Capítulo 3 El Invitado Inoporturno

El Consejo de Paz se reunía cada solsticio en el Salón de Piedra Gris, un edificio construido, según decían las crónicas, por manos humanas hacía más de mil años, antes de que ningún vampiro o cambiaformas hubiera puesto un pie en aquel valle. Los Ancianos lo habían reclamado como territorio neutral desde entonces, y allí, bajo arcos de piedra desgastada por el tiempo, los representantes de ambas razas se sentaban una vez cada tres meses para fingir que el odio entre sus pueblos podía resolverse con protocolos y tratados.

Valerius llegó con la compostura habitual, capa oscura, postura recta, expresión de quien ha decidido de antemano que nada en aquella sala merece su sorpresa. Se sentó en el lado vampírico de la larga mesa de negociación, entre su tío Maldric y la delegada de la Casa Winters, y abrió la carpeta de cuero que contenía los puntos a tratar con la precisión metódica que lo caracterizaba.

Todo iba bien. Todo iba exactamente como debía ir.

Hasta que las puertas del fondo se abrieron y Luna entró junto a la delegación de manadas.

No debería haberlo sentido. No debería haber habido forma alguna de percibir su presencia antes incluso de que sus oídos captaran el sonido de sus botas contra la piedra. Pero el hilo dorado, invisible ahora, latente, escondido bajo la piel donde solo ellos dos podían sentirlo, vibró como una cuerda de violín pulsada por una mano invisible, y Valerius supo, con una certeza incómoda, exactamente en qué punto de la sala se encontraba ella sin necesidad de levantar la vista.

«Maravilloso», pensó, con el sarcasmo más amargo que había cultivado en tres siglos. «Ahora soy un instrumento musical.»

Se obligó a mantener los ojos fijos en su carpeta mientras la reunión comenzaba. El líder de los Ancianos presente, un anciano vampiro llamado Thessaly, con la piel tan pálida que parecía translúcida bajo la luz de las antorchas, abrió la sesión con las formalidades de siempre, acuerdos de caza, disputas territoriales menores, quejas sobre incursiones fronterizas que nadie tomaba completamente en serio.

Valerius escuchaba. O al menos, fingía escuchar, porque una parte de su atención, una parte que se negaba rotundamente a obedecer sus órdenes, estaba completamente sintonizada con Luna, sentada al otro extremo de la mesa.

La sintió reírse antes de escuchar el sonido, una calidez repentina y burbujeante que se filtró en su propio pecho como si fuera suya. Levantó la vista lo justo para ver que ella se inclinaba hacia su Segundo, susurrándole algo que le había hecho gracia, con esa sonrisa torcida que Valerius había memorizado sin querer memorizarla.

«Concéntrate.» Volvió a bajar la vista hacia su carpeta. Un párrafo sobre derechos de paso en el bosque de Ashwood. Números, cláusulas, lenguaje legal cuidadosamente redactado. Todo perfectamente controlable.

Entonces sintió el aburrimiento de ella, una inquietud física, como un picor bajo la piel, la necesidad de moverse, de estirar las piernas, de estar en cualquier lugar menos en aquella silla rígida, y su propia pierna, sin que él se lo ordenara, comenzó a moverse con un ligero balanceo nervioso que jamás en su vida había experimentado durante una negociación formal.

Maldric le lanzó una mirada de reojo. Valerius detuvo la pierna de inmediato, con el rostro tan impasible como pudo fabricar.

«Esto es ridículo» pensó.

La reunión continuó. Thessaly discutía ahora una disputa sobre un arroyo compartido entre dos territorios, y Valerius intentó, con toda la disciplina que había acumulado en trescientos años, anclarse en las palabras, en los hechos, en cualquier cosa que no fuera el hilo invisible que parecía haberse convertido en una segunda columna vertebral.

No funcionó, sintió cuando Luna se aburrió del arroyo tanto como él. Sintió la punzada de irritación cuando alguien de su propia delegación mencionó una queja que ella claramente consideraba absurda. Sintió y esto fue lo peor de todo, un breve destello de algo cálido y protector cuando el joven cambiaformas sentado junto a ella, aparentemente un primo o un hermano menor, fue interrumpido groseramente por un noble vampiro y ella apretó los puños bajo la mesa con una furia contenida que Valerius sintió como si fuera propia.

Levantó la vista, sin poder evitarlo, y por una fracción de segundo sus ojos se encontraron a través de la sala.

Luna alzó una ceja, como preguntando »¿También lo sientes tú?»

Valerius apartó la mirada de inmediato, fijándola en un punto neutral de la pared de piedra detrás de Thessaly, y se dijo a sí mismo que aquello no había significado nada, que no acababa de intercambiar un momento de comprensión silenciosa con la mujer que representaba todo lo que despreciaba en el mundo.

La reunión se extendió durante dos horas más. Dos horas en las que Valerius experimentó, sin haberlo pedido ni deseado, un catálogo completo de las emociones de Luna: aburrimiento, irritación, un breve momento de tristeza cuando alguien mencionó una aldea de manada destruida en un conflicto antiguo, y finalmente, hacia el final, un alivio genuino cuando Thessaly declaró la sesión concluida.

Ese alivio fue tan intenso, tan visceral, que Valerius sintió que sus propios hombros se relajaban antes de darse cuenta de que la tensión no había sido completamente suya.

Se levantó junto con el resto de los delegados vampíricos, recogiendo su carpeta con movimientos mecánicos, deseando desesperadamente llegar a la salida antes de que el lazo decidiera atormentarlo con alguna otra revelación involuntaria. Casi lo logró. Casi había cruzado el umbral de piedra hacia el pasillo exterior cuando sintió una presencia acercarse por detrás, y no necesitó el hilo dorado para saber quién era, porque el aire mismo pareció cambiar de temperatura.

—Valerius… —Su nombre en la boca de ella sonaba diferente a como sonaba en boca de cualquier otra persona. Se giró, componiendo su expresión más neutral, la máscara aristocrática perfeccionada durante siglos.

—Luna… Un placer, como siempre.

—Ahórrate la cortesía falsa, no te sale natural. —Ella se acercó un paso más de lo estrictamente necesario, y Valerius notó, con una punzada de irritación hacia sí mismo, que no retrocedió —Te vi durante toda la reunión. Fingiendo que no sentías nada.

—No tengo idea de qué hablas —dijo.

—Claro que no. —Su sonrisa se torció, mitad burla, mitad algo más difícil de nombrar —Por eso tu pierna estuvo temblando durante media hora como si tuvieras un nido de avispas en los pantalones.

Valerius sintió que la sangre, la poca que le quedaba corriendo por costumbre más que por necesidad, se le subía al rostro, algo que no le había pasado en décadas.

—Eso no es asunto tuyo.

—Es completamente asunto mío, considerando que compartimos un lazo mágico que aparentemente nos convierte en una sola persona con dos cuerpos muy incómodos. Luna ladeó la cabeza, estudiándolo con esa mirada dorada que veía demasiado, que siempre había visto demasiado, además, no eres tan bueno ocultando cosas como crees, señor perfección.

—Tengo trescientos años de práctica en control emocional. Dudo que tú...

Se interrumpió cuando ella extendió la mano y, con un gesto tan rápido y ligero que apenas lo registró, rozó sus dedos contra el dorso de la mano de él.

Y entonces la sintió, la mano de Valerius, temblando. No con fuerza, no de manera obvia, pero temblando de todos modos, un temblor fino e involuntario que no tenía nada que ver con el frío ni con el cansancio.

Luna se inclinó ligeramente hacia él, lo suficientemente cerca para que su susurro fuera solo para sus oídos, su aliento cálido rozándole la mejilla.

—Te tiembla la mano, señor ordenado —murmuró, con una sonrisa que era pura provocación, pura diversión, y algo más debajo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar —¿Tienes miedo de mí?

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