Capítulo 5 Lecciones de Etiqueta

Tras el desastre del Gran Salón, Ysolde Ashgrave había dictaminado, con esa autoridad tranquila e inapelable que solo poseen los seres que han visto caer imperios, que si el Lazo no podía romperse, entonces al menos debía ser gestionado con dignidad. Y la dignidad, según la matriarca, comenzaba por enseñarle a esa "criatura del bosque" a comportarse en sociedad antes de que ambos tuvieran que presentarse juntos ante el Concilio en la ceremonia de reconocimiento formal, dentro de tres semanas.

—Ni de broma —había dicho Luna cuando le comunicaron la noticia.

—No es una petición —había respondido Ysolde, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos —Es una condición para seguir teniendo acceso a mi propiedad sin que te arranque la garganta la próxima vez que rompas un jarrón.

Así fue como Valerius se encontró, una tarde gris de otoño, sentado frente a Luna en el comedor formal de la mansión, con una mesa dispuesta con la cubertería completa de la familia Ashgrave, siete piezas por lado, copas de cristal de tres tamaños distintos, y una servilleta de lino doblada con una precisión geométrica que había tomado a la doncella veinte minutos en conseguir.

—Esto es ridículo —anunció Luna, mirando el arsenal de cubiertos con la misma expresión que dedicaría a un campo minado.

—Esto es civilización —corrigió Valerius, ajustando los gemelos de su camisa —Vamos a empezar por lo básico. El tenedor de la izquierda, el más alejado del plato, se usa para la ensalada.

—¿Por qué no puedo simplemente usar mis manos?

—Porque no eres un lobo salvaje comiendo una presa en el bosque, eres —Valerius hizo una pausa, buscando las palabras con cuidado —la futura consorte reconocida de la Casa Ashgrave, y eso viene con expectativas.

—Yo no pedí ser tu "consorte" —replicó Luna, cruzando los brazos —El destino me lo impuso, como una gripe muy persistente.

—Créeme, el sentimiento es mutuo. Pero estamos atrapados en esto juntos, así que al menos intenta no avergonzarme frente al Concilio entero.

Luna suspiró, tomó el tenedor equivocado, el de postre, el más pequeño de todos, y lo sostuvo como si fuera un arma.

—Así, ¿no? —preguntó, blandiéndolo en el aire.

—No. Ese es para el postre. Y no se sostiene como si fueras a apuñalar a alguien.

—¿Y si quiero apuñalar a alguien?

—Entonces usa el cuchillo, que para eso está.

Ella soltó una carcajada, genuina y ronca, que resonó extrañamente cálida en el comedor de mármol frío. Valerius sintió, a través del hilo dorado, un destello de la diversión de ella colándose directamente en su propio pecho, y tuvo que reprimir el impulso de sonreír también.

—Bien —dijo, recomponiendo la compostura —Intentemos con la postura. Siéntate derecha, la espalda sin tocar el respaldo, las manos en el regazo cuando no estés comiendo.

Luna se enderezó con una exageración teatral, la espalda tan rígida que parecía haberse tragado una escoba, la barbilla elevada en una imitación grotesca de la aristocracia.

—¿Así, Su Excelencia? —dijo, con una voz nasal y afectada que sonaba sospechosamente parecida a la de Valerius —¿Estoy siendo suficientemente elegante para usted?

—No suenes así.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras un palo atravesado en la garganta.

—Pero si tú siempre hablas así —insistió Luna, sin abandonar la imitación —"Buenas tardes, distinguidos miembros del Concilio. Permítanme ofrecerles mi más sincera y protocolaria bienvenida, redactada previamente y ensayada frente a un espejo durante cuarenta minutos."

—Yo no ensayo frente a espejos.

—Claro que sí. Apuesto a que también practicas tus expresiones faciales. "Esta es mi cara de desaprobación educada. Esta es mi cara de desaprobación ligeramente menos educada."

Valerius sintió que el calor le subía al rostro, una mezcla exasperante de indignación y algo peligrosamente parecido a la risa contenida.

—Continuemos con la lección —dijo, con la voz tensa —El siguiente paso es la conversación de mesa. Se habla en tono moderado, sin levantar la voz, y jamás, bajo ninguna circunstancia, se gruñe.

—Yo no gruño.

—Gruñes constantemente. Gruñiste ayer cuando el mayordomo te preguntó si querías té.

—Eso fue un comentario, no un gruñido.

—Sonó exactamente como un gruñido.

Para demostrar su punto, Luna se inclinó ligeramente hacia adelante y emitió un gruñido bajo, gutural, sorprendentemente convincente, directamente hacia él.

—¿Eso fue un gruñido? —preguntó ella, con una sonrisa traviesa —Porque yo creo que esto fue un gruñido.

—Basta.

—¿Esto también fue un gruñido? —insistió, gruñendo de nuevo, esta vez más fuerte, inclinándose aún más sobre la mesa con un brillo travieso en los ojos dorados.

—Luna.

—¿Valerius? —replicó ella, imitando ahora su tono grave y formal con una precisión que resultaba ofensivamente exacta —"Luna, por favor, compórtate. Luna, la cubertería no es un arma. Luna, deja de respirar de forma tan escandalosa, estás perturbando mi digestión."

—Yo nunca dije eso último.

—Pero lo pensaste.

Y lo cierto era que sí lo había pensado, en algún momento de las últimas semanas, y el hecho de que ella pudiera adivinarlo con tanta exactitud le resultaba profundamente inquietante.

Valerius se levantó de su silla, decidido a recuperar el control de la lección, y rodeó la mesa para colocarse detrás de ella.

—El cuchillo se sostiene así —dijo, inclinándose para corregir la posición de sus dedos alrededor del mango de plata —No como si fueras a apuñalar el plato, sino con firmeza controlada.

Luna se quedó inmóvil un instante, y Valerius sintió, a través del hilo dorado, un cambio súbito en la energía que fluía entre ellos, la burla se desvaneció, reemplazada por algo más quieto, más vulnerable, que ella intentaba ocultar tras una fachada de indiferencia.

—Firmeza controlada —repitió ella, en voz baja —Como todo lo que haces tú.

—Es una forma de sobrevivir —dijo Valerius, sin pensarlo del todo, las palabras escapándose antes de poder contenerse —El control es lo único que evita que todo se desmorone.

Se hizo un silencio extraño entre ellos. Valerius, todavía inclinado sobre su hombro, sintió que el hilo dorado vibraba con una intensidad nueva, y entonces llegó, no una emoción superficial, sino algo profundo, arrastrado desde lo más hondo de Luna, una sensación de espacio abierto, de viento contra el pelaje, de correr sin rumbo bajo un cielo sin límites ni fronteras ni protocolos. Un anhelo tan puro de libertad que Valerius sintió que se le cerraba la garganta.

Y en algún lugar, debajo de esa libertad salvaje, había también algo más pequeño, más frágil, el miedo constante a estar enjaulada, a que este mundo de cubiertos y protocolos terminara por atraparla para siempre.

Al mismo tiempo, Luna sintió lo que fluía desde él: no la fría disciplina que aparentaba, sino algo hueco y solitario debajo de cada gesto perfecto, cada palabra medida. Trescientos años de máscaras, de expectativas, de la soledad particular de quien nunca ha podido mostrarse tal cual es porque el peso de un apellido no se lo permite.

Ninguno de los dos dijo nada.

Valerius seguía inclinado sobre el hombro de Luna, su mano todavía cerrada sobre la de ella alrededor del cuchillo de plata, y ninguno hizo el menor movimiento para romper el contacto.

Afuera, el viento otoñal golpeaba suavemente los ventanales del comedor, y dentro, entre la cubertería impecable y las copas de cristal, dos personas que se odiaban de palabra permanecieron completamente inmóviles, atrapadas en un silencio que decía mucho más de lo que ninguno de los dos estaba preparado para admitir en voz alta.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo