Capítulo 4 Desastre en el Salón

La Mansión Ashgrave llevaba en pie desde antes de que existieran los tratados de paz, antes incluso de que los Ancianos hubieran trazado las fronteras entre territorios. Sus muros de piedra negra se alzaban entre jardines podados con precisión geométrica, y en su interior, cada objeto, cada jarrón, cada tapiz, cada candelabro de plata forjada, había sido seleccionado, heredado o adquirido con un cuidado que rozaba la veneración religiosa.

Era, en resumen, el lugar menos preparado del mundo para recibir a Luna Fairwind.

Valerius estaba en su despacho, revisando correspondencia diplomática con la concentración metódica de siempre, cuando el sonido llegó desde el piso inferior, un estrépito de cristal rompiéndose contra piedra, seguido de una maldición en voz alta que definitivamente no pertenecía a ninguno de sus sirvientes.

Se levantó tan rápido que su silla chirrió contra el suelo de mármol, y bajó las escaleras principales a una velocidad que solo un vampiro podía alcanzar, llegando al Gran Salón justo a tiempo para presenciar la escena que confirmaría, de una vez por todas, que el universo lo odiaba personalmente.

Luna estaba de pie en medio del salón, rodeada de los fragmentos de lo que, hasta hacía treinta segundos, había sido un jarrón de porcelana Ming Vampírica de cuatrocientos años de antigüedad, una pieza que su tatarabuela había adquirido durante un viaje diplomático al Imperio del Este, y que la familia consideraba prácticamente sagrada.

—¿Qué demonios haces en mi casa? —exigió Valerius, con una voz que retumbó contra las paredes de piedra.

—Vine a negociar —respondió Luna, agachándose para recoger un fragmento de porcelana con una displicencia que hizo que a Valerius le doliera físicamente el pecho —Tu mayordomo, o lo que sea que es esa cosa pálida con cara de funeral, no me dejaba pasar, así que entré por la ventana.

—¿Por la ventana? —replicó Valerius, incrédulo —¡Había una puerta perfectamente funcional a quince metros de distancia!

—Las puertas son aburridas —dijo Luna, encogiéndose de hombros.

Antes de que Valerius pudiera procesar una respuesta adecuada a semejante declaración, notó que las botas de Luna, cubiertas, sin lugar a dudas, de barro fresco proveniente de los jardines exteriores, jardines que él mismo supervisaba con un cuidado casi obsesivo, habían dejado un rastro de huellas oscuras que serpenteaba desde la ventana rota hasta el centro del salón.

—Tus botas. Mi suelo —dijo Valerius, señalando el rastro de barro —¿Tienes alguna idea de lo que...?

—¿De lo que cuesta ese suelo? —interrumpió Luna —Seguro que sí, y seguro que también sé que podrías comprarlo de nuevo con lo que gastas en pulir tus copas de cristal cada semana.

—"Un poco muerto" es literalmente lo que somos —masculló Valerius —así que no sé qué esperabas.

Luna se enderezó, sacudiéndose las manos, y su mirada recorrió el salón con una curiosidad despreocupada, como si estuviera en un mercado y no en la casa ancestral de una de las familias más poderosas de la aristocracia vampírica.

—Bonito lugar, por cierto —comentó ella —Un poco muerto, mucho negro y mucho mármol, pero bonito.

Fue entonces cuando ella vio el trono.

Situado al fondo del salón, elevado sobre una tarima de tres escalones, el Trono Ashgrave había pertenecido a la familia durante generaciones, tallado en madera de roble negro y tapizado en terciopelo carmesí, con el escudo familiar, un cuervo sosteniendo una rosa entre sus garras, grabado en el respaldo con hilo de plata. Nadie se sentaba en aquel trono excepto el patriarca o la matriarca de turno, y ni siquiera Valerius, heredero directo, se atrevía a ocuparlo sin permiso expreso.

Luna caminó directamente hacia él.

—No —dijo Valerius, con un tono que reconoció, con horror, como genuino pánico —No, no, no te atrevas.

Ella subió los tres escalones y se dejó caer en el trono con toda la gracia de alguien que se tira sobre un sofá viejo después de un día largo, cruzando una pierna embarrada sobre el brazo tallado del asiento.

—Cómodo —anunció Luna, recostándose con las manos detrás de la cabeza —Un poco duro, pero cómodo.

—Baja de ahí ahora mismo —ordenó Valerius.

—¿Por qué? —preguntó ella, sin moverse — ¿Es mágico? ¿Me va a convertir en piedra?

—Es un símbolo sagrado de mi linaje —respondió Valerius, tenso —y tú estás sentada en él con las botas cubiertas de estiércol de quién sabe qué animal del bosque.

—Es barro, no estiércol, aunque aprecio la imaginación —dijo Luna, estirándose deliberadamente y arrastrando más suciedad sobre el reposabrazos —¿Y bien? ¿Vas a escucharme, o vas a seguir teniendo un ataque de nervios por unos muebles?

—¡No son "unos muebles" —estalló Valerius —son reliquias de...!

Su discurso quedó interrumpido cuando Luna, con un movimiento casual, extendió el brazo y tiró de un segundo jarrón, este de cristal tallado, apenas un siglo de antigüedad, para examinarlo con curiosidad.

—Esto es feo —comentó ella, girándolo entre sus manos —¿Quién decoró este lugar, un funeral?

—Suéltalo —advirtió Valerius.

—Relájate, no voy a... —empezó a decir Luna.

Se le resbaló de las manos.

El sonido del cristal haciéndose añicos contra el suelo de mármol pareció durar una eternidad en los oídos de Valerius, cada fragmento, un pequeño cuchillo directamente en su sistema nervioso. Algo dentro de él, algo que había mantenido cuidadosamente contenido durante trescientos años de disciplina aristocrática, finalmente se quebró.

—¡BASTA! —rugió Valerius, cruzando el salón en tres zancadas, y antes de que su mente racional pudiera evaluar si aquello era prudente, cerró la mano alrededor del brazo de Luna y tiró de ella para levantarla del trono con una fuerza que ninguno de los dos esperaba.

Luna se puso de pie de un salto, sus ojos dorados encendiéndose con una furia instantánea que igualaba la de él.

—Suéltame —siseó ella, y por primera vez desde que se conocían, Valerius sintió, a través del hilo dorado, algo que no era burla ni provocación sino una advertencia genuina, primitiva, el instinto de una depredadora acorralada.

No la soltó.

—Esta es mi casa —dijo él, con la voz baja y peligrosa —Y vas a respetarla, quieras o no.

—¿O qué? —desafió Luna, sin retroceder ni un centímetro, su brazo tenso bajo la mano de él —¿Me vas a encerrar en una de tus mazmorras aristocráticas?

Ninguno de los dos escuchó los pasos que se aproximaban desde el corredor principal. Ninguno de los dos notó el silencio repentino de los sirvientes, ese silencio particular que solo ocurría cuando una presencia mucho más antigua y mucho más temida entraba en escena.

—Valerius Ashgrave —dijo una voz que cortó el aire del salón como una cuchilla de hielo.

Valerius sintió que cada músculo de su cuerpo se congelaba de golpe, reconociendo aquel tono antes incluso de girar la cabeza.

De pie en el umbral del Gran Salón, envuelta en una capa de terciopelo negro que arrastraba por el suelo como una sombra viviente, con el cabello plateado recogido en una trenza tan perfecta que parecía esculpida y los ojos, rojos, antiguos, capaces de helar la sangre incluso de quienes ya no la tenían corriendo por las venas, fijos directamente sobre la escena que tenía frente a ella, estaba Ysolde Ashgrave.

La matriarca más temida de todo el clan vampírico.

Y contempló, con una expresión que Valerius no supo interpretar del todo, a su nieto sujetando con fuerza el brazo de una cambiaformas con barro en las botas, de pie junto a los restos de dos reliquias familiares destrozadas, a solo un paso del trono sagrado de su linaje.

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