luna llegó veinte minutos tarde, con las botas cubiertas de barro y una expresión que dejaba claro que preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta. Entró sin llamar, empujando la puerta de la cabaña con el hombro, y se sacudió el agua de la lluvia del cabello como un perro, literalmente, como un perro, salpicando gotas por todo el suelo de madera que Valerius acababa de examinar en busca de humedad.

—Bonito lugar —dijo ella, mirando alrededor con desdén —¿Lo decoraste tú mismo, o contrataste a alguien para que lo hiciera parecer un mausoleo?

—Llegas tarde.

—Me perdí. Tu gente construye sus escondites secretos en los lugares más aburridos del mundo.

Valerius respiró hondo, un hábito inútil que conservaba por pura costumbre humana, y decidió ignorar la provocación. Tenía un objetivo, y ese objetivo no incluía discutir sobre decoración de interiores con una mujer que probablemente dormía en el suelo por elección.

—Vayamos directo al asunto —dijo, sacando de su abrigo un pergamino sellado con cera negra —He preparado una oferta. Considerando las... complicaciones que este lazo representa para ambos, propongo una compensación generosa a cambio de tu cooperación en encontrar una forma de disolverlo permanentemente.

Luna cruzó los brazos, sin acercarse siquiera a mirar el pergamino.

—¿Qué clase de compensación?

—Diez mil hectáreas de tierra fronteriza entre nuestros territorios, con derechos de caza perpetuos para tu manada. Además de... —Valerius hizo una pausa, casi disfrutando el momento —un cofre de oro puro, suficiente para que tu gente viva cómodamente durante generaciones sin depender de la caridad de nadie.

Hubo un silencio…

Por un instante, Valerius creyó haber ganado. Luna lo miraba fijamente, su expresión indescifrable, y él ya estaba imaginando la satisfacción de resolver aquel desastre con la misma eficiencia con la que resolvía todo lo demás, dinero, tierras, un contrato bien redactado.

Entonces Luna escupió al suelo.

Justo a los pies de él, sobre las tablas de madera pulida que Valerius había estado tan orgulloso de mantener impecables.

—¿Eso es lo que crees que somos? —dijo, su voz baja y peligrosa, muy distinta al tono burlón de hace un momento —¿Crees que mi manada se puede comprar con oro y un pedazo de tierra que ni siquiera nos pertenece por derecho? Mi gente no necesita tu caridad, chupasangre. Necesitamos que este maldito lazo desaparezca, no una limosna disfrazada de generosidad aristocrática.

—No es una limosna, es una transacción justa...

—Es exactamente el tipo de cosa que haría alguien que piensa que todo en este mundo tiene un precio —Luna dio un paso hacia él, sus ojos dorados brillando con una furia que, Valerius tuvo que admitir a regañadientes, resultaba bastante impresionante —Guárdate tu oro. Tengo una idea mejor.

De su morral, sacó un puñado de hierbas atadas con cordel, un frasco de líquido oscuro que olía a azufre y menta, y lo que parecía ser un hueso pequeño, pulido hasta brillar.

—¿Qué demonios es eso? —indagó Valerius

—Un ritual de ruptura. Lo aprendí de la bruja de mi manada, se supone que corta cualquier lazo mágico, sin importar qué tan poderoso sea.

Valerius entrecerró los ojos, examinando los ingredientes con el escepticismo de trescientos años de experiencia mágica formal.

—Eso parece algo que improvisó alguien en su cocina.

—Probablemente. ¿Tienes una idea mejor, aristócrata?

No la tenía. Su ritual de Renuncia Voluntaria requería ingredientes que no había logrado conseguir a tiempo, sangre de fénix, prácticamente extinta, y polvo de luna llena recolectado en solsticio, así que, con una reticencia que le dolía en el orgullo, asintió.

—Bien. Hagámoslo a tu manera. Pero si esto sale mal...

—Si sale mal, probablemente ya estaremos muertos, así que no tendrás que preocuparte por lamentarte.

Encendieron las hierbas en un cuenco de piedra. El humo se elevó con un olor nauseabundo, mitad incienso podrido, mitad huevo pasado. Luna vertió el líquido oscuro sobre las llamas mientras recitaba palabras en un idioma antiguo que Valerius reconoció vagamente como una lengua de manada, y luego rompió el hueso pequeño entre sus manos con un chasquido seco.

Por un segundo, no pasó nada, luego el dolor llegó como un rayo.

Valerius cayó de rodillas, un grito ahogado escapando de su garganta mientras una sensación de fuego líquido recorría su pecho, justo donde el hilo dorado del lazo se había formado tres días atrás. Al otro lado de la habitación, Luna se dobló sobre sí misma, aullando, literalmente aullando, un sonido que erizó el vello de los brazos de Valerius incluso en medio de su propia agonía.

—¡¿Qué clase de ritual de mierda es este?! —logró gritar él, entre dientes apretados.

—¡No lo sé! ¡Se supone que duele solo un poco!

—¡Esto no es "solo un poco"!

El dolor persistió durante lo que pareció una eternidad, aunque probablemente solo fueron segundos, antes de desvanecerse tan abruptamente como había llegado, dejando a ambos jadeando en el suelo, a varios metros de distancia el uno del otro.

—Bueno —dijo Luna, con la voz ronca —Eso no funcionó.

—Obviamente.

—¿Tienes alguna otra idea genial, Su Excelencia?

—Al menos yo no traje un ritual sacado de un caldero de bruja de pueblo...

—Al menos mi idea no costó diez mil hectáreas de tierra que ni siquiera...

El hilo dorado, que había permanecido invisible desde la gala, resplandeció de repente entre ellos con una intensidad cegadora.

Y entonces tiró, no fue una sensación gradual. Fue un tirón brutal, como si una mano invisible hubiera enrollado el hilo alrededor de sus cinturas y hubiera jalado con toda su fuerza, arrastrando a Valerius y Luna a través del espacio que los separaba hasta que chocaron el uno contra el otro con un impacto que les robó el aliento a ambos.

Quedaron congelados, sus cuerpos presionados por la fuerza residual del lazo, los rostros a apenas milímetros de distancia. Valerius podía sentir la respiración agitada de Luna contra sus labios, podía ver de cerca, demasiado cerca, el brillo dorado de sus ojos, la forma en que su pecho subía y bajaba con la misma agitación que el suyo propio.

Ninguno de los dos se movió, ninguno de los dos, por razones que ninguno estaba dispuesto a admitir, quería hacerlo.

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