Capítulo 6 La infiltración
Las consecuencias de que Ysolde los hubiera encontrado sujetándose del brazo junto al trono destrozado no habían sido las que Valerius esperaba. En lugar de la furia gélida que había anticipado, su abuela se había limitado a observarlos en silencio durante un instante interminable, había ordenado a los sirvientes que limpiaran los restos de porcelana, y había anunciado, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito, que ambos asistirían juntos a la ceremonia de reconocimiento formal ante el Concilio «quisieran o no, se odiaran o no, porque el linaje Ashgrave no exhibe sus fracturas en público.»
Desde entonces, Ysolde los vigilaba con la paciencia de quien sabe que el tiempo termina por doblegar hasta las voluntades más tercas. Y esa vigilancia, sumada a las lecciones de etiqueta, había dejado a Luna con una sensación cada vez más asfixiante, la de estar siendo lentamente moldeada para encajar en un mundo que no era el suyo.
Por eso, tres noches después de la lección del comedor, mientras la mansión dormía el sueño ligero y desconfiado de los vampiros, Luna decidió que había llegado el momento de encontrar respuestas por su cuenta.
Había escuchado los rumores entre los sirvientes, una biblioteca en el ala oeste, cerrada con magia antigua, donde los Ashgrave guardaban los textos que ni siquiera mostraban al resto de su propio clan. Textos sobre lazos, maldiciones, rituales prohibidos. Si existía alguna prueba de que el vínculo entre ella y Valerius era un error, una anomalía, un fallo del destino que pudiera corregirse, estaría allí.
Se deslizó por los pasillos en su forma humana, silenciosa como solo un depredador nato podía serlo, hasta llegar a una puerta de roble tallado al final de un corredor que los sirvientes evitaban mencionar. La cerradura estaba sellada con runas que brillaban tenuemente en la oscuridad, pero Luna había aprendido, en sus años como Alfa, que la magia de sangre respondía a la sangre, y ella llevaba semanas compartiendo un lazo que corría por sus venas tanto como por las de Valerius.
Presionó la palma contra la madera, murmurando una palabra en la lengua antigua de su manada, y sintió cómo las runas cedían, reconociendo, para su propia sorpresa, algo de la esencia de Valerius entremezclada con la suya.
«Así que el lazo también sirve para esto», pensó, con una punzada de satisfacción amarga. «Al menos algo útil.»
La biblioteca prohibida era más pequeña de lo que había imaginado, estanterías de piedra oscura hasta el techo, cargadas de tomos encuadernados en cuero agrietado y pergaminos enrollados con cintas descoloridas por los siglos. El aire olía a polvo, a tinta antigua, a magia que llevaba demasiado tiempo dormida.
Luna avanzó entre los estantes, deslizando los dedos sobre los lomos, buscando cualquier título que mencionara lazos de almas, vínculos del destino, errores de la providencia. La mayoría de los textos estaban en un idioma vampírico arcaico que no podía descifrar, pero continuó, guiada más por instinto que por conocimiento real.
Fue en el estante más alejado, casi oculto tras un tapiz apolillado, donde encontró algo distinto: un pergamino suelto, más nuevo que los demás, sellado con cera negra que ya había sido rota alguna vez. Lo desenrolló con cuidado sobre una mesa de lectura, y su corazón se aceleró al ver diagramas, círculos concéntricos, símbolos que parecían representar dos figuras conectadas por una línea, que se parecían sospechosamente a lo que ella y Valerius compartían.
Pero el texto que acompañaba los diagramas estaba escrito en un idioma que Luna no reconocía en absoluto, no era el vampírico arcaico de los otros libros, ni ninguna lengua de manada que hubiera escuchado jamás. Los símbolos se retorcían de forma extraña, casi vivos, como si se negaran a ser leídos por ojos que no fueran los indicados.
—Vamos —susurró, frustrada, acercando el pergamino a la única vela que había encendido — Dime algo. Lo que sea.
Nada... las palabras permanecían mudas, indescifrables, burlándose de ella con su silencio antiguo.
Se inclinó más cerca, intentando distinguir algún patrón, alguna raíz de palabra que le resultara familiar, tan absorta en el intento que no escuchó los pasos que se aproximaban por el corredor exterior hasta que fue demasiado tarde.
—Interesante lectura para una hora tan tardía —la voz de Valerius cortó el silencio de la biblioteca como una hoja afilada, y Luna se giró de golpe, el pergamino aún sujeto entre sus manos, el corazón martilleándole contra las costillas con una mezcla de sorpresa y algo peligrosamente parecido a la culpa.
Él estaba de pie en el umbral de la puerta que ella creía haber cerrado tras de sí, envuelto en una bata oscura que sugería que también había sido arrancado del sueño, o quizás que nunca había estado durmiendo del todo. Pero lo que hizo que Luna retrocediera un paso instintivo no fue su postura, ni su expresión habitualmente controlada.
Fueron sus ojos, brillaban con un rojo intenso, casi luminoso, el color de la ira vampírica genuina, esa que Valerius normalmente mantenía enterrada bajo capas de disciplina aristocrática. Sus manos, apoyadas contra el marco de la puerta, tenían los nudillos blancos de la tensión, y por primera vez desde que se conocían, Luna sintió a través del hilo dorado algo que no había sentido antes en él, una furia fría, calculada, absolutamente genuina.
—Valerius, esto no es lo que...
—¿Qué buscas exactamente, loba? —la interrumpió él, su voz baja, controlada, y precisamente por eso mucho más aterradora que cualquier grito —Esta biblioteca ha estado sellada durante generaciones. Nadie entra aquí sin permiso de la matriarca. Nadie.
Dio un paso hacia el interior de la habitación, y las sombras de la biblioteca parecieron encogerse a su alrededor, como si incluso la piedra antigua reconociera el peligro que emanaba de él en ese momento.
—Así que te lo preguntaré una sola vez más —dijo, con los ojos aún brillando de un rojo que Luna nunca antes había visto —¿Qué. Buscas. Exactamente?
